La comparación, de Víctor Guillot Monroy en La Nueva España
Al personal no le gustan las comparaciones y siempre que se le compara suele decir que «las comparaciones son odiosas». Para algunos filósofos, comparar dos objetos resulta inútil, si lo que pretendemos es definirlos. Dicho así, que una manzana sea más grande que otra no nos explica las cualidades que son propias de la manzana. Jesús Morales, el concejal de Urbanismo, no ha podido resistirse al prurito cansino de la comparación entre Gijón y Oviedo. Se podría decir que la comparación entre el Palacio de Congresos de Calatrava y el hotel diseñado por Zaera no explica nada que sea propio del palacio ni de la torre, tan sólo establece una relación políticamente interesada que nadie ha pedido.
Sin embargo, las comparaciones, aunque odiosas, parece que son inevitables. Me dice la marquesa que las comparaciones le sirven para distinguir a las señoras de las pelanduscas, a las buenas gentes de la gentuza, y así en este plan. Heráclito decía que la comparación es el instrumento ineludible de la comprensión. Para el filósofo griego, distinguir lo uno de lo otro vale tanto como comprender que lo uno era lo otro: «Lo mismo es la vida y la muerte, velar y dormir, juventud y vejez; aquellas cosas cambian en éstas y éstas en aquéllas». En definitiva, todas las cosas son una. Si seguimos a nuestro amigo, habría que decir que lo de Calatrava y Zaera son, al fin y al cabo, la misma cosa: ¿especulación?, ¿grandonismo?, ¿vanguardia? Lo que se quiera, pero en cualquier caso, uno piensa que las dos obras son un claro ejemplo de megalomanía urbana. Algún concejal no tardará mucho tiempo en comparar quién la tiene más grande o más larga, ay.
