Peso pluma
La ambición descansa
Con este verso, un tango nos hablaba del silencio en la noche. Es cuando los sueños del hombre se edifican para, a la mañana siguiente, ir a por ellos. Hoy los sueños de los jóvenes se nutren de la ambición de ser funcionarios públicos. Se ha acabado la idea de la empresa protectora, ese ámbito laboral donde bastaba hacer el trabajo bien hecho para prosperar y ser alguien en la vida. El joven de hoy lo tiene claro: por bien que hagas tu trabajo y por horas que le des a la empresa, tu puesto de trabajo depende de que alguien decida hacer una deslocalización, una reestructuración de plantilla o de que al frente de la empresa se encuentre un chorizo. Al otro lado de las opciones está el funcionario. Es decir que, por mal que hagas tu trabajo en la función pública, tu puesto de trabajo será inexpugnable. Pasarán ministros, consellers o directores generales, pero tu nómina y tus trienios nadie te los va a tocar. En este erial de ambiciones, ¿quién es el profeta capaz de motivar a los más brillantes cerebros de las universidades a que entren en el mundo de la empresa? Los ejemplos están ahí: las empresas familiares se venden a las grandes multinacionales. Reinvertir es cosa de soñadores, y la máxima del nuevo empresariado es como aquella película de Woody Allen, Toma el dinero y corre, ante la oferta que no se podrá rechazar. Hoy mismo, un estudio de Caixa Catalunya indica el retroceso de los empleos en el sector industrial catalán desde los años 70. No llegamos al 30%. La locomotora industrial catalana va camino del museo. ¿Qué quieren ser nuestros hijos cuando sean mayores? Por primera vez en la historia de España, la generación de los hijos está abocada a vivir peor que la de sus padres. Al menos, con una nómina oficial podrán garantizar la hipoteca a 50 años donde crecer, envejecer y morir. La avidez de beneficios de la privada ha segado las vocaciones empresariales de demasiados jóvenes.
La mala reputación
La Paramount ha puesto a Tom Cruise de patitas en la calle. No hay que preocuparse. Para Cruise, continuar en el cine no es una misión imposible. Lo que es curioso son los argumentos aducidos por Paramount para sacarse de encima a Cruise. Aduce que la conducta pública de Cruise es inapropiada. De pronto, Paramount nos recuerda que la producción cinematográfica también tiene alma y principios. Durante años, desde estas mismas majors se ha trabajado la fama y el cachet de sus famosos en base al escándalo, a la bronca, a la frivolidad y a la mala reputación que cantaba Brassens. Pero, de pronto, cuando las cuentas de resultados no cuadran y el cine busca nuevos caminos, la Paramount decide actuar como una orden religiosa y considera que Cruise no es un actor ejemplar para defender sus colores. Pienso ahora en las protestas del tenista McEnroe, en las procacidades de Mae West, en los rifles de Charlton Heston, en el antipapismo de Sinéad O'Connor. En el mundo del espectáculo, una mala fama venial ayuda a la fama. A Cruise le ha tocado pagar por todos.
La soledad sospechosa
En un hotel con encanto todas las mesas están ocupadas por parejas que callan el amor que se darán. En una esquina, un hombre solo conversa con el fondo de su plato. Las parejas le ven como a un enemigo. Ya no hay encanto y el hotel es una pensión de pueblo.

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