EL diplomático español Máximo Cajal cuestionó ayer que la comunidad internacional niegue a Irán su derecho a disponer de armamento nuclear, aduciendo que otras potencias regionales de la zona como Israel, Pakistán o la India cuentan con este tipo de armas. Desde que el islamismo radical y violento empezó a mostrar su faz más cruel el 11-S, existe un debate abierto sobre las limitaciones que tiene la diplomacia tradicional para enfrentarse a los nuevos retos internacionales. Los muros de Berlín y los escudos antimisiles se han convertido en arqueología inservible de la guerra fría, y hasta la diplomacia de las cañoneras y la capacidad de disuasión son cuestionadas. Todo el mundo es consciente, en mayor o menor medida, de este nuevo escenario. Ahora bien, ignorábamos que también estaban en entredicho los tratados contra la proliferación de armas nucleares. Argüir que los vecinos y potenciales adversarios también las tienen es un argumento de barra de tasca o, en su defecto, de una diplomacia tan poco sofisticada como la de Corea del Norte o la de los extintos jemeres rojos. Aunque todos los debates deben ser posibles, creíamos que la mesura seguía cotizando como imprescindible valor diplomático. Máxime cuando Máximo Cajal es representante especial del presidente del Gobierno en su iniciativa de la alianza de civilizaciones. Una apuesta que, por cierto, convendría rebautizar como alianza de los civilizados si pretendemos que sea creíble.
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