El sábado, el diputado de UPN Jaime Ignacio del Burgo participó en la manifestación de Son Servera (Mallorca) por la libertad y la convivencia y contra la campaña de coacciones al director de EL MUNDO. En esta tribuna explica los motivos que le llevaron a acudir al acto.
María Salom, mi compañera de escaño en el Congreso, se caracteriza por un estilo directo e incisivo en sus intervenciones parlamentarias. Defiende como nadie el interés general de las islas Baleares en Madrid. En la Diputación Permanente dio en la diana cuando, al contestar en nombre del Grupo Popular a una propuesta del diputado separatista catalán Joan Puig, le espetó: «¿Por qué, señor Puig, no se va a Lanzarote a protestar ante Zapatero?».
El señor Puig está encausado ante el Tribunal Supremo por infringir la Ley el verano pasado al allanar la residencia de Pedro J. Ramírez en la Costa de los Pinos de Mallorca, en el curso de una heroica acción, filmada por las cámaras de televisión, que hubiera hecho palidecer a aquellos piratas de antaño que se lanzaban al abordaje de sus presas con el puñal entre los dientes.
Claro que nuestro héroe de sainete, por si la Guardia Civil le ponía en aprietos, sustituyó la daga por una credencial plastificada expedida por el Congreso de los Diputados donde se lee lo siguiente: «Todas las autoridades y sus agentes guardarán la consideración debida al titular de esta tarjeta y facilitarán su actuación como diputado a Cortes». Lo que no dice el carné es que el diputado, a su vez, está obligado a guardar la debida consideración a su condición de representante de la soberanía nacional española.
No me extrañó que el diputado Puig no acudiera este año a Lanzarote a protestar frente al Palacio de la Mareta, donde, a pesar de la Ley de Costas, el actual presidente del Gobierno, bajo la dirección de su esposa, ha realizado obras de reforma para acomodarla a las necesidades de la familia presidencial. Digo a pesar de la Ley de Costas, porque ni el edificio ni la piscina de este edificio, construido por el rey Husein de Jordania y donado después al Rey Juan Carlos, se ajustan a las previsiones legales.
Así que Joan Puig decidió volver a la Costa de los Pinos, a pesar de que el Ministerio de Medio Ambiente haya dictado una resolución administrativa que legaliza el uso privado de la piscina de Pedro J. Ramírez durante los meses de julio y agosto. Esta vez, las Fuerzas de Seguridad tenían orden de impedir el acceso al chalé edificado -piscina incluida- por Joaquín Calvo Sotelo hace 30 años, de manera que el carné de diputado no le iba a servir como patente de corso.
En vista de ello, el intrépido diputado catalán decidió organizar una concentración de protesta en la playa de Sa Marjal. Contaba, además, con el apoyo de una minúscula organización que parece una asociación anglo-balear, pues tiene un nombre bastante chocante: Lobby per la Independència. Supongo que los del Lobby reivindican la independencia de las Illes, aunque para sumarse después al sueño imperialista de los Països Catalans. Las mesnadas independentistas tenían, asimismo, el apoyo entusiasta de un poderoso medio de comunicación hasta ahora nada proclive a la causa nacionalista, pero que mantiene una guerra sin cuartel con EL MUNDO.
¿Por qué este acoso a Pedro J. Ramírez? Que el objetivo elegido es totalmente ajeno al lema de la convocatoria -La costa es de todos- lo demuestra el hecho de que tanto en Baleares como en el litoral catalán se cuentan por miles las situaciones similares. Son otras las razones. El periódico de Pedro J. se caracteriza por la defensa a ultranza de la libertad. En su periódico hay rigor informativo y pluralidad de opinión. Pero, además, muestra una especial beligerancia en dos asuntos: la defensa del Estado constitucional frente al nacionalismo exacerbado y la lucha contra la corrupción. Esto explica, seguramente, la extraña alianza de los lobbys isleños y separatistas contra la libertad de expresión.
Pero en esta ocasión Pedro J. Ramírez no ha estado solo. Un grupo de ciudadanos -el Círculo Balear, la plataforma ¡Basta ya! de Son Servera y Nuevas Generaciones del PP- decidió responder con otra concentración en el mismo lugar y a la misma hora. En medio se situó la Guardia Civil que, con un comportamiento ejemplar, evitó que se produjeran incidentes, como, por ejemplo, la quema de banderas españolas.
En un Estado de Derecho como el nuestro los conflictos se dirimen ante los tribunales de Justicia. Nadie tiene derecho a tomarse la justicia por su mano. Ningún ciudadano puede ser coaccionado ni impedido. La competencia en materia de costas corresponde al Gobierno. Además, nada impide a un diputado plantear las iniciativas que crea oportunas para controlar la acción del Ejecutivo.
Dio la casualidad de que disfrutaba de unos días de vacaciones en Mallorca. Diré a los malpensados que saqué los billetes de ida y vuelta el 19 de abril, sin tener ni la más remota idea de que mi estancia coincidiría con la contramanifestación. Así que resolví sumarme a ella.
Conozco bien, por haberlos padecido en carne propia, los métodos del neofascismo nacionalista. He superado varios intentos de atentado y he soportado un asalto a mi casa y la visita a mi domicilio de los batasunos, presentes, por cierto, en Sa Marjal, lo que da idea de la colaboración existente entre los extremistas.
Los ciudadanos de Baleares deben ser conscientes de que los grupúsculos independentistas suplen su insignificancia electoral con acciones de intimidación a personas e instituciones a las que tildan de enemigos del pueblo por el delito de pensar y obrar de distinta forma.
Lo demostraron ese mismo día en Palma, saboteando por la fuerza la romería al Monasterio de Sant Bernat. Los intolerantes, conviene no olvidarlo, además son maestros en mentir y calumniar. Hay mucha gente en Baleares y en el resto de España que cree a pie juntillas que Pedro J. Ramírez se ha construido una piscina en zona prohibida.
En su discurso en Son Servera, un Pedro J. exultante por la victoria numérica de la contramanifestación parafraseó a Napoleón, que, al día siguiente de la batalla de Austerlitz, donde aniquiló a un ejército ruso muy superior al suyo, dijo a sus soldados: «Os bastará decir 'Yo estaba en la batalla de Austerlitz' para que os contesten: 'Éste es un valiente'».
Ciertamente, Sa Marjal no es Austerlitz, ni Pedro J., por fortuna, Napoleón. No me considero un valiente por haber estado allí. Confío en que la ministra Cristina Narbona se mantenga firme frente a la intolerable presión de quienes no cejarán en su empeño hasta lograr el Waterloo de la causa de la libertad.
© Mundinteractivos, S.A.

Hola,
Quisiera invitarte a visitar una viñeta sobre la educación en Cataluña que acabo de publicar en mi blog.
Pedagogía y Educación en Cataluña
Muchas gracias y cordiales saludos.