Se había dicho que el Papa había sido hijo del 68 y comulgado sus ideas, si no hippis, al menos progresistas, sobre todo en el Concilio Vaticano II. Será verdad, porque sus declaraciones veraniegas van en el sentido de las ideas humanistas del 68.
Recordemos que Marcuse explicó el fenómeno contracultural por el excedente de represión: cuando la economía llega al nivel de opulencia en las clases medias, los hijos de éstos comprenden que es absurdo seguir trabajando al ritmo de sus padres y que prefieren más tiempo libre que más dinero. Para hacérselo entender a sus padres, educados en la tradición calvinista puritano-laboralista, aterrados además por la Gran Depresión del 29, los hijos de las flores se fueron a San Francisco, a la India o Ibiza, organizándose en un estilo de vida diferente a la burguesía y que Roszack denominó Contracultura.
Y realmente, el tema del trabajo es el fundamental en el cambio de mundo que se avecina. El Papa se ha percatado de ello y esa perspicacia le honra. Cita San Bernardo en el texto que dice: “Hay que cuidarse de los peligros de una actividad excesiva, cualquiera que sea la condición y el oficio que se hace, porque las muchas ocupaciones conducen a menudo a la dureza del corazón, que no es otra cosa que el sufrimiento del espíritu, el encogimiento de la inteligencia y la dispersión de la gracia”.
Es evidente que el trabajo es un medio para un fin más elevado: mejorar la vitalidad del cuerpo y los conocimientos de la mente y hacer la vida más feliz a los demás. Cuando ese fin se ha alcanzado, no sólo no tiene sentido seguir trabajando, que es perjudicial para el que trabaja en exceso y para el resto de la sociedad a la sobra ese trabajo.
Esto lo había escrito en el siglo XIX el yerno de Marx, Paul Lafargue en un libro titulado: “El Derecho a la Pereza”. De él nacen las ideas de reducción de la jornada laboral que yo mismo recomendé en 1982 en mi ensayo “Del Paro al Ocio” y que luego Felipe González propuso en el 96 y los socialistas franceses aplicaron al ganar Jospin, estableciendo la jornada de 35 horas a la semana en vez de 40 horas.
Lafargue, no teorizó sobre la pereza por casualidad, pues había nacido en Santiago de Cuba, de padre francés emigrado y de una mulata dominicana. Volvieron a Burdeos a los 9 años y se educó a la francesa. Casó con la hija de Marx y vino a España en 1870, introduciendo el marxismo entre el ruido del movimiento obrero que más tarde sería el partido socialista español. Su libro merece la pena ser leído, pues la idea de trabajar menos es la más sensata cara al futuro, aunque a los puritanos laboralistas la repelen por inercia mental o por miedo a no saber que hacer si no trabajan. Pues que aprendan del Papa Benedicto XVI que, sin ser ocioso ni mucho menos, entiende el espíritu de los humanistas renacentistas, cuyo lema era: “Otium cum Dignitate”.

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