Dos acontecimientos pivotan sobre la actitud de Miguel de Unamuno en los meses iniciales de la guerra civil, los que él pudo vivir y sufrir, ya que, como es sabido, fallecería el último día de ese año de 1936. Uno es su adhesión inicial a la insurrección africanista de Franco y Mola, y el otro lo acaecido el 12 de octubre, a raíz de la celebración del Día de la raza, en el Paraninfo de la Universidad salmantina; en tal escenario tuvo lugar su mítico enfrentamiento con el despótico militar mutilado Millán Astray, y en el cual se agrandó hasta lo indecible la estatura moral de Unamuno, a pesar de ser una persona anciana en avanzado estado de decrepitud física y aniquilamiento existencial.

Esta violenta controversia verbal con Millán Astray ocurrió en el acto conmemorativo de la llegada de Cristóbal Colón a América; un hecho que adquirió connotaciones simbólicas porque en él se escenificó, hasta cierto punto, la quiebra no sólo entre las dos Españas, ya irreconciliables, sino entre una idea de Estado y los descontentos que la habían apoyado en un primer momento. Unamuno presidió el acto en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca. Tomaron la palabra diversas autoridades, académicas y eclesiásticas, siendo el detonante un discurso del profesor Francisco Maldonado, donde se atacaba a los nacionalismos vasco y catalán tildándolos de «cánceres en el cuerpo de la nación», ante los que había que operar, dijo Maldonado, «sin falsos sentimentalismos». Tales consideraciones actuaron de espoleta porque, al corresponderle a Unamuno cerrar los actos en su calidad de rector, hilvanó un discurso que no llevaba preparado y en el que, tras calificar a la guerra de incivil, dijo que había que vencer pero también convencer, como luego repetiría en su correspondencia privada, y que «no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión». Acerca de la acusación de antiespañoles lanzada por Maldonado, declaró que despreciar a las provincias vascas y catalanas sería tanto como hacer de España un cuerpo manco y tuerto. A partir de ahí todo se precipitó, pues Millán Astray, el fundador de la Legión, era manco y tuerto. Desde el público se lanzó el grito legionario de «¡Viva la muerte!», y Unamuno replicó del modo siguiente: «Acabo de oír el necrófilo e insensato grito "¡viva la muerte!". (...) Esta ridícula paradoja me parece repelente». Acto seguido, inició una comparación entre Millán Astray y Cervantes, con alusiones a la superioridad aria del nacionalsocialismo alemán. La intervención unamuniana fue muy subida de tono y casi suicida para haber sido pronunciada en un acto de ardor guerrero fascista como era el de ese día, y donde la exaltación y la propaganda habían sido las líneas comunes hasta que Unamuno tomó la palabra. Dijo el escritor: «El general Millán Astray es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no sirven como norma. Desgraciadamente, hay hoy en día demasiados inválidos. Y pronto habrá más si Dios no nos ayuda. (...) Un inválido que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, que era un hombre, no un superhombre, viril y completo a pesar de sus mutilaciones, un inválido, como dije, que carezca de esa superioridad de espíritu suele sentirse aliviado viendo cómo aumenta el número de mutilados alrededor de él». Unamuno añadió a todo lo anterior, para desatar la rabia del general Millán Astray, que, como quería crear una España a su imagen y semejanza, deseaba nada menos que «una España mutilada».

Ante ataque tan directo y sin paños calientes, el militar rebelde lanzó su tristemente célebre grito de «¡Muera la inteligencia!», que, según las noticias más fidedignas, el poeta franquista José M.ª Pemán matizó proclamando una enmienda parcial: «¡No! ¡Viva la inteligencia! ¡Mueran los malos intelectuales!». El agrio enfrentamiento no terminó ahí, pues el viejo rector volvió a tomar la palabra, ante un auditorio estupefacto por lo que allí estaba presenciando, para imponerse declarando esto: «¡Éste es el templo de la inteligencia! ¡Y yo soy su supremo sacerdote! Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaríais algo que os falta: razón y derecho en la lucha». A partir de ahí, los ánimos se exaltaron. La guardia personal de Millán Astray se dirigió hacia el estrado metralleta en mano, la esposa de Franco, que estaba sentada al lado de Unamuno, sufrió un conato de desmayo, se cogió del brazo del novelista y salieron lentamente del Paraninfo; el hecho de ir acompañado de Carmen Polo quizá le salvó a Unamuno de sufrir la ira de los falangistas congregados en el Paraninfo, que deseaban tomarse venganza por lo que Unamuno acababa de hacer ante sus propias narices.

A partir de ese instante, Unamuno dejó de ser una figura venerada y respetada en el entorno nacionalista, pasando a ser tan vilipendiado como lo estaba siendo entre los republicanos. Baste decir que esa noche, acudió al casino de Salamanca, del que era presidente, y hubo de marcharse muy pronto al proferirle los asistentes insultos del tipo: «¡Rojo traidor! ¡Mal español! ¡Canalla!». Franco lo cesa el 22 de octubre como rector y el Ayuntamiento salmantino le quita el acta de concejal. Por la otra parte, entre las filas de la II República, en la revista El Mono Azul se habían referido ya en agosto de 1936 a «la fealdad monstruosa de [la] inhumanidad» de Unamuno, del cual se dice que toda su obra «estaba alimentada de sangre reaccionaria». Con todo, cuando Unamuno fallezca, los mismos que le arrebataron su dignidad tratarán de atraerlo a su causa: su féretro lo llevaron a hombros significados falangistas y Ernesto Giménez Caballero, que trabajaba en el servicio de Prensa y Propaganda a las órdenes de Millán Astray, escribió una elogiosa necrología en la que, como ha recordado Carlos Rojas, «le alaba el patriotismo, la moralidad, el sentido del hogar, el amor a la familia, el estudioso trabajo, el entusiasmo por los paisajes nacionales», llegando a calificarlo nada menos que de «férreo combatiente».

El vaivén vivido por Miguel de Unamuno entre julio y octubre de 1936 seguramente no fue exclusivo de una mente privilegiada como la suya, y pensamos que avanzó derroteros seguidos luego por otras figuras desengañadas de la causa nacional-sindicalista, como fue el caso de Dionisio Ridruejo. Las vacilaciones, dudas o incertidumbres de ambos constituyen, en el fondo, el aval de que los intelectuales verdaderos no se dejan arrastrar por la perniciosa marea de fondo de la complacencia demagógica.