El pasado domingo, día 13, Ramón Jáuregui nos regalaba otra entrevista, en esta ocasión de mano de María Antonia Iglesias, en la que no desaprovechaba la oportunidad, una vez más, de marcar el territorio al nacionalismo vasco, y en especial al PNV, dejando claro, por si a alguien le cabía alguna duda, de lo que podemos esperar de la tan cacareada mesa de partidos que, por cierto, aún ni siquiera sabemos si llegará a producirse.

Si hay algo que agradecer a este hombre, es que viene a ser como un compendio del discurso del nacionalismo españolista del PSOE más rancio, lo cual nos ahorra mucho trabajo a los demás, al desbrozarnos un camino que en muchas ocasiones queda enmarañado por la acción de unos medios de comunicación más empeñados en confundir y anestesiar que en dar elementos cabales de juicio. Tras leer a Jáuregui, por ejemplo, uno ya se da cuenta de que puede ahorrarse la molestia de leer las entrevistas que puedan aparecer por ahí con los Elorza, Zabaleta y demás separatistas del PSOE, porque estos pobres, desgraciadamente, pintan menos en la política socialista que Pernando Barrena.

Con Jáuregui, queda claro que lo que el PSOE propone para Euskal Herria viene a ser lo mismo que el PP, pero cambiando los mordiscos de Aznar por las sonrisas bobonas y el buenismo dialéctico de Zapatero. Sin embargo, el resultado que se nos propone es el mismo: solo hay una nación posible, España, y olé, y a lo sumo un cierto grado de “mera descentralización administrativa”, que diría Jordi Sevilla. Una descentralización administrativa, por supuesto, enjuagable de forma automática en cuanto el que lleve la batuta en Madrid, ya sea del PSOE o del PP, tenga a bien “recuperar” las siempre excesivas competencias descentralizadas, en nombre de la solidaridad entre los españoles y el bien de la nación.

A medio plazo, el proyecto del PPSOE es el mismo, o casi, y eso no parece que vaya a cambiar: una España de las Autonomías puramente nominal y una España real plenamente nacionalista y unitaria, como en el franquismo. Y si me apuran, con un pluralismo político reducido prácticamente a cero, porque el PP de Aznar –y Rajoy, que sí- repite cada cierto tiempo aquello de que desea cambiar la Ley Electoral para elevar el porcentaje necesario para estar presente en las Cortes, y así expulsar a “las minorías separatistas” de los foros donde se decide el futuro de la nación española.

Dado que, después de PSOE y PP, los partidos con mayor presencia en las Cortes son CIU, ERC y PNV, y que es a estos partidos a los que se quiere expulsar, resulta evidente que al menos el PP quiere unas Cortes en las que solo estén presentes los dos “grandes partidos nacionales”, como en la época de la regencia de María Cristina, allá por el XIX profundo, momento glorioso de la historia española por antonomasia.

Pues bien, que sepan ustedes que el PSOE, ante esta propuesta de un nuevo “Pacto del Pardo”, no ha dicho que no, ni lo ha tildado de locura antidemocrática. Lo único que han dicho los socialistas ante esta propuesta que pretende devolvernos dos siglos atrás en el tiempo, es que este “no es el momento” de tocar este tema. Tal vez Zapatero prefiera esperar a tener cerrados los nuevos estatutos catalán, vasco y gallego para proceder.

Pues bien, es en estas en las que Jáuregui hace gala de un encomiable espíritu de síntesis y nos dice lo que los vascos podemos o no podemos pensar, hacer o esperar. Así, nos recuerda que “si la pretensión del nacionalismo es la de arrancar algo en el final de la violencia, me opondré a ello”. Es curioso, pero resulta que, a nuestro modo de ver, son precisamente los políticos españoles los que pretenden obtener un rédito político del final de la violencia.

Es obvio que los vascos ya pedíamos, mucho antes de que naciera ETA, que nos fuera restituido un estatus político que nos fue usurpado por la fuerza en 1.839. Pretender, como pretenden PSOE y PP, que el mantenimiento de esa exigencia por parte de la mayoría de la sociedad vasca –a pesar de ETA, y del GAL, y de Galindo y de tantos otros asesinos y criminales de todo pelo, y de la Ley de Partidos, y de la clausura política de periódicos, etc.- es intentar “arrancar algo en el final de la violencia”, no hace sino demostrar su intención de utilizar, precisamente, el final de la violencia para intentar legitimar su negativa a buscar una solución a la cuestión de las identidades nacionales dentro del estado español que suponga aceptar, siquiera remotamente, que su concepto furibundamente antidemocrático de nación española no es el único posible.

Insiste luego Jáuregui con el discurso de que “el final de la violencia en Euskadi no se construye con más nacionalismo, sino con más democracia”. Es un viejo retintín que gusta de utilizar el PSOE en un sentido concreto y que hace ya mucho que perdió cualquier efecto, al quedar desenmascarado hasta la náusea el sectarismo que encierra. ¡Ojalá fuera cierto que el final de la violencia –no solo de ETA, por cierto, sino también del GAL, de la Guardia Civil y de tantos otros en nombre de la nación española - se construyera con más democracia y no con más nacionalismo! Para desgracia de los vascos todos, es con más nacionalismo español, precisamente, con lo que se pretende construir la solución al problema de la violencia, y a todos los demás.

Si realmente hubiera sido con más democracia, y no con más nacionalismo, con lo que se hubiera buscado la solución de los problemas, ETA no habría llegado a existir jamás. Pero por desgracia, ha sido con violencia como los españoles han querido construir su nación una, grande y libre; ha sido con violencia como han querido materializar su construcción nacional, y es mediante el recurso o la amenaza de la fuerza como pretenden que su proyecto nacional perdure en el tiempo.

Una vez leídas y escuchadas las opiniones de Jáuregui y otros como él, ¿qué podemos esperar del proceso de “normalización” que, se nos dice, quiere ponerse en marcha? Parece que no gran cosa. Si cualquier avance en el sentido de solucionar el problema de las identidades nacionales del estado español es considerado “más nacionalismo” (vasco, claro) por el PSOE, y no “más democracia”, es evidente que solo una fórmula que, de facto, implique más nacionalismo español será considerada realmente democrática por el PSOE, y no digamos por el PP.

Por tanto, no es atrevido pensar que lo que tiene en mente el gobierno socialista es un estatuto similar al catalán, que solvente la cuestión nacional con una rocambolesca boutade lingüística como la que aceptó Artur Más y que siga dejando toda la soberanía, y por tanto el derecho índubitable a tomar decisiones políticas de carácter furiosamente unilateral respecto a las estructuras jurídico-políticas vasca y catalana, en manos del PSOE y el Partido Popular, con lo que esto, evidentemente, significa.

Ya sabemos lo que quieren los españoles. Por tanto, para intentar conocer el resultado final tenemos que preguntarnos qué están los vascos dispuestos a aceptar.

¿Aceptarán los ciudadanos vascos una fórmula como la catalana para Euskal Herria? ¿Se prestarán el PNV o Batasuna a repetir en Euskal Herria el papel que ha jugado CIU en el caso catalán? En caso de que uno de los dos cometa esa torpeza, ¿se lo hará pagar la sociedad vasca, o se verá premiado por ello?

Esta es la cuestión en estos momentos. Será la sociedad vasca la que decida si finalmente es más democracia o es más nacionalismo (español) lo que haga posible la solución de los problemas.