Durante aquellos días se produjo un enorme desconcierto. El golpe militar del 18 de Julio no había triunfado inmediatamente y había abocado a España a la Guerra Civil. Muchos personajes ilustres al servicio siempre de la democracia fueron cruelmente asesinados. Hoy, 22 de agosto, se cumplen 70 años de una de aquellas jornadas aciagas en la que varios ministros republicanos a los que el levantamiento les había sorprendido en el lugar equivocado fueron fusilados en los sótanos de una prisión. En aras de cumplir fielmente con los designios de la Ley de Memoria Histórica conviene recordar lo sucedido.
Los acontecimientos ocurrieron en la cárcel Modelo de Madrid, ante los ojos atónitos, o acaso condescendientes, del ministro de Gobernación, Sebastián Pozas, y del director general de Seguridad, el diputado de Izquierda Republicana, Manuel Muñoz. Algunos miembros de la CNT provocan un fuego para sembrar el caos y armarse de razón para comenzar la purga, se suceden los disparos y finalmente los milicianos toman el recinto. Entonces comienzan los fusilamientos, primero de militares afectos a la sublevación, luego de los peces gordos, políticos y falangistas de postín. El bocado más pretendido es el del líder del Partido Liberal Republicano, Melquíades Alvarez, que es acribillado junto a varios ex ministros republicanos: su correligionario Alvarez Valdés, el independiente Rico Avelló y el Agrario Martínez de Velasco.
Nacido en 1864, en Gijón, en el seno de una familia humilde, Melquíades Alvarez es una de las figuras más destacadas del republicanismo incipiente forjado en el seno de la Restauración y un brillante orador. Su andadura política se inicia en las filas de la Unión Republicana, donde compartiría militancia con Azaña -quien apenas conteniendo las lágrimas comprendió el inmenso desatino que se había apoderado de España en cuanto le comunicaron la noticia de su muerte-.
Durante el reinado de Alfonso XIII se definiría como progresista y luego como moderado. Sólo durante la II República aparecería cercano al conservadurismo. En cualquier caso, las cuatro características principales de su ideario político son: liberalismo, reformismo, regeneracionismo y posibilismo. No en vano, bebe de las fuentes del krausismo y de la Institución Libre de Enseñanza, por lo que en absoluto es ajeno a los postulados del socialismo humanista y solidario, germen de lo que hoy entendemos como socialdemocracia. Hasta tal punto asume su compromiso social que se muestra partidario de promover el asociacionismo, de fortalecer los sindicatos, de establecer los contratos colectivos y de aprobar una ley de retiros, antecedente de las pensiones de jubilación.
Melquíades Alvarez tenía fe ciega en el sistema representativo. Si trasladásemos su figura al contexto ideológico actual se encontraría alejado del tan manoseado republicanismo cívico. Porque el asturiano era partidario de lo que Maura definiría como «la revolución desde arriba». Es decir, para él los políticos, los intelectuales y los profesionales de la cosa pública debían asumir la responsabilidad de la necesaria transformación social y cultural de España, que indefectiblemente derivaría en el fin del caciquismo y del clientelismo, generaría un tipo de ciudadanos políticamente responsables y conduciría a la nación por la senda de la modernidad.
El Parlamento era la institución nuclear en torno a la cual debía pivotar el sistema político, basado en la protección de los derechos y libertades individuales. Por supuesto, no concebía mezclar religión y política -lo uno pertenecía al ámbito de lo privado, lo otro al de lo público- y poseía una idea clara de España. Aceptaba su diversidad cultural pero su proyecto tenía un carácter orgánico, integral e integrador que incluía el reconocimiento del derecho de autonomía de las regiones, que eran los distintos órganos que daban vida al conjunto del organismo, el cuerpo español. En suma, abominaba tanto del separatismo como del socialismo revolucionario; del centralismo como de la anquilosante Restauración.
Llegado el momento comprendió que lo esencial no era la forma de gobierno, sino el proyecto político que la sustentaba. Creó el Partido Reformista en 1912 y se adaptó a la Monarquía alfonsina. Melquíades Alvarez serviría a la Corona siempre y cuando ésta se sometiera a los principios reformistas y democráticos. En ese momento, el eminente abogado y profesor se convierte en accidentalista. Lo sería durante casi todo el reinado de Alfonso XIII, y lo sería también más tarde, durante la II República. De cualquier modo, con él en la Presidencia del Congreso, su partido alcanza el Gobierno de la mano de García Prieto. Fue un espejismo. La transformación política seguía sin producirse.
Por fin, Alfonso XIII toma el camino equivocado. El sistema de la Restauración quiebra con el advenimiento de la dictadura de Primo de Rivera. Entonces tiene lugar la deserción progresiva hacia el terreno republicano de insignes monárquicos: Sánchez Guerra, Alcalá Zamora, Miguel Maura -quien visitó personalmente al rey para «despedirse» porque se marchaba al campo republicano- o el «monárquico sin rey» Angel Ossorio y Gallardo.
A la altura de 1930 Alfonso XIII está muy solo. Entre otros, recurre a Melquíades Alvarez para formar Gobierno, pero éste lo tiene muy claro desde hace mucho tiempo, incluso desde antes de que se proclamara el Directorio de Primo: había que convocar unas Cortes constituyentes que definiesen el tipo de régimen, el cual habría de nacer con un amplio consenso. En vísperas de la República se integró en el Bloque Constitucional para concurrir a las elecciones municipales del 14 de abril de 1931, entendiendo que no era apropiado que estos comicios se convirtiesen en un plebiscito sobre la Monarquía. No obstante, haciendo gala de una cortedad de miras sin parangón, este núcleo de liberales reformistas se decantó finalmente por solicitar la abstención.
Por fin advino la República y pronto Melquíades Alvarez pasó a ingresar en las filas de los desencantados. Su pensamiento se tornó cada vez más conservador, sobre todo a raíz de la presión constante a la que fue sometido por el republicanismo asturiano de nuevo cuño y por el socialismo. Incluso su domicilio fue asaltado por los revolucionarios de 1934, que saquearon otras propiedades y raptaron a familias amigas. Quizás en ese instante cavó su tumba: se manifestó públicamente a favor de que se impusiera la pena de muerte a los implicados en los desmanes de Asturias. Pasó del lerrouxismo a aproximarse a la CEDA. Había dejado de creer en esa República como sistema idóneo para conjugar orden y libertad. Reclamó orden, pero nunca abdicó de su compromiso con la libertad. Lo primero no tenía sentido sin lo segundo y viceversa. No obstante, el contexto político había tensando la cuerda al máximo posible, delimitando una línea de separación nítida entre las dos Españas, encima de la cual era imposible acampar.
Este es el perfil político del hombre con el que se cebó la revolución. Un olvidado de la República al que, por ejemplo, el hispanista Gabriel Jackson sólo cita para decir que simpatizó con el Golpe de Sanjurjo en 1932 y que en sus discursos se refería a los socialistas como «traidores», al que Bennassar, Thomas y Beevor mencionan de pasada y Preston y Bolloten ignoran.
Melquíades Alvarez constituye quizás el ejemplo más flagrante de que aquella España estaba inmersa en una esquizofrenia colectiva, de que la tan celebrada República había creado dos planos políticos: uno en el que se situaron los que se creían provistos de la legitimidad para gobernar y monopolizaron el régimen; y otro -cajón de sastre en torno al cual los líderes del Frente Popular y gran parte de la historiografía posterior se encargaron de crear una intencionada confusión- donde se ubicó, todos mezclados, a los republicanos de derecha; a los posibilistas para los que los conceptos son sólo precisamente eso, conceptos, y la democracia no está vinculada a una forma de Estado concreta; los que querían acabar con la República por la vía parlamentaria; y los que quisieron hacerlo por la vía rápida, empuñando el sable.
La trayectoria y asesinato de Melquíades Alvarez pone de manifiesto que la memoria histórica se encuentra muchas veces apelmazada y otras tantas tejida a base de vasos comunicantes y nudos de paradojas difíciles de deshacer. Este escenario de sinrazón, en el que dominan fobias personales, rencillas familiares, rencores de clase y odios seculares que es la España de la Guerra Civil, constituye uno de los periodos más complejos de nuestra Historia y es territorio propiedad exclusiva de los historiadores. Por tanto, no resulta rentable para un país que los políticos se enfanguen en deconstruir el pasado en lugar de construir un futuro más «armónico», por utilizar un concepto que hubiese usado el propio Melquíades Alvarez.
Javier Redondo es profesor de Ciencia Política de la Universidad Carlos III de Madrid.
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