Cada oligarquía agonizante lleva sus huesos en un bugata. En Marbella, los jóvenes napolitanos conducen a más de 150 kilómetros por hora en Ferrari y Lamborghini. Rallies urbanos en la ciudad sin ley; al volante, los cara de ángel; sus padres escriben los últimos cheques. «Un escritor que se casa con una mujer rica sólo puede escribir cheques», se escucha en la película donde Jean Simmons y Robert Mitchum matan a la madrastra. Dice Garci que el accidente de coche de esa película es uno de los 10 planos que cambiaron su mundo. El superyó criminal ruge en las carreras suicidas. En maseratis o porsches, los pequeños hijos de puta, como los llamó James Dean, atronan la noche. El mercedes ha pasado a ser un utilitario o carro de los toreros y promotores.

Cuando se abre la puerta de un Mercedes, puede salir Hitler con el brazo tendido; por eso, Camilo José Cela utilizaba el Rolls-Royce por la Alcarria y el Bentley para ir a bailar el tango a Marbella. Desde que el príncipe de Hohenlohe llegó en un rolls, ése ha sido el coche de la Milla de Oro. Raniero, Sinatra, los Rostchild y Deborah Kerr se posaron en la arena y en el green desde un rolls, ahora fiambrera de un estilo proscrito. El espíritu del éxtasis, la pequeña y graciosa diosa, la dama en escorzo que exige silencio con un dedo en los labios del escultor Charles Sykes, con Eleanor Velasco Thornton de modelo, está fuera de la ley.

La envidia del pene de dictadores, marajás, sultanes, zares se refleja en ese coche majestuoso, en el que hemos visto atravesar por nuestros sueños a Grace Kelly. Pero no desean sus protegidos el rolls de Jesús Gil y Gil. Salió a subasta y no pujaron por él. Nadie ofreció los miserables 45.000 mil euros. La subasta terminó sin ofertas.

Nadie quiso llevarse como recuerdo la pequeña diosa que vuela sobre el acantilado del radiador.

© Mundinteractivos, S.A.