Siento un rechazo visceral contra ciertas muletillas que se ponen en boga desde la petulancia. Como poco, distorsionan y empobrecen el lenguaje. Más de una década llevamos soportando la misma cantinela. "Cultura del pelotazo", "cultura del esfuerzo", "cultura de la dimisión", y así un largo etc. Ahora toca hablar de "la cultura del fuego", a raíz de terrorismo forestal que arrasó tantas y tantas hectáreas en Galicia. A ello habría que oponerle, al dictado de tan estúpida palabrería, lo de "cultura del abandono".

Dejemos, pues, tantas "culturas". Y vayamos al meollo de la cuestión. La ola de incendios en Galicia puso de relieve entre otras cosas algo que Suso de Toro, a pesar de los vilipendios sufridos, apuntó en un artículo reciente publicado en
El País: "Galicia, que en el imaginario gallego y español, aún se tiene como país campesino, ha abandonado su campo. (...) Las políticas agrícolas de los Gobiernos español y gallego han consistido desde ya hace muchos años en desmantelar la agricultura. (...) No, nuestro árbol sagrado ya no es el carballo, el roble, ahora es el eucalipto. El mal de este fuego de hoy es heredado".

Cortemos la alambrada entre Asturias y Galicia, porque el problema es común. También aquí las políticas que se siguieron en Madrid y en la Comunidad Autónoma consistieron en un desmantelamiento brutal del campo. Botón de muestra es la vertiginosa pérdida de población. ¿Y? Abandono que se muestra en fincas que, en el mejor de los casos, son pasto de caballos. No se limpian los montes. Los jubilados luchan como pueden contra la maleza.

Dejando aparte lo desafortunada que resulta la expresión, el problema no está en "la cultura del fuego", pues la quema de maleza, si es controlada no tiene por qué causar estropicios. El problema está en los desalmados incendiarios que, con años de cárcel, no restituirán el mal causado. Y el problema está también en la pérdida de población y en el abandono que sufre el campo.

Asar castañas cuando toca, quemar rastrojos, etc., no constituyen una "cultura del fuego" peligrosa en manos de gentes que saben lo que se hacen y que miran por sus tierras. Es irrefutable que los bosques se encuentran mucho más desprotegidos si no se recogen las hojas como antes de hacía para mezclar con el estiércol, creando así un abono estupendo.

Es desolador contemplar un paisaje del que emana abandono. Es deprimente comprobar que tantos y tantos terrenos que mostraron su fertilidad durante siglos no tengan futuro. Es desolador tener constancia de que los hayedos, los robledales y los castañedos serán sustituidos en muchos casos por una arboleda que no es la propia de estos parajes. Pero no se puede pretender que sus propietarios se resignen a tener que esperar como mínimo dos generaciones para obtener una rentabilidad mínima.
Las políticas comunitarias, estatales y autonómicas confluyen en el abandono del campo con todo lo que esto conlleva. Y ese abandono es el marco ideal para que los indeseables hagan sus macabros juegos pirotécnicos.

"Cultura del fuego". Desde el llar como cuartel de invierno hasta nuestros días. No es eso lo que arrasa. Lo que destroza sobre todo es el abandono, aterradora gasolina para los incendiarios.

Por lo demás, resulta estomagante que los políticos hagan campo de batalla de una tragedia como la de este verano en Galicia. Ellos son los principales responsables del abandono que sufre el campo. Gobiernen éstos o aquéllos los desaprensivos que incendian se encuentran con que el abandono hace de gas inflamable para sus macabras intenciones.
Todo lo demás es demagogia.