PARECE como si los dioses hubieran abandonado Galicia a la peor de sus suertes. Una tierra maldecida por un fatídico destino de imparable autodestrucción de sus riquezas naturales -que no fueron pocas, ni desdeñadas en la Antigüedad-. Una acción suicida del hombre, que esquilma irreversiblemente su medio ambiente. Estamos degradando, hasta la aniquilación, nuestro entorno; y no ya, como se presagiaba, el que habrían de recibir las generaciones venideras, sino, dada la intensidad y celeridad en el empeño, el actual.

Vivimos un verano angustioso. Galicia ha sido una devastadora y alucinógena pira. Los incendios, unos provocados, otros, no sabemos, campearon -si es que resta todavía algo de campo-, a lo largo y ancho de su superficie. Decenas de miles de hectáreas que bomberos y voluntarios de toda condición no lograban sofocar.

Así las cosas, «la negra nube de la muerte» -que decía Homero- se instalaba en Galicia mientras Artemisa, la diosa de la naturaleza y de la vida salvaje, que gusta solazarse en ríos, fuentes y lagos, nos dejaba para esconderse en el más seguro Olimpo. Y lo mismo podemos señalar de la desaparición de Deméter, diosa de la fecundidad y deidad de los cultivos, asimismo destruidos por los carros de fuego guiados por la exterminadora mano del homo sapiens. Por contra, Eolo, dios de los vientos, acompañado de Céfiro, Euro y Bóreas, impulsa inmisericorde la lluvia de las llamas, extiende la arena ardiente y desborda el arroyo de sangre de las víctimas.

Pero yo me niego a asumir que nos veamos arrastrados por imbatibles causas de fuerza mayor, en las que casi nada se pudo prever, ni hacer. Como argumentaba el citado Homero, «¡Ay, ay! ¡Cómo les echan las culpas los mortales a los dioses! ¡Pues dicen que de nosotros proceden las desgracias, cuando ellos mismos por sus propias locuras tiene desastres más allá de sus destinos!». Ni tampoco creo, como narraba el egregio poeta, que «el único botín de los tristes humanos sea cortarse los cabellos y derramar lágrimas por sus mejillas». Quizás, porque como Mozart en su Flauta mágica, sólo es aceptable el fuego si no nos consume en él.

Se deben reseñar, pues, sus causas, por más que de poco haya servido el desastre vivido hace un año, con once voluntarios muertos, en Riba de Saelices. Se echa así en falta el liderazgo de la clase política, especialmente de la que está al frente de responsabilidades de gobierno, tanto estatal (Consejo de Ministros y Ministerio de Medio Ambiente), autonómico (consellerías de la Xunta), como municipal; la inexistencia de un eficaz Plan Hidrológico Nacional; la insuficiente coordinación entre el Estado -¡de quien curiosamente nos acordamos, como de santa Bárbara, cuando truena!- y las comunidades autónomas; la falta de limpieza de los campos; la plantación de arboledas inadecuadas y demasiado cercanas a las ciudades; el escaso control de los recurrentes pirómanos; el desmantelamiento de servicios antiincendios y de planes especiales para tales contingencias; la ausencia de conciencia ecológica, etcétera.

En este contexto, las palabras de Dante, cuando baja a los Infiernos, retumban en la no hasta hace tanto verde Galicia: «El agua era mucho más oscura que azulada¿ no fronda verde de color oscura; no esbeltas ramas: tuertas y nudosas».