No es que José Luis Rodríguez Zapatero presente hueco alguno en su fisonomía. Es que está hueco, como un cántaro vacío y, en consecuencia, tiende a acuñar frases sin contenido alguno. Frases que, por lo general, suenan bien y hasta conmueven a sus auditores; pero que, si se miran con atención, no dicen nada. Ni a favor ni en contra de causa alguna. Son un mero sonido que, por repetido, ya nos resulta familiar y, sospecho, las echaremos de menos cuando se produzca, ahora o dentro de mil años, el relevo en La Moncloa.
Hace unos días, ETA denunció en uno de sus manifiestos que “el proceso de paz” atraviesa un momento de “paralización y crisis”. Algo que forma parte del ritual de la banda terrorista, extremadamente hábil en el manejo del tiempo político y la propaganda aumentativa de su mínima presencia. Zapatero, siempre dispuesto a entrar al trapo de la provocación de las minorías –¿para compensar su desprecio por las mayorías?–, no ha perdido tiempo en contestar a la banda y ha dicho que “lo único que está en crisis es la violencia”.
No tengo muy claro lo que, en profundidad quiere decir el presidente del Gobierno; pero, salvo que se produzca alguna de las interpretaciones pedagógicas de su equipo de propaganda, habrá que pensar de que es una frase hueca, una más de las que definen su talante político.
Lo mejor de los oradores sin contenido, decía Enrique Jardiel Poncela, es que no ofenden a nadie. En política, además, el entusiasmo que podría fomentar la enjundia de los dichos de sus protagonistas queda sustituido por la devoción de sus parroquianos. Pero, de verdad, ¿qué ha querido decir Zapatero?
Con Rodríguez Zapatero me ocurre como con “La Guerra de las Galaxias” –¿recuerdan la película?–: en principio parece que no hay historia; pero, si se mira con espíritu crítico, sale a superficie un tenue aroma totalitario. La realidad no existe, aquí y ahora, sino es en la interpretación del presidente del Gobierno que, instalado en una mayoría que no le concedieron las urnas, es, además de la expresión de la voluntad popular, su único intérprete.
Zapatero, consciente o no, ha entrado en un diálogo con ETA que, por lo que llevamos visto, solo favorece a la organización terrorista. ¿Qué la banda ha dejado de matar? Cierto, pero recibe por ello un alto precio: el de la dignidad del Estado, el prestigio del Gobierno, la pasividad de la Sociedad y el ánimo de todos los grupos centrípetos que integran y agostan la política nacional española.
Esté o no bloqueado el “proceso”, como denuncian los etarras, Batasuna tiene cada día –aún en la ilegalidad– más protagonismo en la vida española. Más presencia y capacidad determinante. Aprovecha la oquedad de Zapatero como el vino, para no desparramarse, se ajusta al barro de los odres de la bodega.
ETA quiere, más que nada y acorto plazo, la legalización de Batasuna. Algo imprescindible para su madurez existencial y, sobre todo, para su financiación. Eso escapa de las posibilidades que, también hoy por hoy, marca el territorio de la ley. De ahí que sería deseable averiguar los términos del “dialogo” de Zapatero; pero eso, ya digo, es como pretender el análisis del vacío absoluto.

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