La guerra existirá mientras haya una sola persona que la recuerde, pero nos están dando el verano con las dichosas esquelas / Muñoz y Pantoja no sólo producen material biodegradable, sino desechos de intimidad / Agag elige las discotecas en función de los pinchadiscos

Si no fuera porque mis amigos se encargan de disuadirme, algunas mañanas cogería el fusil y me iría a la playa a cazar rojos. Estoy hasta el moño de desayunarme día sí y día también con recordatorios de la Guerra Civil. Vale que me gusten las esquelas, vale también que la paleontología se ocupe de los fósiles del 36 y que los abuelos tengan su monumento, su día y su regalo de El Corte Inglés, pero esto ya huele. La sangre se me revuelve en el árbol genealógico y mi ánimo se puebla de dudas. ¿A quién quiero más, a papá o a mamá, a mis antepasados rebeldes o a los leales a la República? ¿A Macià o al general Mola?

La guerra existirá mientras haya una sola persona que la recuerde, pero nos están dando el verano con las dichosas esquelas. Hay días en los que salgo al balcón y me parece ver a Líster cruzando el Ebro. Han transcurrido 70 años, pero ya lo dice el tango: 70 años no es nada. Parece que fue ayer. Si continúan dando la matraca, el día menos pensado veré Trafalgar.

Hace tres años, murió Serrano Suñer. Los últimos veranos los pasó en Marbella, junto a sus hijos. Muchas mañanas bajaba a un chiringuito (lo bajaban) y, desde la sombra, veía consumirse el tiempo. Era un anciano elegante, poseído de cierta dignidad aristocrática. En su día, debió de ser un hombre guapo. Hay gente cuyo físico tiene un sustento ideológico. A Serrano Suñer le definía el porte hierático, los ojos fríos y azules, el bigotillo ralo, perfectamente alineado sobre el labio (hasta los bigotes más espesos empobrecen: ahí tienen a Aznar). Serrano Suñer era un superviviente. Creí que, con su muerte, se cerraría un capítulo de la historia de España, pero me equivoqué. El cuñadísimo se ha ido, pero la Guerra civil no para de volver.

(Notas en la moleskine. Julián Muñoz sigue deshojando la margarita, y la isabelita, en la cárcel de Alhaurín. Este tipo es una mina. Alguien -y, cuando digo alguien, me refiero a una persona en particular- me cuenta que la noche de la detención de Muñoz fueron robadas unas bolsas de basura de la puerta del domicilio pantojil. En esas bolsas, no se encontró ningún fajo de billetes, pero sí información reveladora. Muñoz y Pantoja no sólo producen material biodegradable, sino desechos de intimidad. Esto es: catálogos de juguetes sexuales y de películas porno. ¿Sería un pedido de Paquirrín?)

Marbella es una ciudad pretenciosa, pero ahora siente celos de Ibiza. No me extraña. Ibiza es plural, estrafalaria. Allí está lo peor de cada casa, pero también lo mejor. Los financieros y los hooligans conviven con las drag queens y las top models. Cada uno va a su bola, menos los Aznar, que van a la de todos. Desaparecido Berlusconi del horizonte, José María Aznar se deja querer por su yerno y por Abel Matutes. El verano es claramente territorio Agag. El yerno toma la iniciativa de muchas actividades vacacionales. Tiene más idiomas que él, más labia, más conocimiento del medio, o sea.

El otro día, Agag dio su cena de verano. El toque castellano lo puso su suegro. El cosmopolita, Tasha de Vasconcelos. El toque marbellí, las hermanas Lapique y sus respectivos (Alfonso Cortina y Carlos Goyanes). Y el decontracté, Neal Taylor. El catering era multicultural (cocina thai junto a cuscús y platos españoles) y la música, grabada pero sublime. Agag es un musiquero feroz. Con decir que elige las discotecas en función de los pinchadiscos, ya se harán una idea.

La sensación de la noche fue Alonso Aznar, que tiene 20 años y es el más guapo de la familia. Pero tampoco pasó inadvertida la presencia de Nieves Alvarez (muy aznarista ella) o de los hermanos Cano, que cada vez parecen menos hermanos y más primos. José María Cano se dedica a ejercer de padre y a preparar sus exposiciones de pintura. Nacho tiene en Ibiza una casa en la que ofrece cine de verano después de cenar. La gente se arropa con mantitas (de Iberia, creo) y, si la ocasión lo requiere, se entrega al cinefórum hasta el amanecer.

Los Aznar mostraron un bronceado discreto, muy en línea con el que inauguraron cuando eran inquilinos de Moncloa y en vacaciones llenaban la maleta de libros para satisfacer la voracidad de los periodistas (los libros los leían ellos, pero los periodistas les examinaban).

(Notas en la moleskine: aquí no somos tan cultos como en Ibiza, pero de vez en cuando leemos un periódico o medio poemario. También hacemos pádel y jugamos al golf. Yo no juego al golf (hay que andar), pero he visto a Paloma Lago con un palo. Paloma iba acompañada por un maromo que ha sustituido a Alvaro Bultó, ese chico raro con el que casi se casa y cuyas rarezas también conoció la Infanta Cristina antes de prendarse por Urdangarin.

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