Por lo que se ve el anuncio de ETA ha causado gran consternación. Algunos opinan que el breve idilio vivido en la escena política vasca desde el mes de marzo ha llegado a su fin, y que en adelante nos espera un lúgubre panorama de kale borroka, disputas entre los partidos y liquidación prematura de la mesa de partidos. Yo prefiero contarme entre los optimistas. Creo que el proceso de paz continúa, que los terroristas desean abandonar la lucha armada y que las declaraciones de ETA han de quedarse en una manifestación de desagrado, a la vez que un grosero toque de atención en la línea de: “eh, que aun estamos ahí y pintamos algo”.

De todas las voces que se han escuchado durante los últimos días únicamente la del Lehendakari Ibarretxe dice algo que merezca la pena ser escuchado: calma, sensatez, esperar un poco más. ETA no es quien tiene la clave de la pacificación, y por supuesto tampoco debe tenerla. Su comunicado es nefasto tan solo para quienes, sobre todo por razones de táctica partidista, viven pendientes de lo que la banda armada dice o deja de decir.

Respecto a la intervención del PNV en el proceso de paz, cierto es que la misma destaca por un sorprendente grado de reserva y circunspección que no pocas veces es confundido con la ausencia. Hay para ello varias razones importantes: por un lado evitar que se repita el horizonte de expectativas desproporcionadas creado por la primera tregua de ETA y, segundo, una desconfianza hacia la política del gobierno español en el País Vasco, ambigua, misteriosa, oportunista y a veces infame. Por más que uno la examina resulta imposible decir hacia dónde va y qué es lo que pretende.

Un día a Batasuna se le ofrecen todo tipo de facilidades (”el famoso coche nuevo de Elkarri”) para que regrese a la política. Al mismo tiempo se mantiene inalterada la Ley de Partidos Políticos. Hoy sale a la calle un preso, mañana caerán veinte en una redada al otro lado de la frontera. Con la palma de la mano Zapatero acaricia, con el dorso zumba. Y en medio de este caos, un importante cargo del PNV es sacado del hospital, casi a la fuerza, para obligarlo a comparecer ante el juez Grande-Marlaska, vinculando asi mediáticamente al nacionalismo vasco con la trama de extorsión de ETA. Una jugada sucia donde las haya, sin importar a quién se la hagan.

La cuestión no es qué está planeando ETA, un grupo terrorista en proceso de liquidación, sino más bien: ¿a qué juega el gobierno de Zapatero en Euskadi? ¿Lo sabe él mismo? ¿Es un nuevo Oráculo de Delfos? (“Cruza este río, oh, Rey, y habrá una gran victoria, pero no te sabemos decir si será tuya o de tu enemigo”). Evidentemente no se trata de un simple proceso de pacificación en beneficio del pueblo y de la sociedad civil, sino de algo más: tal vez ir consiguiendo poco a poco el control de una importante autonomía periférica, como ya se ha hecho en Cataluña y Galicia, como se intentó hacer en Madrid y como se logró, durante un breve tiempo, también en Baleares.

Esto es lo que podría haber bajo la línea de flotación que separa la estridente pasarela del markéting político, los clichés retóricos y populistas y el idealismo de unos pocos, de ese inframundo implacable y turbio de la intriga política, los intereses creados y las agendas ocultas. No hay que dar al comunicado de ETA más importancia de la que realmente tiene. Puede que sea una mala noticia, pero no de las peores.

Fijémonos que los terroristas no son los únicos descontentos. Todos arremeten contra todos: ETA y la izquierda abertzale contra el PSOE y el PNV, el PSOE contra el PP y el PNV, el PP contra todos los anteriores. La asonada es general, como la pelea callejera del segundo acto de “Los Maestros Cantores de Nüremberg”, con presencia de serenos, aprendices, alguaciles y doncellas vaciando calderos desde las ventanas. Detengámonos antes de rasgarnos las vestiduras, no vayamos a estropear nuestra mejor túnica de patricio, y dediquemos estos últimos días de nuestras vacaciones a reflexionar atentamente y con calma sobre ello.