Es cierto que esta guerra ha cogido desprevenido a Israel, pero esto se debe a que la mayoría de israelíes no la querían. Hezbollah llevaba seis años preparándose para el enfrentamiento y sus mecenas, Irán y Siria, lo necesitaban para justificar sus regímenes totalitarios y para distraer a la opinión mundial de modo que no se fijara en su comportamiento. De hecho, Israel no ha derrotado a Hezbollah, y a pesar de la indignación que ha mostrado hacia el gobierno de Líbano, sólo ha destruido los objetivos libaneses que estaban relacionados directamente con Hezbollah, su infraestructura y sus dirigentes. La ausencia de una victoria clara provoca que muchos israelíes crean que lo ocurrido hasta el momento no ha sido más que un preludio de la próxima serie de hostilidades en la región. ¿Puede impedir esto la ONU?
Hay que recordar que las fuerzas de la ONU acostumbran a ser efectivas cuando no tienen la necesidad de demostrar su efectividad porque a ambas partes les interesa mantener, por un lado, la zona parachoques y, por el otro, su compromiso de evitar la violencia. Tal ha sido el caso durante más de treinta años en los altos del Golán con la Fuerza de las Naciones Unidas de Observación de la Separación (FNUOS), establecida a lo largo de la frontera entre Israel y Siria, y con la fuerza multinacional (no perteneciente a la ONU) destinada en el Sinaí entre Israel y Egipto como parte del tratado de paz entre ambos países, firmado en 1979. Israel y Jordania comparten un interés tan alto que no hay necesidad de recurrir a fuerzas de la ONU.
La verdadera prueba de fuego no será la puesta en práctica de la resolución 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU, sino la capacidad y la voluntad de la comunidad internacional para luchar contra el terrorismo internacional promovido por el islam radical. Durante el último mes, el mundo ha podido recordar en varias ocasiones los peligros de los yihadistas: en el atentado terrorista de Bombay, en el que fallecieron más de 180 personas en un espacio de 11 minutos, a causa de las explosiones en cadena que hubo en los vagones de primera clase de siete trenes de la capital financiera del país; y en la trama abortada en el último momento en Londres y que pretendía hacer estallar varios aviones de pasajeros en pleno vuelo, algo que podría haber causado la muerte de miles de personas. En Gran Bretaña la atención se ha centrado en el papel de una organización benéfica pakistaní radical que, al igual que Hezbollah, se oculta tras una serie de actividades de beneficencia y asistencia social. Esta excusa alimenta el cínico pretexto de los gobiernos europeos para no incluir a Hezbollah en la lista de organizaciones terroristas.
Tanto Israel como Líbano aguardan con incertidumbre la resolución de la comunidad internacional que, por lo tanto, debe proporcionar un apoyo firme al débil gobierno libanés y debe ejercer una gran presión, incluidas las sanciones, a Irán y Siria, que intentarán burlar el embargo de armas impuesto a Hezbollah. Irán aún tiene en mente la creación de un Hezbollahstán islamista y radical en el norte de Israel. El comportamiento de Siria es una prueba más del cinismo y la hipocresía que caracterizan a la política de Oriente Próximo. Muy pocos de los medios de comunicación internacionales que dedicaron muchos minutos de antena a los gobernantes sirios para que derramaran sus lágrimas de cocodrilo por el destino del pueblo libanés mencionaron el hecho de que Siria nunca ha reconocido la soberanía de Líbano, y que hoy en día aún no tiene relaciones diplomáticas con Beirut.

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