Niño o niña? Esta es ya una vieja pregunta conocida de muchos y utilizada habitualmente ante una barriga abultada - de embarazo- para saber si el bebé va a ser una cosa u otra, ahora que la tecnología - antiguamente otro tipo de cosas consideradas, por la ciencia, supercherías- permite saberlo mucho antes de que nazca. Decimos que no importa el sexo de lo que venga, que lo fundamental es que el nuevo ser esté bien, sano y sin problemas, pero lo cierto es que los hechos muestran todo lo contrario, nos importa y mucho no sólo lo que vaya a ser - es decir, lo que haga en la vida-, sino lo que es de buen comienzo: niño o niña.

Puede parecer que queramos saberlo para buscar el nombre, comprarle la ropa y elegir la habitación. Muchas veces verbalizamos de esta manera la necesidad de conocer qué va a ser, pero el porqué, a veces ni nosotros mismos lo acabamos de saber y, en cierta manera, expresar este tipo de preferencias está mal visto - aunque sólo sea a ojos de Dios y de nuestra conciencia-, pero lo cierto es que no nos da lo mismo.

Incluso si es el primero y pensamos tener más; incluso si no podemos concebir, si lo hemos deseado durante mucho tiempo y adoptamos. Igual que los que tienen hijos expresan sus preferencias, los que deciden adoptar también muestran las suyas. Ya es bastante habitual oír voy a adoptar una niña china. Y el otro día me contaron que hay quien rechaza la adopción porque les ha tocado un niño - empiezan a llegar desde China, aunque todavía hay pocos-; querían - o sencillamente ya se habían hecho a la idea- tener una niña. No creo que después de tanto esperar, de tantos esfuerzos y dinero gastado, sea un impedimento tener la habitación rosa o un montón de vestidos comprados. Hay algo más, lo verbalicemos o no.

En el fondo cada cual quiere tener aquello que le parece mejor y más importante, para algunos un niño - hay muchas sociedades que sólo consideran a los niños- y para otros una niña; por suerte aquí y ahora parece que tantos hay pro niños como pro niñas. En cualquier caso no es lo mismo una cosa u otra para todos, por razones distintas, pero siempre sexistas.

Hay quien tiene una niña y no sólo lo piensa - lo dice-, que mejor porque así cuidará de él cuando sea viejo; hay quien muestra su decepción al tenerla porque así no podrá perpetuar su apellido - con lo fácil que es ahora cambiar todo eso-, o porque no podrán irse juntos en moto... Hay quien considera un revés tener un niño porque cree que habría sido mejor tener una niña y hay quien todo lo contrario.

La mayoría porque tienen en la cabeza que por tener sexos distintos las personas no son iguales, no les gustan las mismas cosas y, sobre todo, no se comportarán de la misma manera.

Es cierto, tenemos sexos distintos y diferimos en algunos aspectos, pero si algo nos ha enseñado la historia es que las cosas pueden ser de la manera que queramos y, sobre todo, que éstas están cambiando. Ya nadie te asegura - antes tampoco, pero parecía más probable- que si tienes un niño quiera jugar al fútbol e ir en moto, y que si tienes una niña te ayude en las tareas del hogar - si eres la madre- o te cuide a ti y a los demás. Tampoco, que a pesar de ser niña le guste el rosa o los vestidos, y al revés, que siendo niño no se pirre por todo ello. No estamos suficientemente al día y, aunque no es seguro, quizás ser conscientes de los cambios en los comportamientos y también en la consideración de las diferencias por razón de sexo haga perder importancia a las preferencias en cuanto al sexo de nuestros hijos, paridos o adoptados.