Nuestra visita al campo de concentración de Mauthausen coincide con la noticia de la confesión del escritor alemán Günter Grass de su pertenencia a las Waffen-SS cuando tenía casi 17 años. Aunque es cierto que el premio Nobel ha tardado mucho en contar este episodio de su juventud, hay que apreciar el valor que tiene hacerlo cuando, en general, sus coetáneos han optado por el silencio más espeso. ¿Cuántos alemanes o austriacos de la edad de Grass se atreverían a este ejercicio público? Pocos, muy pocos. Mientras tomamos una cerveza en un bar de la pequeña localidad de Mauthausen, territorio de Austria, nos preguntamos cuántos de los ancianos que hoy pasean por aquí fueron cómplices de la muerte de los miles de prisioneros asesinados en el campo de concentración cercano. Es la cuestión de siempre: ¿Nadie vio ni olió la muerte a escala industrial cerca de sus casas? Ni el paisaje ni el paisanaje.

Es absurdo juzgar ahora al adolescente que fue Grass, que asegura no haber disparado nunca un arma. Y menos desde nuestro país, donde en 1975 no se juzgó a nadie por haber participado en un largo régimen dictatorial. Y menos cuando aquí tenemos ilustres casos de transformación asombrosa hacia la democracia desde el franquismo más criminal y desde el estalinismo más asesino; incluso tenemos alguna figura que pasó del falangismo joseantoniano al comunismo moscovita sin despeinarse. Si se juzgara a Grass, debería juzgarse a todos los alemanes y austriacos. Y ello es imposible.

Hemos visitado el campo de Mauthausen, donde fueron asesinados miles de personas, desde militares rusos hasta nuestros republicanos, pasando por judíos, gitanos y resistentes antifascistas. El asunto que nos interpela no es el joven Grass, que Hitler usó, al igual que tantos otros al final de la guerra, como carne de cañón. Lo que interesa es saber qué hicieron en aquellos tiempos los que ya no eran adolescentes. Y qué hicieron tras la contienda para seguir mirándose al espejo.

El juicio de Nuremberg contra los jerarcas nazis y otros procesos posteriores contra grupos de oficiales de las SS tuvieron un alcance limitado. Muchos jefes y la mayoría de guardias SS de los campos no fueron juzgados y se reintegraron a la vida civil con normalidad. Ese señor tan educado que en 1960 regentaba una oficina provincial de una compañía de seguros había asesinado a varios hombres, mujeres y niños con los métodos más diversos entre 1938 y 1945. Los que lo sabían callaban. La normalidad fue dejar todo aquello en la sombra.

Es un viejo anónimo sentado hoy frente al Ayuntamiento de Mauthausen el que nos inquieta, no Grass.