Las muertes, el dolor, la destrucción y el desgarro producidos por la «no declarada» guerra entre los terroristas de Hezbolá e Israel no ha servido para nada. Ni el «alto el fuego».

En los último 50 años, en Oriente Medio habrá habido más decisiones de alto el fuego que todos los del resto del mundo sumados, y no han servido para traer la paz definitiva.

Este último alto el fuego dará a Hezbolá un respiro de la respuesta militar israelí y le permitirá recibir nuevos cargamentos de equipamiento armamentístico procedente de Irán, para reconstruir su infraestructura militar y prepararse para la próxima ronda de ataques contra Israel. Ya pasó en el año 2000 después de la retirada de Israel de la franja al sur del río Litani, zona dominada por los terroristas chiíes. Este territorio fue el bastión de los guerrilleros palestinos en los años setenta y, una vez expulsados, pasó a serlo del Hezbolá con el incondicional apoyo económico y estratégico de Siria.

Nadie va a desarmar a Hezbolá, ni «los pacificadores» de la ONU ni el Ejército libanés. Por tanto, Hezbolá reanudará el terrorismo contra Israel en donde y cuando le apetezca. Durante años, los observadores de la ONU en Líbano han contemplado la formación del arsenal de Hezbolá, la construcción de sus túneles fortificados y sus búnkeres en las colinas frente a Israel. Han permitido que Hezbolá introdujera misiles en casas, escuelas y mezquitas, en medio de ciudades densamente pobladas, sin denunciarlo. Han contemplado a los terroristas de Hezbolá entrenarse y ser entrenados por la Guardia Revolucionaria iraní delante de ellos, y no han hecho nada. La toma del sur de Líbano por parte de Hezbolá tuvo lugar delante de las narices del destacamento de la ONU y con total conocimiento por parte de los observadores de la ONU. Por ello, no tenemos ninguna esperanza de que las fuerzas de interposición vayan a servir para nada. Les temen.

La mayor parte de la gente no conoce de la historia de Oriente Medio ni cómo nació el Estado de Israel. Esa región pertenecía al Imperio Otomano hasta que se desmembró, tras ser derrotado en la I Guerra Mundial. En el curso de su división para crear nuevas naciones, los británicos ejercieron un protectorado en el que los judíos, habitantes en esas tierras, se enfrentaron a los británicos para hacerse con el control de la tierra de sus ancestros y proclamar la independencia de Israel. Finalmente, en 1948 se asignó una pequeña porción para los judíos, dado que desde siempre han habitado en ese territorio y durante casi 2000 años añoraron volver a tener su país. Ya en 1939, Winston Churchill comentaba que los judíos «habían hecho florecer el desierto», dado que ya podían, finalmente, trabajar esa tierra anhelada. La prosperidad resultante en la zona atrajo tanto a más judíos como a los árabes, algunos de los cuales afirmarían más tarde que los judíos les robaron «su» país.

El nacimiento de Israel vino cargado de hostilidad y violencia de los vecinos países árabes, que animaron a los árabes residentes en Israel a irse, ante los ataques planeados con el objetivo de destruir al nuevo Estado israelí. Por tanto, fueron los árabes, no los israelíes, los que crearon un problema masivo de refugiados palestinos, los cuales han sido retenidos durante generaciones por sus «hermanos» en campamentos de refugiados, en condiciones vergonzosas y sin permitirles integrarse, bajo la promesa de un derecho de retorno, que se haría efectivo después de que Israel fuera conquistado y los judíos «echados al mar». Allí siguen, en los países «hermanos», imposibilitados a obtener un trabajo, la residencia o cualquier forma de absorción.

Después de varias guerras contra Israel iniciadas por los países árabes circundantes, en la de 1967 los israelíes tomaron el control de tierras de valor estratégico, como los altos del Golán, para evitar que fueran utilizadas en futuros ataques militares provenientes de Siria. Desde entonces, se han sucedido ataques, asesinatos y secuestros de Hezbolá contra Israel. Se ha utilizado a Líbano como campo de batalla, a pesar de que la diversidad religiosa y cultural de Líbano podría haber hecho presagiar el escape del despotismo en nombre de cualquier etnia o credo cuando fuera creado, hace 60 años. No ha sido así y Líbano ha tenido inserto el alto mando de los terroristas de Al Fatah, desde 1975 hasta 1982, año en que consiguieron expulsarlos. Líbano ha estado dominada por los sirios, y actualmente por el brazo armado terrorista Hezbolá, dirigido por Irán. La falta de reacción y acción del Gobierno libanés en esta guerra ha demostrado fehacientemente que son un país intervenido y sin capacidad para echar fuera a los terroristas.

No tenemos esperanzas de que en un futuro se negocie limpiamente. Los múltiples acuerdos firmados a bombo y platillo (Camp David, Oslo, Hoja de Ruta, etcétera) han sido reiteradamente incumplidos. El sentimiento de frustración en el pueblo israelí por los últimos acontecimientos presagia tiempos de dolor y muerte, que llegará, como siempre, de la mano de los terroristas de los países vecinos, que siguen sin reconocer el derecho a existir de un país que lleva casi 60 años repeliendo ataques tanto de sus ejércitos como de sus terroristas. No se conoce un caso igual en la historia mundial reciente, pero ya sería hora de que los dejaran vivir en paz.

Aida Oceransky es presidenta de la Comunidad Israelita del Principado de Asturias.