UNA SOCIEDAD CAMBIANTE
Entre los jóvenes perviven aún estereotipos heredados del nacionalcatolicismo.
Tras 30 años de revolución sexual, la mujer aún aspira a relacionarse en igualdad.
Democracia y destape llegaron de la mano en 1976 a una España asqueada de represión sexual e ideológica, y ansiosa por compartir aquel vacío de censura que se intuía más allá de los Pirineos. La sexualidad retenida, muda e hipócrita, confiscada por la familia conyugal para la función procreadora desde épocas victorianas, ocupaba de repente el espacio público. Los desnudos de la Cantudo, la Vera, la Estrada o Nadiuska causaban estragos en los kioscos y en la gran pantalla, al tiempo que la píldora anticonceptiva comenzaba a otorgar a las mujeres el control sobre sus propios cuerpos. El sexo devino un abonado campo de experimentación donde ondeaba la bandera de la libertad. Lejos de moralismos, las satisfacciones sexuales se erigían - al menos en abstracto- en un derecho de todo ciudadano. Y comenzaba un flagelo por tantos años de represión en nombre del pecado.
Pero ¿en qué consistió aquella transgresión?, ¿en un predicamento del sexo que fustigaba el antiguo orden, denunciando las hipocresías y cantando el derecho a lo inmediato? ¿Acompañaba a eso un cambio de mentalidad en lo relativo a los estereotipos hombre / mujer? ¿Qué modelos de relación sexual heredaron las generaciones que nacieron y crecieron al abrigo de aquel destape ocupado en levantar la libido masculina?
"Aquella revolución se redujo a verles las tetas a las mujeres", afirma la sexóloga y psicóloga Carme Freixa. "Ya se las veían antes a puerta cerrada, en el prostíbulo y el cabaret, y ahora en las revistas que colgaban de los kioscos; no fue ninguna liberación - prosigue- sino una popularización de la idea de que las mujeres están para el placer sexual. Su única transgresión consistió en llevar el sexo del ámbito privado al público".
Pero el ingrediente más significativo en lo que se ha dado en llamar una revolución sexual fue el descubrimiento de la píldora, que se produjo en 1960 en Estados Unidos, aunque no se legalizó hasta más tarde, por presiones perfectamente imaginables. Según el psiquiatra José Luis Rojas Marcos, la píldora ha sido fundamental: la primera medicina de la calidad de vida que ha ayudado a millones de mujeres a decidir cuándo quieren tener hijos y a usar el sexo como objeto de placer.
"La revolución sexual ha ocurrido, de eso no hay duda", afirma este profesor de Psiquiatría de la Universidad de Nueva York. "En España coincidió con una liberación política y social, con la pérdida de una espiritualidad ligada a la religión y con la píldora: el nivel de natalidad en España ha caído muchísimo, cosa difícil de imaginar en aquellos tiempos, a principios de los años setenta, en que yo traía anticonceptivos de EE. UU. para parientes y amigos que me los pedían".
Para Freixa, no obstante, la píldora tenía algo de maquiavélico: venía por un lado a liberar de embarazos no deseados y por otro a facilitar al hombre la disponibilidad de la mujer. "Esta revolución no planteó un cambio de relaciones hombre-mujer sino una adaptación al modelo imperante que le exige a ella estar disponible". De hecho, los desnudos que se rodaban eran esencialmente femeninos y si en alguna película aparecía el trasero de Patxi Andión, era más una expresión de liberación masculina que un intento de despertar la libido de la espectadora. Como liberadora resultó la mítica escena de L´orgia en la que Juanjo Puigcorbé recorría desnudo en moto las calles desiertas de una Barcelona que se desperezaba tras una larga noche.
"¿Revolución? Es una palabra desmesurada para atribuirla a lo que eran ciertos cambios en la representación pública de la sexualidad: había estado oculta y, de repente, con películas malas y a través del humor, comenzó a asomar en lo público", explica el sociólogo Salvador Cardús. Pero esa sexualidad representada produjo posiblemente mucha frustración, pues creaba expectativas sobre lo que puede dar de sí la sexualidad que chocaban con las experiencias cotidianas. "La cultura de la represión había creado mucha enfermedad emocional tutelada por los confesores privados, que más que solucionar algo provocaban la aparición de traumas y malestar - prosigue Cardús-, pero los cambios no conllevaron una liberación emocional, sino nuevas formas de trastorno emocional, dificultad para gestionar la propia sexualidad: habíamos pasado de la pornografía vinculada a lo sexual a otra vinculada a lo emocional".
Treinta años después, los estudios sobre la función simbólica de la sexualidad en los jóvenes parecen corroborar que, si la hubo, a esa revolución le queda mucha caspa incrustada. Los adolescentes gestionan aún hoy su iniciación a la sexualidad de forma distinta según sean chicos o chicas, pero las razones no se hallan en lo biológico o psicológico, sino en la organización socio-cultural de los roles de género. Es cierto que el varón comienza a incorporar valores hasta ahora considerados femeninos, como dar importancia a la afectividad, y que la mujer quiere disfrutar del sexo ocasional, más allá de convencionalismos. Pero bajo los formalismos igualitarios perviven con fuerza estereotipos heredados del nacionalcatolicismo que tanto apuntaló la sumisión de la mujer. Mientras el lento reajuste de roles se produce, manda el tópico de que ellos quieren sexo pero no siempre pueden y ellas pueden siempre pero no siempre quieren.
Lo que esto implica queda reflejado en el informe El estereotipo que obliga y el rito que identifica,del Instituto Nacional de Juventud, a partir de entrevistas a adolescentes de 15 a 19 años. Chicos y chicas siguen condicionados por lo que se espera de ellos. De ellas se espera sexo, sí, pero en pareja estable, al menos en las primeras relaciones; deben dar prioridad a los lazos afectivos, ser la parte sentimental y sacrificada de la relación. De ellos se asume su naturaleza:van a lo que van y son ellas quienes deben pararles los pies. La contradicción estriba en que quieren disfrutar del sexo y se quejan de que las chicas están muy cerradas,pero desconfían de las promiscuas: son unas guarrillas que les despojan de su papel de triunfador. Las chicas, por su parte, se mueven entre el miedo a ser abandonas por demasiado estrechas o demasiado fáciles.
"Como pescadilla que se muerde la cola, los estereotipos alimentan las actitudes", dice el estudio. "Ese imaginario colectivo deriva en considerar a la mujer administradora de placer sexual: para él será una necesidad básica y para ellas ni se contempla". ¿Poder de decisión de la mujer? Este excluye precisamente la capacidad de tener la iniciativa.
Según un estudio de la Universidad de Salamanca con chicas de 18 a 20 años, el 42% de las jóvenes han sido víctimas de una relación no deseada con un varón conocido. ¿Qué impide que digan no?Ideas enraizadas y a menudo inconscientes: cuando una mujer dice no quiere decir sí;ellos deben dirigir y dominar la relación sexual; si una mujer provoca no puede quejarse de lo que le suceda ya que él no va a poder controlarse... Además, cuando una relación sexual ha empezado ellas no se sienten con derecho a pararla.
Sara Berbel, doctora en Psicología Social y presidenta del Institut Català de les Dones, cree que "no habrá una verdadera revolución hasta que no haya un cambio sociocultural en las relaciones entre hombres y mujeres, incluyendo la afectividad, la ética y la igualdad, y hasta que las mujeres no sean dueñas de su cuerpo y escojan según sus deseos, no sólo sexuales sino afectivos y relacionales".
"Más que ayudar a la mujer, esta revolución le ha complicado las cosas al hombre: el malestar sexual se ha generalizado", concluye Cardús. "Los criterios discriminatorios no se han sustituido por otros igualitarios: no hemos sido capaces de imaginar un nuevo modelo sexual".
"Fue un acelerón de la historia"
Los años del ´sinsostenismo´ reivindicaron el orgasmo y agrietaron la pareja tradicional, pero la orgía fue por barrios
Ronda los 50 y es una autoridad en cuestiones relativas a la mujer. En el distendido ambiente de un restaurante barcelonés lleno de gente que debate la ley de igualdad, esta mujer de hablar dulce pero enérgico recuerda con nostalgia los locos setenta. "Me lo pasé fenomenal: follábamos como locos, nos sentíamos realmente libres", exclama, mientras entre la audiencia asienten algunas mujeres de su misma edad. ¿Fue ésta una experiencia compartida? ¿Se mecieron realmente españolas y españoles en la nueva ola de sensualidad que fluía de las pantallas de cine? ¿Se cambiaba tan a menudo de pareja de juegos sexuales? Algunas opiniones recabadas entre supervivientes de la época nos ayudan a calibrar la temperatura real de aquella fiesta que algunos añoran.
SÍLVIA MUNT. Actriz y directora de cine."Es curioso que aún dudemos de que aquello fue una revolución: logró que el sexo ya no fuera una cosa pecaminosa y nefasta para la salud, sino todo lo contrario. El solo hecho de liberarse de una manipulación del establishment religioso ya es una gran revolución, como lo fue la píldora. Y otra más: el que la mujer pudiera hacer el amor al margen de estar casada o no. A partir de ahí, cada uno hizo lo que pudo. Lamentar que mandara la sexualidad masculina equivale a decir que el amor no es perfecto. ¿Que si fue una revolución generalizada? Por supuesto. Nos llegó diez años después de que la hicieran los hippis, y fue para todo el mundo. A mi me pilló con 15 o 16 años. Yo era una chica de barrio y la viví. No fue sólo para la elite. Tal vez ellos hacían viajes y nosotros no podíamos pagárnoslos pero el hecho en sí de las comunas y de destronar esa especie de tótem oculto e intocable del sexo fue generalizado. ¿El destape? Era inevitable después de décadas de no ver un tobillo, pero no dejaba de ser anecdótico. Es ahora cuando la televisión trata la sexualidad como si fuera una tienda, y el erotismo como si fuera una clase de aerobic. Se pierde el más mínimo morbo y misterio que hacen que el sexo sea algo excepcional".
JAVIER PORRATA. Pintor."En 1968 ya tenía una relación estable. Éramos dos románticos pero teníamos que vernos a escondidas, claro. Yo formaba parte de grupos de izquierdas y teníamos suficiente apertura y conocimiento de lo que pasaba en París como para tener la sensación de estar haciendo algo malo. Era demasiado bonito para ser malo. Luego, recordando lo escondido que estaba todo, no podías evitar pensar: ¿y eso era lo malo? Ahí comienza a cambiar toda tu mentalidad, empiezas a ponerlo todo en duda. No me impactó mucho el destape, pasaba totalmente del amor libre, del intercambio y de todos somos de todos; tenía mi pareja, pero recuerdo que la mayoría de gente que practicó el intercambio de parejas acabó separándose. Eran situaciones duras y problemáticas. Mucha gente se tiró a la piscina para evitar una relación de pareja cerrada, se vieron forzados por la situación a realizar intercambios".
ANNA FREIXAS. Catedrática de Psicología Evolutiva de la Universidad de Córdoba."Habíamos vivido con el espíritu franquista en vena. Carecíamos de todo. El pecado era generalizado y la prohibición era el sustrato del que partíamos. Eso hace que la gente necesite mucho de todo y ya. La revolución social y económica se transformó en una reivindicación sobre el propio cuerpo: ahí estaba el turismo de suecas o El último tango en París...Por supuesto, hubo mucha ruptura, desolación y sufrimiento. La gran tarea afectiva y psicológica la hicimos las mujeres. Avanzábamos a base de imaginarnos cómo actuaban las suecas. Mirábamos a Europa, pero de hecho allí no había nadie: fuimos más europeas que todas las europeas. Nos comportábamos como creíamos que lo hacían las suecas y ellas era más conservadoras que nosotras. No, esa revolución no produjo una transformación de los roles de género.
El hombre tenía sexo gratis con las amigas progres y guapas que le daban sexo voluntario...pero tampoco del todo, porque era una forma de demostrar que no eras estrecha ni frígida. Todo se produjo en un entorno de burguesía y progresista, así que eras acusada de burguesa clasicorra. Tampoco aportó un mayor conocimiento del propio deseo de las mujeres, que aún hoy seguimos atentas al deseo masculino mientras ellos siguen preocupados por la longitud y la dureza del pene".
JAVIER LÓPEZ FACAL.Profesor de investigación del CSIC."Más que una revolución, fue un acelerón de la historia. La muerte de Franco me pilló con 31 años y una hija recién nacida. Empezaron a modificarse los hábitos sexuales. Hubo una especie de sinsostenismo:las mujeres empezaron a quitarse el sujetador y a ser más accesibles. Mientras fui veinteañero, existía una represión notable. Si te besabas con una chica te reñía un taxista o un señor mayor, porque no había sólo un dictador en el Pardo: había millones. Una vez se abrieron las compuertas, las cosas cambiaron. A pesar de estar casado empecé a tener relación con otras mujeres. Yno tenían que hacerse las modernas: en el medio académico, intelectual y progre tuve la suerte de relacionarme con mujeres de igual a igual. Lo hacían si les apetecía y cuando les apetecía. ¿Las suecas? Mi primera mujer lo era. En cierto modo no era tanto como imaginábamos, pero bastante más de lo que teníamos. En cuanto al destape, había mucha hambre, sí. Recuerdo haber ido a Portugal a ver Emmanuelle,pero cuando irrumpió en España no me pareció de muy buen gusto: era postizo, estridente, de nuevo rico".

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