Tal vez la imagen que mejor nos aproxima a los más de treinta días de duración de los bombardeos y combates de la contienda entre Israel y Hezbollah sea la del retorno de los refugiados. Las hileras de automóviles de la población civil chií que buscó acogida en el norte del país o en Siria y al anuncio del cese de hostilidades - no importa su más que presumible fragilidad- regresan haciendo con los dedos la V de la victoria. De los novecientos mil que escaparon de los despiadados bombardeos israelíes, muchos no encuentran otra cosa que sus hogares en ruina, donde posiblemente familiares o vecinos quedaron atrapados para sumar el millar largo de muertos y los alrededor de tres mil heridos que arroja por ahora el balance de las víctimas, muchas más civiles que gente de armas. La hora mala vendrá después pero el ánimo inicial es óptimo: "Hemos vencido". Israel ha alimentado esta fe. Y con ella se las ha tenido que ver. Se las tiene que ver. Se las tendrá que ver.

Nada, nadie va a borrar esta convicción en Líbano y a lo largo y ancho del mundo musulmán.

Es la consigna oficial en Siria, en Irán. ¿Victoria o simplemente no derrota? Javier Solana intentaba matizar: "Creo que esta guerra no la ha ganado nadie porque no se ha acabado, ha llegado una resolución del Consejo de Seguridad antes de que hubiera vencedor". Este decir que es una guerra no acabada nos confirma en la perplejidad con que hemos asistido a su comienzo, al tiempo y a las maneras de su duración, al final sin final a que se refiere Solana. Ya lo que venga, que lleva todas las trazas de no sacarnos de dudas.

No hay por ahora una explicación convincente de por qué el 12 de julio una incursión de Hezbollah contra una patrulla militar israelí ocasionó la muerte de ocho soldados y el aprisionamiento de dos. Tampoco la hay, suficiente, que explique el desencadenamiento en tromba de la respuesta de Israel. La V enfervorizada de los refugiados en su regreso puede darnos una pista. Hezbollah existe por Israel. Es decir, contra Israel. Tiene pendiente un ajuste de cuentas permanente. Hay, sin embargo, motivaciones más plausibles. Una, el rompecabezas de la política de Líbano, en el cual Hezbollah, milicia armada de la minoría mayoritaria chií, con el apoyo sirio, busca imponerse. En este sentido han llegado muy oportunamente la invasión israelí, la desmesura de sus bombardeos, la resistencia no doblegada de Hezbollah y que Israel haya sufrido hasta en Haifa ataques con misiles. El Partido de Dios, sus milicias y su jefe Nasrala crecen en prestigio y poder.

Se alega, sin embargo, que la no derrota, vendible como victoria, se va a pagar con un oneroso precio político: la resolución 1701 de la ONU que dispone el despliegue del ejército libanés en los dominios chiíes del sur, asistido por el redoblamiento de las fuerzas multinacionales de la ONU. Sobre el papel, un éxito de Israel: una fuerza tampón para neutralizar la amenaza de Hezbollah sobre tierra israelí. De hecho, posiblemente una resolución más en la lista de las no cumplidas: 1559, 1680. Israel debe retirarse de Líbano y Hezbollah ha de ser desarmado. ¿Pero quién le pondrá el cascabel al gato? No, por supuesto, el ejército libanés, convidado de piedra de los tantos sangrientos episodios bélicos que ha sufrido el país de los cedros. No, tampoco, la fuerza multinacional, a la que se atribuye una limitada, distanciada y precavida función de asistencia a las fuerzas libanesas. Y aún así, en los gobiernos comprometidos a enviar tropas todo son prevenciones, miedos, exigencia de garantías. Donde se prometían miles de soldados ahora se habla de cientos. A la hora de escribir estas líneas todavía están envueltas en una nebulosa la composición, organización, funcionamiento y verdadera tarea de la fuerza multinacional. El ejército libanés va al sur con su bandera blanca y roja a ver y callar. Para ser más exactos, a observar si los de Hezbollah exhiben sus armas y recomendarles respetuosamente que no las muestren.

En este panorama, Israel tiene que hacer sus propias cuentas. Algo ha fallado. Y mucho. Nada menos que la eficacia militar, el principio esencial de la seguridad. El gobierno Olmert, el mando, han dado la impresión de improvisar, de dar palos de ciego. Los bombardeos indiscriminados sólo han servido para provocar un amplio repudio internacional de Israel. Las operaciones militares en tierra han mostrado la otra cara de la barbarie inútil: desorientación, pérdida de crédito sobre el terreno. Y todo pudo arreglarse con un canje de prisioneros. En el pasado se hizo. Hasta de prisioneros de Hezbollah por el cadáver de un israelí.

Pero Olmert decidió que si no había respuesta militar sería el no acabar. Exponerse a una provocación tras otra de Hezbollah. Inicialmente, parecía confiarse en operaciones frontales que encontraron ASTROMUJOFF tenaz resistencia. La batalla de Bit Jebel dio a entender que había que poner más carne en el asador. Entrar a fondo en el sur de Líbano. Fue la hora de los halcones. La teoría de que era preciso ir a por todas. La reunión gubernamental del 9 de agosto decidió movilizar 30.000 hombres, hubo cambios en los mandos. Al general Dan Halutz se le dejaban manos libres. Pero ya era tarde. La resolución de la ONU se aprobó el 11. Por lo cual el Tsahal fue lanzado a una precipitada fuga hacia adelante, más efectista que real. Había que llegar al río Litani, a 32 kilómetros de la frontera. Pero la suerte ya estaba echada. El sur de Líbano quedaba en gran parte dañado. Hezbollah, en pie. Dispuesto a acoger a los refugiados que volvían honrando a la milicia con la V de la victoria.

¿Ni vencedores ni vencidos? ¿Guerra que ni ha sido tal sino hostilidades, no se sabe para qué, entre el ejército más poderoso de Oriente Medio y una milicia de cinco o siete mil hombres enardecidos que toma a su cuenta la defensa de un territorio nacional en la que su estado y su ejército se abstienen cuidadosamente de participar?

Nada queda asegurado después de tanta violencia. Ni siquiera la entrega de los dos soldados aprisionados por Hezbollah. Hay un frágil cese de hostilidades sin ni el rango de tregua que para Condoleezza Rice requería obtener previamente "precisas garantías a largo plazo". ¡Qué largo de fiar! Y en Israel se ha abierto la herida. Una amarga frustración y el temor de siempre, redivivo. En una encuesta reciente el 70 por ciento consideraba que las hostilidades se han llevado mal. El gobierno Olmert lleva plomo en el ala. Es una crisis de confianza que toca más al fondo. Porque se han encendido las luces rojas de la seguridad. ¿Para qué haberse retirado del sur de Líbano si desde allí se nos puede atacar con misiles a la misma Haifa y posiblemente a Tel Aviv? ¿Para qué haber abandonado Gaza si en Palestina gana las elecciones una organización islamista que no reconoce a Israel y se disparan sistemáticamente cohetes Qasam sobre localidades israelíes?

Saddam Hussein hablaba de la "madre de todas las batallas". El presidente iraní Ahmadineyad propone el exterminio de Israel. El rais sirio Bashar el Assad advierte contra el eje Estados Unidos-Israel. Yla señora Rice indica que Siria e Irán han de asumir sus responsabilidades. ¿Las hostilidades entre Israel y Hezbollah son episodio de un enfrentamiento de amplio alcance en el espacio y en el tiempo, la batalla madre que se multiplica en los frentes variables de Iraq, Afganistán, Israel, Palestina, Líbano, con Estados Unidos en un polo e Irán y Siria en otro?

Tal vez no sea tan simple. Lo concreto alimenta lo general y esto a lo concreto en cada caso. Y la pregunta es si desarticular los conflictos singulares debe prevalecer y es posible sin afrontar los generales. O, a la inversa. El gran tema de Oriente Medio.