Han bombardeado pueblos y ciudades, escuelas, hospitales, mezquitas, centrales eléctricas, gasolineras, depósitos de agua, antenas de telecomunicaciones, puentes, carreteras y autopistas. Han atacado caravanas de refugiados, un campo de palestinos, un puesto de las Naciones Unidas e, incluso, hospitales y un orfanato. Han causado alrededor de 1.200 muertos entre la población civil, de los cuales trescientos niños, y han provocado un éxodo masivo de cerca de un millón de personas en un país de algo más de tres millones y medio de habitantes. Han producido el vertido al Mediterráneo de más de 30.000 toneladas de gasóleo, cuyas consecuencias están afectando a otros países ribereños, como Chipre, Turquía o Grecia. No sólo han impedido la llegada de ayuda de emergencia, bloqueando los puertos y las carreteras, sino que han bombardeado incluso convoyes humanitarios, causando bajas entre los voluntarios.

Esto no les ha impedido seguir machacando los territorios palestinos, deteniendo a sus dirigentes y aumentando la desesperación. Y, por si fuera poco, han lanzado una gran ofensiva cuando ya estaba a punto de entrar en vigor el alto el fuego decretado, tras largas negociaciones, por las Naciones Unidas.

Todo ello ocurre cuando Líbano se estaba recuperando de la guerra civil, que sirvió de pretexto para el estacionamiento de fuerzas sirias en su territorio. No obstante, Israel ha perdido la batalla en el frente militar y, sobre todo, en el moral. En el terreno militar, a pesar de contar con los medios de destrucción más modernos y sofisticados, con un gasto en defensa que devora más del 10 por ciento del PIB, sin incluir las ayudas de Estados Unidos, más de treinta mil soldados y toda esta destrucción calculada, no han conseguido desalojar a las milicias de Hezbollah de sus posiciones. Israel ha conocido en su propia carne los efectos del odio que, a lo largo de los años, ha sembrado en Oriente Próximo, con el hostigamiento permanente a la población palestina, la utilización de ésta como mano de obra barata y la ocupación ilícita de tierras. Gracias al acuerdo comercial vigente entre la Unión Europea y el Estado israelí, muchos de los productos que entran en Europa con el sello de made in Israel han sido producidos en Palestina. Pero la derrota moral es, sin duda, la más importante. La actuación israelí ha conseguido unir, por vez primera en muchos años, a los libaneses y ha legitimado, al menos entre la población musulmana, la actuación de Hezbollah.

No hay argumentos que puedan justificar una agresión de este calibre tras el secuestro de dos soldados.

La matanza indiscriminada de civiles, la ocupación y la destrucción sistemática de un país, se llame Líbano o Palestina, merecen la condena unánime de la comunidad internacional. Dentro de Israel ya empiezan a surgir voces que piden el fin de tanta insensatez. ¿Serán escuchadas?