Creo recordar que después de la liberación de los esclavos en los EE UU, cuando les concedieron el estado de Liberia para crear una patria, algunos convirtieron en esclavos a sus hermanos africanos. Tal hecho sirve de reflexión a la hora de enjuiciar el comportamiento del Estado de Israel. Un Estado y una inmensa mayoría de la población que en vez de aprender de la Historia, ha asumido como propias las maldades de la Alemania nazi. No ignoro que estas afirmaciones acarrean el calificativo de antisemita, término habitual de los sionistas contra quienes critican las maldades del Estado de Israel. Pero a estas descalificaciones se han unido en nuestro país los herederos políticos del franquismo, los que fueron cómplices de Hitler y hasta no hace mucho antisemitas encarnizados.

En ese sentido conviene recordar la oración que en el «mes de las flores» se rezaba en las escuelas franquistas, aquellos centros de «mala» educación: «líbranos, Madre querida, del marxismo, la masonería y el judaísmo, para ti, para la patria, la sangre de nuestras venas...». Quienes confunden antisionismo con antisemitismo hacen un ejercicio de perversión del lenguaje y por lo tanto caen en más burda demagogia: tildan de antisemitas a quienes condenan la rapiña de Israel sobre las tierras y las casas palestinas, los bombardeos sobre sus poblaciones, los secuestros, los incumplimientos de los derechos humanos y de las resoluciones de la ONU.

Para no caer en el ejercicio de la confusión, vale acudir a la lógica cartesiana que hablaba de las ideas claras y distintas. Para ello conviene diferenciar los conceptos de sionismo y de semita, que en modo alguno son sinónimos. Hablar de sionismo es referirse a una forma más de imperialismo, de racismo, de exclusión social, de pueblo elegido, de preeminencia del Estado de Israel, de dominación de unos pueblos por otros; pero ser semita es diferente. Semitas son muchos judíos, no todos, y también los palestinos, tanto musulmanes como cristianos. Según el Antiguo Testamento, los árabes también son hijos de Abraham, y por supuesto que muchos judíos como los etíopes y los askenazis, poblaciones del norte de Europa convertidas al judaísmo en siglo VII, no son semitas. Condenar el Holocausto y lo más negro de la historia de España, donde que fueron víctimas millones de judíos, no puede convertirse en complicidad con los crímenes que desde el año 48 viene cometiendo el Estado de Israel.

Por todo ello, asumir el calificativo de antisionista es estar contra la dominación del hombre por el hombre y de unos pueblos por otros. Además el antisionismo es criticado, incluso condenado por muchos que en modo alguno no son antisemitas, entre los que abunda gente de origen judío. Muchas de estas personalidades, como Karl Marx y Rosa Luxemburgo, nada tenían que ver con el sionismo. No se sentían miembros de ningún pueblo elegido; al contrario, sus anhelos iban buscando una sociedad basada en el derecho de los seres humanos a vivir con dignidad y propugnaban la hermandad y la solidaridad entre los hombres y los pueblos. Y al igual que ellos, otros muchos hombres y mujeres de estirpe judía, como Primo Levy, Arthur Miller, muchos combatientes de las brigadas internacionales a favor de la II República nada tenían de sionistas.

A lo largo de este mes, los F-16 y los cohetes de largo alcance se han ensañado sobre todo con la población civil de Gaza, del Líbano, de los campos de refugiados palestinos. Y lo grave es que estos descendientes de quienes sintieron el terror lo están ejercitando con la población palestina y libanesa. La pregunta que muchos se hacen es cómo es posible que esos padecimientos no les recuerden el horror que en los campos nazis debieron de sentir aquellos niños, mujeres, esperando el momento fatídico bajo «las duchas» del gas ciclón? ¿Cómo es posible que el espanto de las víctimas abrasadas por el fósforo blanco no les rememore a las hogueras de la «Santa» Inquisición ni a los hornos crematorios de los nazis? ¡Demasiada desmemoria!

De lo que está pasando hay un responsable: El Estado de Israel, que fomenta la cultura de la guerra, el odio al palestino, la rapiña y la limpieza étnica. Demasiada asociación con un político como Bush, que cuando actúa no sabemos si habla la demencia o el alcohol.

A lo largo de la Historia, la serpiente ha anidado en muchos lugares del planeta. Ha ido depositando unos huevos que con el tiempo han provocado catástrofes espantosas: en el nombre de Dios se han hecho guerras, en el nombre de Jesús de Nazaret (el que dijo: «Quien esté libre de pecado, que arroje la primera piedra») se ha quemado al diferente. En nombre de una raza superior los nazis hicieron una guerra cuyas víctimas fueron sobre todo los judíos, también muchos españoles de la resistencia y gentes que creían en la fraternidad; en el continente africano, en contra del mito rusoniano del buen salvaje, se han cometido crímenes que habrían hecho palidecer al mismísimo Hitler.

Pero el estado de Israel y la mayoría de sus ciudadanos no han aprendido, y con su política prepotente y agresiva están dilapidando todo el potencial de solidaridad mostrada por la gente de bien tras el dolor del Holocausto. El responsable es el sionismo, que dando la espalda a los humanistas de origen judío que enriquecieron el pensamiento universal prefieren los blindados y el anacronismo endogámico de su teología. En consonancia, de un tiempo a esta parte vienen asumiendo esos versículos del «Deuteronomio» que llenan de espanto: «... en las ciudades de las gentes que Yahvé te da por heredad, no dejarás con vida a nada de cuanto respira: darás al anatema esos pueblos, a los jeteos, amorreos, cananeos, fereceos, jeveos y jebuseos, como Yahvé, tu Dios, te lo ha mandado...».
En nombre de Yahvé hacen la guerra, roban tierras y casas palestinas, matan, encarcelan, secuestran, ignoran el derecho internacional, a la ONU, y armados de un poderoso arsenal nuclear están colocando al mundo al borde del abismo. Está claro que mientras no abandonen sus maneras, mientras no se resuelva el problema palestino, la guerra no tendrá fin. Y habrá más odio.

No hay duda de que las principales víctimas de esa máquina de guerra son sobre todo los palestinos: esos cuatro millones de refugiados y esos otros tres que viven en Israel y en los territorios ocupados, pero que carecen de derechos. Pero la víctima es también su propia sociedad, una sociedad enferma, educada en el odio, y una juventud militarizada a la que niegan una vida gozosa.

Pero, con todo, lo más peligroso es que Israel es una potencia nuclear agresiva que está polarizando Oriente Próximo y sus consecuencias pueden ser muy peligrosas para todos. Ante estos hechos me hago la misma pregunta que el intelectual de origen judío Norman Birnman: «¿Es bueno Israel para los judíos?». Está claro que para los países árabes el Estado de Israel es un espanto y para el resto del mundo, una mala pesadilla de imprevisibles consecuencias; pero no es menos cierto que sus maldades y su interesada demagogia, identificando judíos y sionistas, pueden suscitar el odio y la animadversión generalizada contra todos los judíos, a quienes algunos demagógicamente hacen cómplices de todas las maldades del Estado de Israel. No es ninguna necedad afirmar que con esa dialéctica del «ojo por ojo y diente por diente» en la era atómica podemos acabar como decía Gandhi: «todos ciegos». De seguir por ese rumbo, la situación mundial puede tener imprevisibles consecuencias, por eso es urgente que la opinión pública, los estados democráticos y los judíos sensatos, que los hay, se movilicen contra el Estado de Israel, se resuelvan los derechos legítimos del pueblo palestino, se olviden de su teología y retomen la senda de un humanismo universalista; de lo contrario, esa guerra -¿nuclear?- puede llevarnos al abismo.

M. A. San Miguel Valduérteles, IU de Gijón.