Afortunadamente, días después de que una alerta terrorista sumiera los aeropuertos en el caos, los únicos muertos que pueden verse en Londres se encuentran agrupados en Bodies, la exposición de cuerpos humanos con los tendones al aire y en actitudes variopintas que hace varios años escandalizó al mundo. Los estéticos cadáveres se exhiben en el Earl’s Court, justo al lado del cementerio de Brompton, donde curiosamente se ha celebrado una conferencia sobre indignidades cometidas a muertos ilustres. Sea por lo reiterativo de la muestra, sea por sus precios matadores –25 euros al cambio-, el tanatorio del arte registraba en estas fechas escasa afluencia de público.

Conjurado el presunto complot de Al Qaeda para hacer estallar en vuelo un número indeterminado de aviones, lo que ya han conseguido los supuestos terroristas es devolver a la ciudad el mismo miedo que la atenazó durante meses tras los atentados del 7 de julio de 2005. Londres es una ciudad de recados, pensados para que cualquiera sepa a qué atenerse. Un cartel en un comercio no sólo le indicará que toque el timbre sino también que espere a que le abran. Algunos baños públicos le recordarán la conveniencia de que se lave las manos. De un tiempo a esta parte, las advertencias tienen que ver exclusivamente con la seguridad y su machacona reiteración puede acabar con la salud mental del más equilibrado. Lo que varía es su contundencia: se le puede avisar de que no pierda de vista sus enseres o, llegado el caso, de la posibilidad de que sus objetos desatendidos serán convenientemente destruidos.

Cualquier otro derecho cede ante la seguridad. For your safety -que es como se dice aquí- se han multiplicado las cámaras en los transportes, en las calles, en los edificios públicos, en los privados y hasta en los pubs. Tal es la vídeo-vigilancia, que muy posiblemente podrían seguirse los movimientos de un individuo las 24 horas del día a lo Gran Hermano. En virtud del pánico, todas las medidas se justifican a priori, incluidas las que conceden poderes arbitrarios a las fuerzas de seguridad o las que endurecen el régimen de detenciones. A Scotland Yard le ha faltado tiempo para pedir que se amplíe su jurisdicción. Es posible que sin seguridad no haya libertad pero da la impresión de que se están sobrepasando más límites de los que una democracia sana puede admitir.

Tuvo que pasar casi medio año desde el 7-J para que los londinenses se atrevieran a llevar de nuevo mochilas en el metro sin temor a ser registrados y mirados con desconfianza. La pesadilla se repite ahora en los aeropuertos. Las disposiciones tomadas por las autoridades respecto de los equipajes de mano han sido un completo desatino. Como no se podía portar nada parecido a un líquido o a un gel, las madres debían de engullir los potitos en presencia de la Policía para demostrar que no ocultaban nitroglicerina en el puré de carne con zanahorias; algunos pasajeros, convencidos de que no podían llevar nada en la mano, trataron de facturar hasta sus jerseys, o se vieron obligados a tirar sus vaqueros en una papelera para hacer sitio en sus maletas a otras pertenencias. El caos ha sido tan completo que, según el Evening Standard, cerca de 20.000 equipajes se han extraviado en estos días de espanto y confusión, y hasta el propio gestor aeroportuario llegó a calificar de insostenible el pretendido nivel de seguridad.

Sin dejar de felicitar a los servicios de inteligencia y a la Policía por su operación antiterrorista, se echa en falta más información oficial y menos descripciones de lo evitado. Salvo que se quiera extender la histeria o lograr el asentimiento ante una petición de nuevos poderes, no parece muy aconsejable calificar de “apocalípticos” o de “inimaginables” los daños que podían haber causado hechos que no se han producido. La prensa británica se dedica estos días a la simple especulación. The Independent, por ejemplo, daba cuenta a sus lectores del armamento potencial del que podrían haber dispuesto los terroristas, comprendido en una horquilla que iba desde el cuchillo jamonero a la bomba de neutrones. Ni qué decir tiene que no se ha visto ni una sola foto del material incautado a los más de 20 detenidos.

Ajenos a casi todo, los turistas siguen llenando todos los rincones de esta ciudad anárquica maravillosa que se mira a sí misma por encima del hombro desde una gigantesca noria a orillas del Támesis. Apenas reparan en que los tradicionales bobbies llevan varios días deteniendo vehículos aleatoriamente en el Puente de Londres, cuyos conductores tienen inevitablemente la tez tostada ‘made in Paquistán’. Donde menos se espera puede saltar la liebre, pero la eficacia de estos controles es más que dudosa cuando barrios enteros, algunos a escasos diez minutos de la City responderían a esta descripción. De lo que se trata es de demostrar que la Policía está vigilante. Las preocupaciones de los turistas son más cotidianas, como la de una española incapaz de inmortalizar a su pareja junto a ese Nelson de Trafalgar Square, subido a la alto de su inacabable columna: “El hombre no me sale entero, cariño”.

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