No consigo ponerme triste por la muerte de mi amigo Carlos Luis Álvarez, Cándido. Su partida no me produce dolor. Es algo mucho más hermoso. Tengo la misma sensación que me empapaba cuando se murió mi abuela Delfina. Sonrío con una mezcla de paz y de agradecimiento y no hago más que pensar: “Qué bien lo has hecho, puñetero. Qué vida más plena has vivido. Qué bien nos lo has hecho pasar, cuánta felicidad te debemos, aunque tú no siempre hayas sido feliz”. Es raro sentir esto cuando alguien a quien de verdad quieres se muere, pero es que Cándido era raro: no por extraño –tenía sus manías, quién no– sino por infrecuente. Para encontrar a alguien que se le pareciese habría que bucear en The Decline and Fall of the Roman Empire, de Edward Gibbon. (Ahora que lo pienso: él hubiera puesto esa cara zumbona que tantas veces ponía si me viese nombrar así al gran libro. Él decía siempre “el Gibbon”, sin más, por antonomasia, y lo citaba de memoria con toda naturalidad: “Ya dice el Gibbon que…”, convencido de que todo el mundo sabía a qué se refería. Y quien no lo supiese, pues es que no merecía la pena explicárselo, anda y a hacer puñetas).
Cándido y yo nos tropezábamos por la Redacción pero apenas nos dirigíamos la palabra. Desde luego por mi culpa. Soy un tímido incorregible. Yo veía pasar por allí, pequeñín y siempre sonriente, a uno de los más grandes y sabios periodistas del siglo XX español, y me parecía una ordinariez ir a saludarle como un fan que va a pedirle un autógrafo a Bertín Osborne. Pero un día ya no quedó más remedio: ambos nos “enamoramos” para siempre hace ya años, cuando a la pequeña de Cayetana Alba, Eugenia –recuerdo bien su nombre gracias a lo que voy a contar, no por otra cosa– le dio por casarse con un torero muy guapo y, por lo que dicen, bastante zascandil en asuntos “camestres”.
Cándido escribió sobre aquello una crónica asombrosa, brillantísima como casi todas las suyas, llena a partes iguales de zalamería y mala leche, y la tituló de una manera que a mí me hizo saltar de la silla: “Eugenia o la proclamación de la primavera”. Le enganché del brazo terminantemente:
–Enhorabuena por tu artículo. Es impresionante.
–Qué dices. No vale nada.
–¿Que no? Pedazo de canalla, ¡tú te has leído a Rafael García Serrano!
Se me quedó mirando con aquellos ojillos claros, sonriendo algo azorado, como un niño pillado en falta: –Y tú ¿cómo lo sabes, eh?
–¡Coño, porque yo también me lo he leído! ¡El mejor escritor falangista junto con Agustín de Foxá!
–Eso es verdad, pero… ¿qué tiene que ver con lo de la chiquinina de los Alba?
–Carlos, no me tomes el pelo. Le has birlado el título a García Serrano. “Eugenio o la proclamación de la primavera”, aquella fantasía poética sobre José Antonio…
Ahí ya le dio la risa y fue él quien me tomó a mí del brazo:
–Anda, bájate a tomar un café conmigo, a ver qué más has leído…
Pero lo importante no eran mis lecturas sino las suyas. Era asombroso aquello. Lo mismo que otro sabio genial, Julio Cebrián –el admirable Goya reencarnado que, cada semana, vuelve deslumbrante este pobre Cultiberio con tales ilustraciones que el texto jamás ha merecido ni merecerá–, Cándido citaba en su charla, tomando café, a Kierkegaard, a Epicteto, al gran Gibbon, a Sastre, desde luego a Hegel, a Marx, al Eclesiastés –se sabía casi de memoria ese libro genial, lo mismo que Rafael Azcona– y al lucero del alba. Pero lo hacía como lo hace Cebrián, sin darle la menor importancia, sin un solo gramo de pedantería: apoyarse en Voltaire para hablar del último gol de Zidane era, para él, algo tan lógico y tan necesario como pinchar el mejillón con un palillo antes de comérselo.
En sus artículos hacía lo mismo. Mejor dicho: lo mismo pero aún con mayor humildad. Era como aquel ebanista del cuento al que le encargaban un arcón que habría de ir pegado a la pared, y le pedían que labrase primorosamente la parte que había de quedar a la vista. Pero el maestro labraba por igual, con idéntico mimo, las cuatro caras del mueble. Alguien le decía: “¿Por qué hace eso? ¡La parte de atrás va contra el muro! ¡Nunca la verá nadie!” Y el ebanista respondía:
–Pero yo sé que está ahí.
Así era una pura gloria navegar por los textos de Cándido, incluso por los más supuestamente intrascendentes –en la revista Tiempo se dedicaba, hasta hace días, a glosar con insuperable gracia las sandeces de la llamada “prensa del corazón”–, sabiendo que al menor descuido te ibas a tropezar con una frase oculta de Spinoza, un juego de palabras de Quevedo o una cronopiada de Cortázar. Claro que había que conocer aquellos textos para degustarlos… Ya no se fabrican periodistas así. Quitando a Juan Carlos Escudier, no conozco a un solo compañero de profesión menor de cincuenta años que sea capaz de citar de memoria, completo y en latín, el primer párrafo de la Defensa del poeta Arquías, de Cicerón. Y no pongo como ejemplo la célebre Catilinaria (“Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra…”) porque Cándido daba por sentado que aquello se lo tenía que saber todo el mundo que hubiese prestado cierta atención en clase durante el bachillerato.
Un día, hace unos cuantos meses, me invitó a charlar en su despacho. Lo pasábamos bien hablando. Sabía que se moría poco a poco (“me estoy extinguiendo sin dolor”, sonreía, y usaba ese término quizá sabedor de que él era el último de su especie) y lo admitía con toda sencillez. Yo le dije:
–Estoy escribiendo un libro en el que sales tú.
–¿De qué va?
–De curas.
–Coño, Inci, ¡no me j…! ¿A favor o en contra?
–No sabría decirte. Pero cuento tus relaciones literariamente incestuosas con fray Justo Pérez de Urbel.
–Ah, sí, aquello –se reía–, el abad del Valle de los Caídos, menudo cabrón. Al menos me quitó el hambre. ¿Quieres que te cuente cómo fue? Grábalo, anda.
Ahora lo están relatando los periódicos en las necrológicas. Quien mejor lo ha contado es mi maestro Felipe Sahagún, en el diario El Mundo del Chino y Trashorras. Pero yo tengo el libro, una joya de bibliófilo, dedicado por él, por el verdadero autor (o sea Cándido), y tengo grabada su versión de los hechos. Se la resumo a ustedes.
El benedictino Fray Justo, primer abad del Valle, era un franquista a machamartillo al que le perdía la vanidad. Le encargaron un libro en el que se contase por lo menudo, sin ahorrar escenas de sangre y vísceras, el catálogo de horrendos crímenes que sufrieron curas, monjas y católicos notorios durante de Segunda República y la guerra de España. Se trataba de espeluznar al personal, de quitarle el sueño a base de horripilaciones descritas a lo Quentin Tarantino.
Pero el importantísimo Fray Justo, designado catedrático de Historia en la Universidad de Madrid, no tenía tiempo –ni estilo literario– para abordar aquello. Así que, en secreto, contrató a un periodista veinteañero para que le hiciese el trabajo. Un asturianín listo, con irreprochable sintaxis y lo bastante muerto de hambre como para no protestar. Por supuesto, el libro lo firmaría el padre abad. Ese negro era Cándido.
El canalla de Fray Justo, precedente directo de Ana Rosa Quintana en el arte del fraude literario, le dio al chaval dos cosas: veinticinco mil pesetas del año 55 (una pequeña fortuna; con eso, bien administrado, se podía vivir en Madrid más de un año) y una lista de nombres de mártires asesinados por los rojos. Por ahí había que tirar. Cándido se puso a investigar.
Fue un desastre. O los nombres que le había dado fray Justo eran falsos, o las familias no querían saber nada del asunto. Pero las 25.000 pelas ya habían sido cobradas, así que algo había que hacer. Cándido tiró por la calle de en medio y decidió, primero, comprarse algunos libros, como Madrid, de corte a checa, de Foxá, o el muy inferior (pero mucho más descriptivo) Checas de Madrid, de Tomás Borrás. Se sentó a la máquina de escribir –que alguna vez empeñó para poder comer– y “fusiló” sin misericordia todo lo que pudo de aquellos volúmenes.
Y lo demás, sencillamente, se lo inventó. Todo. Nombres, fechas, lugares, circunstancias, sadismos. Fue tremendo. Los mártires de la Iglesia. Testigos de su fe, publicado por la editorial AHR en 1956, firmado por fray Justo Pérez de Urbel pero escrito por Carlos Luis Álvarez, o sea Cándido, es una de las más altas cumbres de la novela española de terror de todos los tiempos. ¡Era todo mentira! El libro –me decía su autor– tuvo un éxito fulminante en su momento. El Vaticano de Pío XII lo alabó mucho. Pero jamás fue reeditado. Por los tugurios nocturnos y literarios de Madrid empezaba a correr la historia del negro asturiano del padre abad. Demasiado bien escrito estaba aquello para proceder de la pluma ramplona y grandilocuente de fray Justo…
Cándido se ha muerto sin comprobar –que yo sepa– un rumor que lleva años dando vueltas sin que nadie se haya ocupado de verificarlo. Se dice que alguno de los veintitantos personajes minuciosamente inventados por Cándido en aquel libro se “coló” de rondón en alguna de aquellas nutridas remesas de “mártires de la Cruzada” que Juan Pablo II beatificó o canonizó. No he tenido tiempo aún de cotejarlo, pero tengo aquí mismo el libro y lo voy a hacer. Anda que, como sea verdad…
Cómo entristecerse por la muerte de un hombre así. Lo que brota del alma no es ahora dolor, sino una inmensa gratitud. Lo vamos a echar de menos. Pero la añoranza no es siempre un sentimiento triste. Tantas veces diremos: “Lo que habría escrito Cándido si viera esto: Julián Muñoz casándose con la Pantoja en el despacho del director de la cárcel de Alhaurín…” Y nos sobrevendrá la carcajada imaginando el artículo.
Quizá a él le hubiese gustado un adiós emocionado, amable y laico como el de Jorge Manrique (otro al que se sabía de memoria) a su padre: “Buen caballero, / dexad el mundo engañoso / e su halago; / vuestro corazón d'azero / muestre su esfuerço famoso / en este trago; / e pues de vida e salud / fezistes tan poca cuenta / por la fama, / esfuércese la virtud / para sofrir esta afrenta / que vos llama”.
Gracias por todo, noble y bueno amigo mío querido. Hasta pronto. Hasta después.

Escribe un comentario