El joven nazi de las SS que Günter Grass ocultó en sus libros reaparece en sus memorias como una pesadilla. Las memorias desembocan en una tragedia, en la expiación de una culpa, o en las dos cosas. Las memorias escritas desde la honestidad son un ingenuo acto de vanidad, un premeditado intento de huida hacia delante o un ejercicio de redención. Günter Grass ha hecho de la palabra un humanismo. De algún modo, para el alemán, su palabra era el honor del hombre y ella sola hacía que su vida fuera digna. A tanta responsabilidad se sumaba hasta hace unos días el hecho de que muchos alemanes se han guiado a través del fiel de sus palabras desde la niñez. Era la mejor herramienta para la emancipación de su pasado más sombrío. Sin embargo, las mismas palabras han desatado a la peor de las diosas: la infamia. La confesión del Nobel, lejos de la redención, se ha convertido en un azadón en la tumba de los muertos judíos. Los costurones que dejó la II Guerra Mundial en Europa no estaban bien cerrados. Los alemanes reviven otra vez su pasado nazi a costa del calvario de un escritor atrapado por la culpa, mientras Francia reconsidera el papel de los colaboracionistas con el Gobierno nazi y España revisa la guerra civil en nombre de la memoria histórica. Habría que decir que en nuestro país estamos acostumbrados a los juicios morales desde que se fundara la Santa Inquisición, así que no nos asombran la confesión ni los reproches. Seguro que en Gijón no tardaremos en averiguar que hubo notables prohombres de la democracia, del socialismo y el ateneísmo obrero que cometieron el dulce y cruel pecado de cantar en su juventud el «Cara al sol», embargados por la emoción, el orgullo y la gloria. ¿Sentirán la misma vergüenza hoy?