¿SIGUE habiendo intelectuales hoy en día? ¿Viven entre nosotros gentes de letras comprometidas de altura comparable a la de Orwell, Mann y Camus o, en la acera de enfrente, capaces de caer tan bajo como Sartre, Neruda o Brecht? Para bien o para mal, me parece dudoso. Por otra parte, ¿los necesitamos?, también me parece dudoso. Pero, de creer a la prensa, los veranos rebosan de actos donde centenares de intelectuales peroran de esto y lo otro en esos prolíficos cursos vacacionales que ya son otro hábito del estío español. Afortunadamente más agradecido que los incendios o la sequía, pero para los protagonistas representan poco más que una ocasión interesante de sacar unos euros, visitar sitios bonitos, pasar un rato agradable entre colegas amistosos y admiradores e incluso echar alguna cana al aire. Todas ellas cosas dignas de respeto, pero distantes de las tareas heroicas que históricamente se han atribuido a ese esquivo grupo social, tareas que suelen resumirse con alguna bochornosa expresión como «encarnar la conciencia crítica del mundo» o algo por el estilo. ¿Suso de Toro, José Saramago, Javier Sádaba, Bernardo Atxaga, César Vidal o Rosa Regás encaramados a tan alta cucaña? Hombre... Que hoy en día sea tan fácil recibir -y dar- el prestigioso título de «intelectual» indica hasta qué punto se ha reducido a una cáscara sin sustancia. Como los títulos de nobleza, ya no se gana en el campo público de batalla al estilo de Zola, sino por los servicios rendidos a un poder agradecido. Cuanto más pesa el poder en una sociedad más proliferarán allí los intelectuales, hasta números extraordinarios. En España, Cataluña y el País Vasco son sin duda los territorios con más intelectuales por kilómetro cuadrado, lugares donde es fácil tropezar con manifiestos firmados por miles de intelectuales y docenas de asociaciones culturales, siempre a favor de algo conveniente para quien manda, se trate del nuevo Estatut o del Proceso de Paz. Galicia lleva el mismo camino, tras la exitosa vuelta del Nunca Máis a la delación paranoica de los enemigos políticos de Galiza. En España los intelectuales han acabado siendo extraordinariamente ubicuos y solicitados.
Los hay tanto de izquierdas como de derechas, aunque la derecha sigue arrastrando un incomprensible complejo de atraso en esta materia -como si Unamuno y Ortega hubieran sido comunistas- y se lamenta más que la izquierda del poco aprecio que percibe entre la intelectualidad. Quizás porque espera de ésta cosas extraordinarias: la rendición de ETA, la garantía de la unidad constitucional de España o la popularización del patriotismo -esas conquistas que es incapaz de ganar la Iglesia.

La afición española a los intelectuales es, me parece, un resultado de la consolidación de esa fórmula de «intelectual popular» que es el tertuliano, todólogo dispuesto a opinar sobre ecología marina o la guerra del Líbano, pasando por la OPA de Endesa y la crisis (eterna) del cine español (una de nuestras más fértiles fábricas de intelectuales). Por encima de este nivel divulgativo hay, ciertamente, una clase más selecta que algunos bienintencionados llamarán de los «verdaderos intelectuales», designación dedicada no a lo que se ha solido entender como tales -personas consagradas a diversas batallas ideológicas en todos los aspectos de la existencia-, sino a profesores, escritores o periodistas que tienen algo interesante que decir sobre algunos temas -nunca sobre todos los posibles-, que saben comunicarlo, y lo hacen en los medios de comunicación. La mayoría de estas personas suelen compartir tres rasgos: protegen su independencia, no les gusta firmar cosas a favor del establishment -se trate del cubano o el catalán-, y por eso mismo el establishment les despacha como «sedicentes intelectuales». Es la expresión que pusieron de moda los nacionalistas vascos, primero, seguidos de los catalanes, y ahora de los medios de la derecha más combatiente que además les achaca «venderse a Zapatero» o «eludir la identificación con la derecha» si, por ejemplo, no convocan una manifestación al mes contra los estragos -tan reales, pero insensibles a la indignación- del zapaterismo.

En realidad, quienes dan una importancia tan desaforada a los intelectuales, como en los tiempos de Gramsci o Benda, son presas de un pensamiento excesivamente conservador. No es la irresponsabilidad general la que ha acabado con el papel de los intelectuales como vigías de la opinión pública, sino la extraordinaria democratización del arte de opinar y contar cosas, y sobre todo la extraordinaria complejidad de las cosas, ignorada por los inconscientes que toman en serio a Zerzan, Negri, Baudrillard o Fukuyama. La culpa también es de internet. El 60 por ciento de los internautas franceses tienen su propio blog, una red inmensa, y cada día se abren en todo el mundo unos 175.000 blogs. Las reglas del juego de la opinión y la información están cambiando a toda velocidad, aunque no sepamos muy bien cómo. Entre tanto, la proverbial pereza española frente a los cambios, la afición a la charlatanería -estudiada ahora como bullshit-, prefiere aferrarse a las tertulias y los cursos de verano donde desfilan los intelectuales de guardia. La paradoja estriba en que la mayoría de quienes podrían adaptarse mejor al perfil clásico de «intelectual» ya no tienen el menor interés en ocuparlo, y eso que no faltan apetitosas recompensas. Prefieren trabajar en lo que saben hacer o quieren aprender, y opinan o proponen cosas como ciudadanos, no como émulos de Pepito Grillo. Es verdad que mucha gente inerme echa de menos al intelectual clásico, tan seguro siempre de sí mismo y de su causa, pero sólo es un síntoma de adolescencia social. No es casual que al presidente Zapatero le encandilen tanto los intelectuales y procure seguir sus ocurrencias -Alianza de Civilizaciones, por ejemplo-, en lugar de escuchar a gente que sepa de lo que habla. Pero esta última siempre es más compleja, difícil e incontrolable, como la pura e ingrata realidad.

Carlos Martínez Gorriarán. Doctor en Filosofía por la Universidad del País Vasco.