En España, tan esclava de su caótico siglo XIX, seguimos sometidos a la tradicional diferenciación ideológica entre izquierda y derecha. En el mundo también, pero nunca de manera tan tajante y enfrentada como en nuestro país. Aquí, desde hace siglos, insistimos en dividir a la sociedad española en dos bandos enfrentados —absolutistas y liberales, carlistas y cristinos, moderados y progresistas, republicanos y nacionales, etc.— y ahora, a falta de clases o de índices económicos o sociológicos realmente divisorios, lo hacemos a partir de la existencia de dos únicos grandes partidos: socialistas y populares. Como si fuesen mundos diferentes, dos clases sociales, dos maneras antagónicas de entender la realidad. Y, en el fondo, no son más que dos bandas en plan West Side Store, y por eso el enfrentamiento consiste más en oponerse al otro que en defender al propio.
Porque, aquí y en el mundo, las diferencias ideológicas cada vez son más escasas. El liberalismo actual acepta un Estado protector en algunos ámbitos —Seguridad Social, pensiones, ayudas al desempleo...— y los socialdemócratas tienden a jugar más que nadie en y con el mercado. La cuestión de la crisis de las ideologías no es nueva. Realmente, con el nacimiento y expansión de una gran clase media que todo lo abarca, la antigua sociedad de clases ha desaparecido. Aparte, la propiedad de las empresas también se ha distribuido entre muchos, y hoy puede darse la curiosa anécdota de que un obrero se alce en huelga contra una empresa de la que posea acciones, directamente o a través de un fondo de inversión. Así, es difícil hablar hoy en día de explotadores o explotados, de proletarios y patronos, porque realmente nada de esto existe. Incluso los que podrían considerarse como explotadores, los miembros de los consejos de administración de las empresas, son meros especuladores que quieren optimizar beneficios en pocos años para subir su caché y firmar pronto por otras empresas. La vida futura de la compañía no les atañe.
Pero en España mantenemos vivos los viejos conceptos, que más parecen “postulados zombies”. El PSOE se proclama defensor de la vieja izquierda, apoyado en ocasiones por el anacronismo viviente y con aura romántica que supone el comunismo, ideología bárbara que aún se tolera en medio mundo porque la izquierda tiene mejor prensa que la derecha. Ésta en España es monopolizada por el PP, cuyas líneas maestras son muy semejantes a las del PSOE, y cuyo gran punto de distinción, a falta de un sentido nacionalista español, es esa línea “cristiana” que ahonda en los dictados de la Iglesia ignorando la nueva sociedad española y los mínimos principios de humanismo liberal.
Así, sin que nadie crea un ápice en el liberalismo, en España nos encontramos en la disyuntiva de dos partidos sin una línea de gobierno definida, sin apenas diferencias ideológicas —sin ideología, incluso; sin ética, por supuesto— y cuyo único rasgo definitorio, común a los dos, es el electoralismo, el mantenerse en el poder al precio que sea. Así, gobiernan más las estadísticas y encuestas que los principios ideológicos o las necesidades de España.
Quizás lo más peligroso y abyecto de todo este contubernio es que el PSOE, la izquierda del mundo en general, se ha apropiado del concepto de libertad. Izquierda se identifica con libertad. Gramsci es el padre de esta apropiación indebida, porque el comunismo y el socialismo implican la intervención constante y liberticida del Estado. Sin haber vivido nunca una dictadura del proletariado —algo parecido al Olimpo helénico—, las experiencias mundiales de gobiernos de izquierda se han caracterizado por la restricción de las libertades y de los derechos. Por poner un ejemplo: con Zapatero se han incrementado los derechos de los homosexuales; el resto de los españoles tenemos menos libertad ahora que hace dos años por culpa del carnet por puntos, la ley antitabaco, la insuficiente lucha contra el crimen, etc. Y no es que con el PP fuésemos muchos más libres, siendo Aznar un socialcristiano antes de convertirse al “multinacionalismo” de Bush y sus secuaces, ideología esta que consiste en dinero a cambio de principios éticos o políticos. La guerra de Iraq es hija de esta nueva ideología que, a partir de la anulación fáctica de cualquier atisbo de sistema educativo —fenómeno perseguido por la gran mayoría de los gobiernos del mundo— y aprovechando el declive ético consecuencia directa e inevitable del hedonismo inherente a la sociedad de consumo, parece la única auténticamente viva de nuestros días. Así nos va.
El otro punto peligroso —aterrador— de la falsa división en izquierda y derecha es la identificación de la extrema derecha con el fascismo. Churchill, un genio que hoy no sería capaz de convencer a nadie, decía que el fascismo “es el hijo feo del comunismo”. Porque, después de todo, fascismo y nacionalsocialismo son comunismo potenciado con fanatismo nacionalista. Sus puntos en común —partido único, intervencionismo hasta el último rincón de nuestros cuerpos y almas, censura, desprecio absoluto por la vida de los súbditos, que no ciudadanos, etc.— son muchos más que su principal diferencia, que es la mayor eficacia económica del fascismo. Pertenecer a una nación motiva, según parece, más que el ser miembro de una difusa “comunidad internacional”.
Gracias a esta confusión —se suele decir que los extremos se tocan, y más bien es que la libertad parece peleada con las doctrinas tradicionales y forma así una idea paralela— existe un miedo atroz a la aplicación de la autoridad estatal. La policía se identifica con las camisas negras de Mussolini o la SS. Como si la KGB no hubiese sido a su vez atroz, y como si un Estado Moderno no necesitase de alguien que vele por la seguridad de sus ciudadanos. Hay que respetar los derechos humanos, por supuesto, pero también hay que proteger a los seres humanos. Sin ellos, no hay derechos que valgan. Esta tensión entre seguridad y libertad es el auténtico punto de tensión ideológica que podría existir hoy en día. Pero en España, PSOE y PP también están de acuerdo en eso. Lo mejor es no hacer nada, que en Occidente estamos más o menos civilizados, y la paz se suele imponer al desorden. Incluso el desorden huelguista se acepta como bueno y razonable.
Lo que en cualquier caso no existe en España es una fuerza liberal que abogue porque podamos vivir sin tener constantemente la mirada del Estado en nuestra nuca. Tanto PP o PSOE, sin ser ni de derechas ni de izquierdas —sino, todo lo más, católicos o laicos—, quieren controlarlo todo, porque ese es su negocio. El poder ejercido para el propio beneficio les pone más que la libertad ciudadana. Controlarlo todo y gobernar de una forma populista les permite incluso, a partir de la intervención directa y paradigmática en los medios de comunicación, perpetuarse en el poder con el único riesgo de perderlo a manos de un rival, igual en el fondo y las formas, únicamente opuesto en las personas y los intereses privados. Aquí, aparte del preclaro Julius Henry Marx, el principal ideólogo del siglo XXI es Don Vito Corleone, que lo controlaba todo y ejercía su paternalismo sobre sus ahijados. En este caso, los ciudadanos españoles. Pobrecitos.
dmago2003@yahoo.es

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