Aunque hay muchos ambientes veraniegos, la playa lo es por antonomasia. Costa lujosa o popular, rodeada de restaurantes y discotecas o que acoge a familias con sus hijos, se trata de exponerse al agua y al sol desinhibiéndose de las cotidianas preocupaciones. Un hecho curioso son los cambios paulatinos que traen los veranos. Ahora nos parece natural que el torso masculino suela carecer de vello. Han caído en el olvido los hombres de pelo en pecho, antaño símbolo de virilidad. El hombre como el oso, cuanto más peludo más hermoso, proclamaban nuestros abuelos, y nuestras abuelas se lo creían. Pero al parecer ellas han abierto los ojos y ya no piensan igual, de forma que los hombres recurren a la depilación para gustar, como las mujeres. Bueno, quizá lo de ellos no sea siempre artificial, sino debido a que las hormonas masculinas sufren mutaciones.
Sea cual sea el motivo, lo cierto es que no se ven peludos.
Otro apartado atañe a la indumentaria. Transcurridos ya 70 años desde la aparición del bikini, el invento ha podido reducirse aún más perdiendo la pieza superior. Hace años que esto viene ocurriendo, si bien no ha sido aceptado sin poner objeciones, aunque nunca, o casi nunca, por parte de los hombres. Tampoco la mayoría de las mujeres se opone, tanto si son practicantes del top-less como si no. Las que ponen reparos ven provocación donde sólo existen ansias de ser tan libres de enseñar el pecho como lo son los hombres. Que el marido o compañero sea un mirón puede molestar, pero la solución no pasa por tapar los senos de otras sino por aguantarse o por cambiar de pareja. De lo contrario, las celosas acabarían exigiendo la burka para todas las demás. Algo a todas luces inimaginable en la playa.
Y tampoco sería de extrañar que las mismas madres que se escandalizan por el espectáculo carnoso que sus hijos pueden contemplar no se alarmen al verlos jugar con un arma o ensimismados en sangrientos videojuegos. Bien, la playa es un espacio libre en el que nadie debe molestar directa y fehacientemente a nadie, donde los niños se mueven a su aire sin importarles la jamona que tengan al lado, mientras que los jóvenes no se pervertirán precisamente por bañarse y tomar el sol junto a mujeres con el pecho al descubierto.
Y sacando a colación a los niños y menos niños, hemos topado con un tercer capítulo playero. El de jugar a pelotita a la orilla del mar. Uno frente a otro a una cierta distancia, cada cual con su pala y dale que te pego. Pim-pam, pim-pam, pim-pam, hasta que un despistado que quiere entrar en el agua recibe la pelotita directa en la nariz. Pimpam, pim-pam... ¿Por qué mucha gente no sabe bañarse tranquila, tumbarse al sol o bajo la sombrilla, leer, charlar o dormitar?
En la playa cambian decididamente los gustos. Tiempo ha, los bañistas disfrutaban construyendo canales en la arena mojada. Las olas llegaban ya sosegadas y penetraban por la red de cauces una y otra vez hasta que acababan por estropearlos. Era cuestión de volver a empezar. Y lo más divertido era ver cómo alguien se dejaba enterrar bajo la arena, con sólo la cabeza emergiendo, como un náufrago a punto de ahogarse aunque no en el mar sino bajo una mole arenisca. No se conoce bien cuándo y por qué estos juegos pasaron de moda. Tal vez eran demasiado baratos.

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