Me veo entrando en aquel piso de Gabriel Lobo, 11, la casa de Ramón Pérez de Ayala en Madrid, lleno de anaqueles de libros, cortinas y alfombras. Nunca vi el piso por entero, pero me parecía angosto. Durante algunos años fui todas las semanas a aquella casa; la primera vez, con Luis Calvo. Otra cosa que nunca vi fue a Ramón Pérez de Ayala de pie. No tenía bien las piernas. Estaba en un sillón, con una manta por las rodillas y cerca había una mesita con lápices y cuartillas. Su rostro de viejo era solemne y hermoso, al contrario que en las fotografías de su juventud que yo había visto. Se conoce que el pensamiento va arando el rostro desde dentro, alumbrando armonías. (...) Pérez de Ayala era muy británico, por lo menos desde que regresó de Oxford a Oviedo, cuando su padre, con el negocio quebrado, se pegó un tiro. Por entonces, unas señoras ovetenses discutieron si era feo o no. Una de ellas dijo: «Es feo, pero de raza». (...)

En los tiempos en los que yo le conocí casi siempre estaba malhumorado y no tenía interés por nada. De Azorín me decía que era un «tartamudo mental». De Ortega, que era un «gitano». De Marañón, que era un «Guadiana» (...). Y eso que Marañón, Ortega y Azorín eran amigos suyos.