La entrada en vigor de un acuerdo resultado de un difícil compromiso, cogido con alfileres, ha puesto fin, por lo menos temporalmente, a las hostilidades entre Israel y Hezbollah. aliviados y, a juzgar por las que se oyen en esta parte del mundo, todos han vencido y nadie ha sido derrotado. Pero todos son perdedores.

Tres guerras vivimos en estos días los israelíes: la bélica, a la que fuimos succionados contra nuestra voluntad, una guerra no convencional, contra una organización terrorista de inspiración iraní, por el momento en cuarto intermedio; la diplomática, en plena algarabía, y la de las percepciones, en la que cada parte intenta convencer a la otra y a la comunidad internacional de que ganó la primera guerra, la bélica, con la asistencia de la segunda, la diplomática.

En Líbano vemos cómo su Gobierno, lejos de intentar desmarcarse de aquellos que con sus provocaciones han abatido sobre su país tragedia y destrucción, busca la asistencia internacional para "liberarse de la ocupación israelí" eximiéndose de su responsabilidad para acabar de una vez por todas con las milicias terroristas que tienen como rehén a toda su población. Tanto el Gobierno de Líbano como las fuerzas internacionales que van a desplegarse en el sur de su territorio serán incapaces de impedir que Hezbollah continúe hostilizando y provocando a Israel. Irán y Siria lo rearmarán aceleradamente con el sofisticado armamento perdido a manos de los israelíes y seguirán utilizándolo en sus intentos de desestabilizar el Oriente Medio. No transcurrieron siquiera veinticuatro horas del cese de fuego para que Hassan Nasrallah, su líder, proclame una "victoria estratégica histórica" y que "la cuestión del desarme (de sus terroristas) no puede ser solventada de forma prematura y bajo la presión, la intimidación o la provocación". Por lo visto su fanatismo le impide nuevamente aprender la lección.

¿Y en Israel? Aún no se ha apagado el eco de las explosiones de los cuatro mil misiles y cohetes que llovieron sobre ciudades israelíes y aun antes de que Israel alcance a enterrar a todos sus muertos, civiles y militares, la democracia israelí está siendo sometida a una difícil prueba. Para el primer ministro Ehud Olmert, el cese del fuego no es sino el inicio de otra confrontación, esta vez en el frente interno. Al primer ministro le espera una dura batalla política: "Bajo el fuego por el cese de fuego", tituló de modo elocuente un comentarista israelí su nota sobre los resultados de la guerra con Hezbollah, aludiendo a las críticas que deberá sortear, sobre todo por el hecho de resistirse a comprometer masivas fuerzas terrestres en la conflagración cuando estas fuerzas podían alcanzar los objetivos trazados. La lluvia de reproches ha comenzado aun antes de que acabe una guerra que está siendo considerada por no pocos israelíes un fracaso militar. Para muchos ésta no ha sido la guerra para poner fin a las guerras, sino el preludio de la próxima ronda, que vendrá, dentro de un mes, un año o más, pero que vendrá.

Los israelíes nos preguntamos si hay acaso otro país democrático en el mundo en el que un movimiento, cuya dimensión terrorista no es ignorada por nadie, actúe a sus anchas, equipe militarmente a miles de sus efectivos con los dineros y armamento de otros países. Queda por ver, asimismo, cuál será el impacto de la guerra en el enfrentamiento de Israel con los palestinos, encabezados hoy por un Gobierno a cuyo frente se encuentra Hamas, una organización terrorista que ha interpretado las retiradas de Israel en el pasado (tanto de Líbano y como también Gaza) como un signo de debilidad que debe ser "aprovechado". ¿Cómo? Con la violencia y el terrorismo. Saboteando así la posibilidad de reencauzar el proceso de paz palestino-israelí. Hay que ser muy optimista para suponer que los palestinos dejen de desperdiciar la oportunidad de perder cada oportunidad que se les ofrece.

Sólo la implementación a rajatabla de la resolución 1701 del Consejo de Seguridad, un compromiso que, como escribe un periodista, "es del agrado de casi todos pero no le gusta a casi nadie", podrá traer un respiro a israelíes y libaneses. Nuevamente ha quedado demostrado que los problemas de Oriente Medio sólo pueden ser resueltos con una implicación activa del Cuarteto integrado por Estados Unidos, la Unión Europea, la ONU y Rusia. El objetivo primero debe ser neutralizar al nuevo cuarteto, el cuarteto del mal:Irán, Siria y los fundamentalistas radicales Hezbollah y Hamas.

Las diferencias entre los socios transatlánticos y la oportunista desmarcación de Rusia, que busca transformarse, a la manera de la URSS, en paladín de la causa árabe,en nada contribuyen. No poco estará supeditado a la voluntad política y al grado de implicación de Estados Unidos y, en segundo término, de la Unión Europea. Se requiere más que nunca un esfuerzo para desarrollar una política común EE. UU.-UE como parte de un activo proceso negociador, movilizando a gobiernos árabes como Egipto, Marruecos, Arabia Saudí, Jordania (Hezbollah ha provocado un divorcio entre la así llamada calle árabe, que le apoya, y los regímenes moderados que temen la desestabilización regional). Pero para ello se hace necesaria una estrategia coherente. De lo contrario, poco puede esperarse de una participación internacional en la búsqueda de una solución pacífica a los conflictos en la región. Pese a que ha quedado demostrado, por enésima vez, que la fuerza nada resuelve, el próximo round nos espera, emboscado a la vuelta de la esquina. Una historia inacabable.