Cándido se refería a su niñez en Asturias como «la edad cuaternaria». En sus recuerdos -escritos por primera vez en 1976 con el título de «Un periodista en la dictadura»- la niñez es poco más que la guerra. «No lo pasé mal. Me acostumbré enseguida a que las campanas de la Catedral anunciasen los bombardeos». Después de que las bombas mocharan el monumento, lo hizo la sirena de la Fábrica de Armas. La guerra le sacó del aburrimiento en el Colegio de las Dominicas, pero le llevó a la orfandad desvalida.

«Guardo del asedio de Oviedo recuerdos que ahora son muy tristes, aunque entonces yo no me sentía triste». Vivía en un tercer piso de la calle Magdalena que acabó siendo frente de combate, a la espera de «las columnas gallegas, que siempre estaban a punto de llegar». Son imágenes de un cadáver decapitado en una cuneta de la Puerta Nueva, del padre de un amigo de la calle Campomanes fusilado en el Campo San Francisco, de su tío Tano muerto en el mismo lugar por una bala perdida, de aviones en el cielo...

Para Cándido, la guerra civil era la guerra de sus abuelas, que no se llevaban. La paterna, una judía de Sahagún de Campos, había llegado a Oviedo de mendiga, fue planchadora en casa de José María Moutas y se casó con un industrial más joven que andaba en el negocio de los vinos.

La materna tuvo puesto de hilos y paños en el Fontán y se casó con un comandante de la Guardia Civil. De la confluencia en sus hijos de aquellas dos familias, Cándido nació en una casa de clase media, hijo de Carlos y Julia.

Carlos era «un típico descreído de aquel Oviedo que tanto seguía pareciéndose al de "La Regenta", un descreído irónico y latinista, y encima filatélico parsimonioso, o sea, un liberal ilustrado», educado por los frailes, que se quitaba el sombrero ante la estatua de Feijoo, del que le habían dicho que era guapo, antiguo colaborador en periódicos socialistas y que «no disfrutaba de una voluntad muy firme, y por esto creo yo que le venció el ambiente y la situación. Y peleó al lado de los falangistas, haciéndose él mismo falangista y echando su ideas y sus dudas al cuarto de los trastos viejos».

De su madre escribió que «tendía al cosmopolitismo. Solía llevarme con ella al dentista y luego, invariablemente, entrábamos en una pastelería». Murió del corazón a los 27 años y Cándido y sus hermanas se quedaron con su padre viviendo en casa de la abuela paterna.

Del ambiente político de la II República por la parte de la izquierda, Carlos Luis Álvarez atisbó algo a través de una criada de Cabañaquinta que le llevó un día a ver a La Pasionaria al Fontán y a González Peña al quiosco del Bombé. Ella enloquecería después de la guerra: se daba golpes contra las paredes y una vez se tiró por las escaleras. Se la llevaron a un psiquiátrico y nunca la volvió a ver.

«De la noche a la mañana me encontré cercado, asediado, tiroteado, bombardeado, convertido en un nacional», jugando a la guerra civil de piedras con la pandilla de las calles Magdalena, Campomanes y Jesús contra la de Puerta Nueva y San Lázaro, sin que la sangre llegara al río.

Su padre estaba en el frente y regresaba a casa cada dos o tres días para comer grandes platos de patatas fritas y llenarse las cartucheras de empanadillas. Tenía buena puntería. Moriría de un tiro al bulto. «En el primer año triunfal murió mi padre de un tiro que le entró por la espalda, le atravesó el corazón y le salió por el pecho. Mi padre iba de Burgos a Oviedo en automóvil, durmiendo en la parte de atrás. Era de noche. En el control del puente de Trubia la Guardia Civil dio el alto al automóvil y el chófer, sin advertir el aviso, siguió. La Guardia Civil disparó y mataron a mi padre (...). He aquí una tragedia sencilla, de una simplicidad ejemplar».

La muerte de su padre le cogió con el resto de la familia en San Martín de Luiña, entre parientes huidos del fuego de Oviedo que de un bombazo prácticamente destruyó su casa. Esa estancia de campo y en paz «es la parte edénica de mi vida»: un niño jinete en valles y playas, con amigos cazadores de grillos y ranas y vestimenta de «flecha» de Falange, porque allí tuvo su primera formación y sus primeros conocimientos del nuevo régimen.

La vida que dibuja después de la muerte de su padre, el regreso a un Oviedo en paz pero en posguerra, es más oscura. Vuelven a la calle Magdalena sin medios y con realquilados, las hermanas mayores a las Ursulinas y él... «yo andaba todo el santo día por la calle, robando en los mercados y aprendiendo las blasfemias propias de mi edad». Él quería conocer el puterío y la mangantería de La Granja (el cabaré del Campo San Francisco), pero lo que le ofrecieron fueron dos campamentos del Frente de Juventudes que describe con distancia y de los que asegura que el adoctrinamiento prendió poco en él («me hacía resistente al vaciado político»). En aquellos años, la familia le parecía un cuerpo policiaco dedicado a reprimirle, y «a los once años me cazaron poco menos que a lazo y me pusieron interno en un colegio de Oviedo, el Colegio Hispania, gracias a una beca que alguien me había concedido». «No fue alegre para mí la estancia en el Colegio Hispania. Acaso porque yo no era un chico alegre». Contratado como extra en el teatro Principado por la compañía «Liliput», se enamoró de una figurante más alta que él, tuvo su primera experiencia sexual, comió en la Cocina Económica y vivió una bohemia de días hasta que «una noche me descubrieron en el escenario, me siguieron la pista y me devolvieron al Colegio Hispania. A don Luis se le hizo la mano baba de hostiarme».

«Poco después del incendio de Santander, por causa de un huracán que derribó árboles en Oviedo y bastantes de las persistentes ruinas de la guerra y que rompió muchos cristales me llevaron a un colegio de Madrid en la colonia del Metropolitano.

Así terminó mi edad cuaternaria».