ARTÍCULO PUBLICADO EN EL COMERCIO EN EL QUINTO ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE FRANCISCO CARANTOÑA

Cinco años ya de la muerte de Francisco Carantoña, amigo tan querido y magistral que la memoria que tengo de él está fuera del tiempo, en un 'ahora' inmóvil que no se desliza hacia el pasado, que no se desvanece. Los días juveniles en la Escuela de Periodismo en Madrid, las noches de las Cuevas de Sésamo bebiendo vino y leyendo poesía, la triste realidad de una época sin más horizonte que el de los sueños, su inteligencia irónica y siempre aquella estatura suya siempre afectuosa y acogedora. Aquella impertinencia nuestra, la encantadora impertinencia de los débiles en una edad de imposición y de fuerza, la veo hoy, cuando ha andado ya casi todo el camino de la vida, con ternura.

Sobre todo, imagino en estos días cual sería el dolor de aquel gallego irreversible ante el brutal envilecimiento de su mar y de sus costas. Alzaría su voz en EL COMERCIO como un profeta. Pero de un profeta a la vez implacable y mesurado, inclinado al análisis y no al dicterio, a la realidad y no a su apariencia, a los hechos y no a los discursos, al clamor del pueblo y no a la jerigonza mal ensayada de los políticos ( )

Al cabo de cinco años veo a Francisco Carantoña como siempre que lo veía en Madrid, en Gijón, en Oviedo o en algún otro sitio, informado, lúcido, sarcástico, comprensivo y conmovedoramente humano. Fue probablemente el periodista más sólido de mi generación.