Sandro Pertini, en 1978, cuando tenía 82 años, fue el primer socialista en llegar a la presidencia de la República Italiana. El veterano Pertini, que logró darle un gran impulso moral a su mandato y conectar con los ciudadanos como ningún otro miembro de la desprestigiada clase política, tuvo que afrontar algunos de los momentos más duros del terrorismo, en particular de las Brigadas Rojas, que tuvieron en jaque a la democracia italiana.

En aquel ambiente, Pertini alumbró el concepto de Gran Viejo del terrorismo, con el que quería aludir a la existencia de un cerebro exterior que dirigía las actividades de las Brigadas Rojas y los otros grupos que operaban en Italia en aquella época. Tal vez, Pertini tomó la expresión de la historia de la secta de los asesinos, de Hassan i Sabath, el Viejo de la Montaña, que desde la fortaleza de Alamut, en el actual Irán, dirigió las actividades terroristas de sus seguidores por todo Oriente Medio, en el siglo XII.

La idea del Gran Viejo dio mucho juego periodístico en los setenta, cuando existía una línea de pensamiento que quería ver en el terrorismo europeo la mano oculta de Moscú, pero no ayudó mucho a comprender las causas endógenas de la constelación de grupos violentos que florecían en Italia. Tuvo más de distracción que de idea útil para afrontar la realidad social.

Algo parecido ha estado ocurriendo en España en los últimos días a cuenta de las teorías sobre las supuestas tramas que estarían detrás de la oleada de incendios forestales que ha arrasado Galicia. Es una triste realidad que la gran mayoría de los incendios que allí se registran son provocados. Así ha sido este año, según todas las evidencias, y así ha sido en el pasado, según indica la experiencia. Pero las causas de la existencia de esos hábitos incendiarios son muy variadas y difícilmente se puede buscar una única pauta que los explique: las venganzas rurales se mezclan con intereses socioeconómicos, los conflictos locales con las patologías psiquiátricas y éstas con las imprudencias. Lo de siempre.

Lo inquietante este año es que ha habido quienes han pretendido ver motivaciones políticas detrás de los incendios y han relacionado los fuegos con revanchas por el cambio de poder político en Galicia. Algunos han defendido esta tesis de manera abierta y otros la han alimentado con medias palabras, insinuaciones o sugerencias que nunca estaban avaladas por los datos.

La idea de la existencia de un Gran Viejo de los incendios gallegos, un cerebro con visión estratégica que señalaba cada tarde en el mapa los puntos a los que el pirómano teledirigido debía pegar fuego, no ha servido para otra cosa que para perder el tiempo y para desenfocar la realidad social de aquella comunidad autónoma. Ha servido también para poner de manifiesto lo envenenada que está la contienda política en España cuando personas de apariencia sensata no tienen inconveniente en atribuir tan graves delitos al rival.

Desde el punto de vista de la convivencia política, lo más grave no es que se hagan esas imputaciones sin una sola prueba. Eso sería importante desde una óptica penal. Lo realmente inquietante es que se considere al adversario tan infame y tan indigno que no se tiene la menor duda de que es capaz de hacer semejantes villanías en la lucha por el poder. Lo ocurrido en Galicia es un síntoma de la extensión de la intolerancia.