Resulta que Günter Grass perteneció a las SS nacionalsocialistas en su juventud, y nos enteramos ahora, cuando ha decidido contar este episodio de su vida en sus memorias. El tratamiento de esta noticia, porque noticia es, y de relieve, ha sido muy revelador de los criterios y los prejuicios con que se desenvuelve cada medio. No me refiero sólo a España, sino a todo Occidente. Como Grass ha derivado hacia la socialdemocracia, los medios declaradamente antifascistas, pero que han abrazado esta nueva izquierda postsoviética relativista y disolvente, han experimentado una especie de ataque de piedad hacia el escritor, bien distante de su actitud intolerante e inquisitorial mostrada hacia el Papa Benedicto XVI, que perteneció en su adolescencia a las Juventudes Hitlerianas.
Esos medios han olvidado súbitamente que era obligatoria la adscripción al movimiento juvenil nazi, mientras que la pertenencia a las SS era un acto de voluntad deliberado: no todos podían ser de las SS, había que hacer méritos, era necesario demostrar que se era de la minoría selecta del nazismo, y esta decisión no se tomaba en la adolescencia, sino en la mayoría de edad. Pero para nuestros socialdemócratas de hoy parece que eso carece de relevancia.
No seré yo el que descalifique las actitudes de perdón hacia el converso, sea quien sea y haya hecho lo que haya hecho. El perdón es una actitud genuinamente cristiana y moralmente muy recomendable. Pero en el caso de Günter Grass existen otras circunstancias. Se le puede perdonar su desvarío juvenil; incluso, haciendo un gran esfuerzo, se le puede perdonar también que se haya callado como un difunto hasta ahora. Y si el esfuerzo es ímprobo, hasta podría perdonársele que ahora, cuando se ha quitado esta losa de su conciencia, siga sin decir al mundo qué hizo, qué consintió con su aquiescencia, en qué clase de crímenes contra la Humanidad intervino con el uniforme de las SS, por acción u omisión. Lo que ya no tiene un pase aceptable es que este hombre mantenga su premio Nobel y, sobre todo, su premio «Príncipe de Asturias» por su contribución de toda una vida a la causa de la libertad.
Estas cosas pasan cuando los jurados de según qué premios se dejarían desollar vivos antes de aparecer como políticamente incorrectos.

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