Escribió el poeta homosexual Reynaldo Arenas que las revoluciones no se hacían en las cárceles. Dentro del morro, el poeta de izquierdas soportó el calor y la humedad que ahogan La Habana. Entonces supo que así no se hacía ninguna revolución. Como un rehén que todavía no ha muerto, Fidel Castro se mostraba al mundo con el periódico del día anterior, «absuelto por la historia». El premio Nobel Joseph Brodsky escribió que «la enfermedad y la muerte son, quizá, las únicas cosas que el tirano tiene en común con sus súbditos». Este año no habrá Carnavales en el Malecón, pero tampoco se han programado funerales en el corazón de La Habana. Así que Cuba se mantiene silenciosa y tranquila, pues la enfermedad siempre garantiza el status quo. Desde la cama de un hospital, Fidel Castro no puede distinguir entre la historia, el presente y la eternidad que el «Granma» proclama a los cuatro vientos. Su salud es un secreto de Estado, pero nada puede ocultar el cambio que tratarán de protagonizar las corrientes del Partido Comunista Cubano, subordinadas a las órdenes militares de Raúl Castro y el «petit comité» que ha formado su hermano.

En España, los comunistas nos hemos agarrado al alfiler rojo que se clava en Cuba para demostrar que la revolución tiene un sentido en la historia. Sin embargo, la historia nos ha demostrado que la revolución castrista se volvió inoperante e injusta hace muchos años. Al tiempo que el PCE defiende históricamente la protección de los derechos humanos, las elecciones libres y la democracia, se ha manifestado indulgente con la dictadura castrista. Achacar la huida de los balseros, la pobreza y el control policial al aislamiento, el bloqueo y la propaganda imperial no ensombrecen la otra verdad que Reynaldo Arenas plasmo en letras, una dictadura tan doliente como el mismo infierno.