Pues la manifestación del domingo en San Sebastián ha sido una burla: Batasuna controlando una manifestación de forma que nadie pueda decir que sea una manifestación de Batasuna, aunque todos saben que solo ella la puede controlar de esa manera. Pero tan importante como el valor mismo de la burla es tratar de comprender su significado político, ver cuál es la razón por la que Batasuna se mantiene en sus trece de funcionar como si fuera legal sin dar los pasos necesarios para serlo.
Constatar la burla no significa que los jueces no hayan hecho bien su labor: es válida la explicación de Garzón de que después de la desvinculación oficial de Batasuna hubiera supuesto una interpretación política abusiva, más allá de lo permitido por el derecho, suponer que ella estaba detrás de la manifestación. Aunque el mismo juez nos tenga acostumbrados a valoraciones políticas en sus resoluciones. Aceptemos siempre sus decisiones.
Lo importante es desentrañar el significado político del tira y afloja que está llevando a cabo ETA-Batasuna en los últimos meses: negándose a aceptar la realidad de la ley de partidos y la sentencia del Supremo, y pretendiendo que sea la democracia, el Estado de derecho, quien se avenga a sus deseos. Y lo que este deseo supone ahora, cuando se procede a la desaparición de ETA.
Parece claro que ETA-Batasuna quiere imponer su legalidad de facto, lo que implica que el Estado de derecho se desdiga de sus decisiones, que se desdiga, peor aún, de sus principios. Para ETA-Batasuna en esa pelea está en juego la concepción misma de democracia, la idea de que un grupo que se arroga la legitimidad de representar a todo un pueblo, reducido este a una de sus muchas posibles definiciones, es la encarnación misma de la democracia, mientras que lo que los demás llamamos Estado de derecho no es más que el imperio de la ley antidemocrática, dirigida contra lo que ETA-Batasuna entiende como pueblo, como demos. Recientemente lo ha vuelto a decir uno de sus representantes con total claridad: las agresiones del Estado de derecho a Batasuna no son agresiones a ella, sino agresiones al pueblo vasco. Por ello protestan y se defienden.
No es, pues, un simple juego táctico el que están pretendiendo jugar ahora. Lo que están intentando es fijar las reglas de juego que condicionen, porque prejuzgan, la normalización política de Euskadi, la superación del conflicto histórico con España, condiciones ambas para que exista paz, para que ETA desaparezca.
ETA-BATASUNA nunca pierde de vista el horizonte global, el resultado final. Con lo que a más de uno pueden seguir pareciendo batallas tácticas
-condicionar al máximo su propia legalización para que se pueda producir en las condiciones más favorables para ello, interpretación que ha hecho suya, al parecer, el tripartito vasco que anda promoviendo retoques en la ley de partidos para que sea más aceptable para Batasuna-, ETA-Batasuna no pierde de vista su estrategia global.
Y en esa estrategia global, en un segundo nivel de interpretación, lo importante ahora para ellos es convertir su derrota en victoria. No solo que lo parezca. No solo esforzarse porque sea su interpretación de los acontecimientos la que estructure la narrativa de lo que suceda. Se trata de algo mucho más serio.
Es cierto que si hablamos del proceso de desaparición de ETA es porque en algunos de sus dirigentes se ha instalado la idea de que con la lucha terrorista ya no van a lograr lo que pretenden. Pero ello no significa que renuncien a lo que siempre han pretendido. Tratan de conseguir lo mismo vendiendo cara la paz. Eso es lo que está en juego: no hay pacificación sin normalización; no hay normalización sin un acuerdo que satisfaga las exigencias de ETA-Batasuna. Y para que todo ello quede claro, no vamos a legalizarnos sometiéndonos a la ley de partidos y a la sentencia del Supremo. Búsquense otra vía.
En esta situación sería peligroso que los partidos políticos democráticos se quedaran solo con la cantinela de que el Estado de derecho debe respetar las decisiones de la justicia. Evidente. Pero también puede hacer más cosas. Reafirmarse en la voluntad de no cambiar la ley de partidos para atenerse a las exigencias de ETA-Batasuna. Pero, sobre todo, desvincular clara y firmemente la desaparición de ETA, lo que equivocadamente se llama proceso de paz, de lo que también equivocadamente se llama normalización política de Euskadi, que no debe ser otra cosa que un proceso de reforma estatutaria.
Marcar esa separación que no hace tanto era evidente, que ha estado reclamando insistentemente el presidente del PNV, que de forma mitigada ha vuelto a exigir el PSE al decir que la mesa de partidos vascos no podrá entrar en fase decisoria hasta que ETA haya desaparecido, pero que Zapatero difuminó en el debate sobre el estado de la nación, al decir que las dos mesas, Gobierno-ETA, por un lado, y partidos vascos, por otro, podrían caminar paralelamente.
SABIENDO que ETA-Batasuna nunca pierde la perspectiva global de la lucha, sabiendo que cada batalla que plantea cobra su pleno sentido por su engarce en la estrategia global, los demás, especialmente el Gobierno, el PSE, y apo- yándoles el PP --y mejor si está el PNV--, deben dejar meridianamente claro que no hay normalización de Euskadi, no hay reforma del Estatuto, si antes no ha desaparecido ETA. Y que por ello la mesa de partidos políticos vascos no se conformará si ETA no desaparece antes, o si Batasuna no condena antes la violencia y el terror de ETA, rompiendo así todo vínculo con ella.
Joseba Arregi. Exdiputado del PNV y presidente de Aldaketa (Cambio para Euskadi).

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