HAY COSAS que nadie sabe, y por eso debemos ser pacientes con los investigadores. Pero hay otras que ya se saben y no se dicen, y por eso está creciendo un discurso ramplón y equivocado que trata los incendios como si fuesen plagas de Egipto, sin apuntar hacia conclusiones operativas para el verano que viene. Dice Touriño, por ejemplo, que el fuego bordea las ciudades, como si esa visión tan simplificada avalase la teoría de una catástrofe excepcional provocada por tramas maquiavélicas. Pero no dice que el 80% de los eucaliptales de este país, que cubren cientos de miles de hectáreas, están en la costa, en el mismo espacio en el que se asienta el 70% de la población, el sistema urbano más nutrido y articulado, las redes de comunicación más transitadas y los complejos industriales y hoteleros más grandes. ¿Hay que explicar más?
Dicen que en Galicia, donde la cultura ecológica es escasa, tenemos enormes atavismos provenientes del poblamiento rural y disperso, y que por eso vivimos en una sociedad entreverada de incendiarios. Pero no dicen que en los países que multiplicaron artificialmente el bosque, como hicimos nosotros, y en los que metieron sus casas bordeando las arboledas, se producen catástrofes mayores que la nuestra, sin que nadie acierte a controlarlas. Los cíclicos incendios de California se llevan por delante un millón de hectáreas y mil casas antes de que puedan pararlos, y todos hemos visto por televisión enormes operativos de bomberos y policías que sólo tienen éxito cuando llueve.
Dicen que la primera obligación es reponer lo quemado. Pero no dicen que el bosque gallego se repone solo y de forma caótica, a base de eucaliptos y matorrales que disputan el espacio a la agricultura, a las fábricas y a las casas. Los incendios funcionan en Galicia como el mar de A Lanzada, con series de una ola grande por cada seis pequeñas, y con una ola gigante por cada cinco series. Y eso no ha cambiado nada, matices aparte, con esta política insostenible, que sigue primando la extinción sobre la ordenación, y que hace balances ficticios a base de computar como éxitos los años lluviosos y los comienzos de ciclo.
Cosas como estas las sabemos todos. Y no es bueno ocultarlas para construir un discurso que, a base de ver terroristas por todas partes, pretende terminar el verano sin reconocer ni un ápice de mala gestión. Tampoco vale, como es obvio, la astucia de la oposición, que trata de girar 180 grados todo lo que dice la Xunta, como si el PP no tuviese nada que ver en el caos forestal que padecemos. Lo que hace falta es la compleja verdad de un país que durante medio siglo hizo mal su trabajo. Porque sólo así empezaremos a cambiar.

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