Cela la llamó «poblachón manchego» y Anthony Burgess, desde un hotel de la Castellana, la comparó con Kansas City. Pero Madrid a mediados de agosto sólo es el decorado de un pueblo fantasma, un monótono travelling de edificios y rascacielos donde apenas circulan coches. Unicamente algún turista despistado, algún borracho insomne, un paseante madrugador o una joven corredora solitaria animan levemente la desoladora impresión de vacío.
El encefalograma plano de las calles parece el escenario de una película de ciencia-ficción, como si un experimento químico fallido hubiese dejado a la ciudad sin habitantes, lista para que Amenábar ruede otro plano silente e hipnótico donde sólo falta Charlton Heston corriendo con el fusil al hombro o Keanu Reeves a punto de su cita con el diablo. No sabemos en qué hotel se alojaría Pacino pero, en El Retiro, hasta el Angel Caído parece estar limpiándose el sudor de la frente.
En el paseo de las Delicias, casi se escucha el eco de los pasos de los viandantes, amplificados por la ausencia de tráfico en una calle que normalmente parece un río de metal. Hoy a nadie le extrañaría asomarse por la ventana y ver perfilarse, en el espejismo diamantino del Sol, la silueta de una diligencia. No hay cámaras ni equipos pero la pesadilla cinematográfica se alarga en el rodaje de un western futurista, uno de esos inmortales poblados del viejo Oeste, hechos de cartón piedra, que subsisten transplantados de un lugar a otro y de un siglo a otro, como esos matojos rodantes que viajan por las llanuras en blanco y negro.
Cuando todos los bares han cerrado, todos los amigos se han ido y no quedan abiertas más que las farmacias, las nubes y gasolineras de guardia, uno sale a la calle y siente el plomo de agosto corriendo por las venas. No hay excusa: las calles abiertas en canal, con las hormigoneras y las palas mecánicas dormitando entre las cicatrices de las aceras rotas, certifican la autopsia. Nadie, ni siquiera los cerrajeros, contesta al teléfono.
No hay ninguna panadería abierta y encontrar un quiosco donde comprar el periódico se transforma en una aventura incierta, una travesía del desierto. Madrid en agosto siempre parece mediodía, un sacrificio azteca, una plaza de toros, pero en el puente de la Paloma no quedan ni mulas ni vaquillas. La reverberación del calor otorga al asfalto una cualidad de hervor, de road movie donde nada se mueve. Tiene uno miedo de salir afuera por si le da la luz en los ojos y descubre su condición de vampiro, de Nosferatu deshaciéndose en una lenta transparencia y un fundido de semáforos. Otra vez Charlton Heston (el último hombre vivo) corriendo para escapar de las sombras. Como él, tiene uno miedo de echarse una siesta y descubrir que ya ha caído la noche y está rodeado de monstruos. O peor: tiene uno miedo de mirar el reloj y ver que siempre son las cinco de la tarde, las cinco en todos los relojes.
En vez del habitual hervidero de cabezas, el Rastro sólo es un esqueleto de puestos callejeros. Al llegar a la Puerta de Toledo vislumbré algunos restos de la verbena de la noche pasada. Las barras de los bares habían tomado las calles para que los vecinos pudieran bailar con la luna y en la calle de la Paloma, El Atril había cambiado su habitual atuendo cubano para vestirse de chulapo.Ahora, en la calle y en la plaza todavía sonaban ecos de la juerga nocturna, ráfagas de música, voces de feria sorteando muñecas.
Entré en un chino abierto, compré el pan y me aseguré de que al salir a la calle, no estaba en Pekín. En Madrid, en agosto, puede pasar cualquier cosa. Cuando encontré al fin un quiosco abierto, me esforcé en tocar la mano de la mujer que me devolvía el cambio para certificar que no era un fantasma.
Regresé paso a paso, sorteando las simas hambrientas de las aceras y el asfalto transmutado en arenas movedizas. Ningún vecino se me cruzó por las escaleras. Abrí la puerta y respiré a salvo.En el espejo del pasillo nadie me saludó. Mi reflejo nadaba en una playa de Ibiza.
© Mundinteractivos, S.A.

Buena historia de fantasmas que acaba bien. Hay otras que no acaban así.
Mi amigo libanés:
Estaba en Beirut, feliz, de vacaciones. Venía de Zaragoza a estar con los míos. Llevaba algún detalle de esa tierra seca y cariñosa de orillas del Ebro. El sol pegaba fuerte, apenas se podía mirar al cielo. De pronto, un ruido intenso, gritos, dolor, sangre y miedo.
Junto a mi casa había una escuela, de allí habían lanzado misiles a tierra extranjera, y contenstando al ataque, en ese buscarse a ciegas, los inocentes se sumaron a los inocentes; la sangre libanesa se mezcló con la israelí, los niños se dieron la mano pero en el cielo.
Fantasmas rebolotean por los aires de oriente. Niños judíos, niños cristianos y niños musulmanes que se preguntan porqué, para jugar juntos, se han tenido que ir al cielo.
Oí campanas de dolor, gritos en los miranetes llamando a la oración, escuché a obispos maronitas pedir oración y a piadosos musulmanes suplicar a Alá. El Dios cristiano no es distinto que el judío ni al que adoran los buenos musulmanes ¿por qué entonces se matan entre sí sus hijos?
Ahora es una ciudad fantasma, ciertamente, como Madrid, como Zaragoza, como las ciudades del interior de España en vacaciones. Pero el silencio es aterrador y no hay una mano que me atienda y me dé un pan por una moneda. No hay mas que desolación, no hay contacto que confirme que no estoy soñando.