EN 1901 UN joven escritor, apenas conocido entre especialistas en el género fantástico, publicó una novela inolvidable. Nacido en Montserrat, isla del archipiélago de Sotavento, Matthew Shiel contaba en ella una historia alucinante: la de una inmensa y letal masa gaseosa que recorría el planeta, dejando a su paso muerte y destrucción. La tituló La nube púrpura.

Lo he recordado en estos días, sobrecogido por el fuego, pues también los cielos de una buena parte de Galicia se han cubierto finalmente de una densa masa púrpura, prueba inequívoca de la envergadura de una catástrofe que hoy, muchas jornadas después de su comienzo, bien puede ya decirse que no tiene precedentes.

Son, precisamente, la apabullante dimensión de la tragedia económica, medioambiental y psicológica que ha provocado un fuego completamente desatado y su evidencia espeluznante -el constante olor a chamusquina, el sol siempre tapado por el humo- los que, a medida que pasan las horas, hacen más y más inexplicable que uno de los dos presidentes que tenemos los gallegos, el de la Xunta, no haya dirigido todavía un mensaje televisado a la región.

Pues, ¡qué mejor ocasión para bien usar la televisión, de la que se abusa cuando se considera conveniente sin la más mínima vergüenza, para dirigir a los gallegos un mensaje en el que oficialmente se confirme o se desmienta lo que vamos sabiendo por los periódicos, las televisiones o las radios!

Al punto de gravedad al que han llegado las cosas es, sin duda, el presidente de la Xunta quien debe explicarnos, por ejemplo, si tiene razón el ministro del Interior cuando apunta que la furia incendiaria que calcina el país podría ser la consecuencia de un complot o si la tienen, por el contrario, los responsables policiales (¡que dependen del ministro del Interior!) cuando, al día siguiente, le desmienten y descartan que haya una trama incendiaria organizada.

Como es también el presidente de la Xunta quien, para tranquilizar a una población espantada, debe hacer ya una evaluación de la tragedia y un anuncio oficial de las previsiones inmediatas para responder a lo que se nos vendrá encima cuando haya que empezar a hacer frente a las pérdidas económicas, individuales y colectivas, generadas por el fuego o a la contaminación que sus residuos provocarán, antes o después, en los ríos y en el mar.

Es posible que el presidente esté pensando en que hablar a la región es una forma de oficializar el cataclismo. Si fuera así, que no lo dude. Pues no hay más que mirar al cielo para constatar que el cataclismo sigue ahí, como desde hace nueve días: la nube púrpura no engaña.