El Ayuntamiento de Gijón nos obsequiaba en la Gaceta con el magnífico proyecto para construir lo que denominaba el nuevo parque fluvial, con 270.000 m2, que estaría construido en 2003 y, añadía, que vertebraría la mayor zona verde de Gijón, a la que se accedería desde Viesques, Ceares o La Coría, con una inversión de 350 millones de pesetas, dos millones y pico de euros.

Las intenciones, inmejorables, para el nuevo espacio verde (verde ya estaba), con «circuitos de preparación física» y con «juegos infantiles», deportes autóctonos y «un único edificio que albergará servicios higiénicos y almacén, que estará semienterrado mediante cubiertas vegetales y césped para causar el mínimo impacto visual». Todo conforme al diseño de Jovino Martínez, ganador del proyecto; con un plazo de ejecución que se estimaba en ocho meses.

Por fin ya han comenzado los trabajos de lo que prometía ser la mayor zona verde, pero quizá, como la promesa es de hace ya tanto tiempo, se han olvidado de lo aprobado o, al menos, eso es lo que se ve en la zona más ancha, pues lo verde se ha tornado una planicie de hormigón y no se ven actuaciones relacionadas con lo que todos imaginamos es un parque, no se ha plantado ni un solo árbol, césped, estanques o algo que nos dé una pista de que esto va de parque y no de más urbanismo. Y a pesar de que ya han transcurrido más de dos o tres meses de lo previsto para finalizar, aún algún incauto pregunta ¿qué estarán haciendo ahí?

El Canal del Molino, un riachuelo con árboles y arbustos, hace ya tiempo ha sido desviado hacia el previsto parque, aunque le han dado un buen pellizco, para dar más sitio a nuevas urbanizaciones, vamos, a más ladrillo. El Canal nacía mitad derivación del Piles y, la otra mitad, de recoger el agua de la parte sur de Gijón, para entregar su modesto caudal de energía, cerca ya de la carretera de Viesques, a una antigua casa molino que resistió el paso de los años, pero no la cultura urbanizadora, cuando hace poco cayó en manos de la pala municipal y adiós molino y adiós casa.

Curioso es que para hacer una zona verde se carguen lo verde y para hacer un parque fluvial se carguen el riachuelo, su molino y la vegetación del entorno. Y su fauna. Y, así, lo que era verde, riachuelo con vida, árboles y arbustos con casa y molino, ha tenido que desaparecer para convertirse en lo mismo, dicen, pero sobre las cenizas de lo que ya había. Lo que empezó con dos millones y pico de euros ¿cuántos son ya y quién los pagará? Y esto ¿para qué y por qué? No hay respuesta, nadie la tiene y nadie está obligado a darla, esto es lo grave.

Claro que por la misma razón que lo verde pasa a hormigón, el mar azul con tonos gris o verde, según qué días, lleva el mismo camino, con el magnífico centro de talasoterapia. Nadie cuestiona lo de magnífico, pero se trata de un pegote de 20 metros, equivalente a seis pisos, en mitad de Poniente, que se conectará, visualmente, al Oeste con el Gran Musel, al Sur con las magníficas torres sobre la playa de vías -equívoco eufemismo-, para emular al muro de San Lorenzo, en una versión ampliada, pero aún mucho peor. Mientras, a modo de señuelo, hace cuatro años, en pleno maquillaje para adecentar el viejo Muro, se estaba haciendo el otro, el de Poniente, previa reconversión de los astilleros de la bahía.

Urbanizar es el verbo del progreso, dicen, pero ¿para quién? Otros tienen serias dificultades para entender cómo se conjuga este puré. Vamos de cabeza a un modelo de ciudad no consensuada -impuesta, eso sí, democráticamente-, en la que tanto el construir como el destruir genera renta, riqueza. En la que los costes sociales o daños colaterales no sólo perjudican, sino que son fuente de nivel de vida, de producto interior bruto, el famoso PIB, actual becerro de oro bíblico.

Esto nadie lo entiende, puede que algún cantautor, sobrado de ingenio, nos haga fácil lo difícil, cuando con su guitarra, en el silencio de la noche, nos cante: «Non queden praos / Non queden grillos / Sólo cemento / Sólo ladrillos //... // Viva el parque jurásico / Vivan los dinosaurios / Este mundo es fantástico / Gracias a los mandatarios/». Así nos lo resume Jerónimo Granda, y aunque aquí sólo sea la letra sin música, podemos entender mejor el porqué y el cómo y es sencillo: gracias a los mandatarios.

Miguel Ángel Llana, ingeniero y diplomado en Empresariales.