La creencia de que en un horizonte razonable los mercados financieros acaban descontando todo, tanto las buenas como las malas noticias, siempre ha sido aceptada como una realidad. Lamentablemente desde los atentados del 11-S en EEUU, la amenaza del terrorismo se ha ido asociando cada vez más como un riesgo creciente para los mercados. El daño potencial de los planes para hacer volar hasta 10 aviones no es medible con ningún parámetro. Resulta muy complicado monetizar el coste de una tragedia similar, ya que por encima de todo hablamos de vidas. Pero todo tiene un componente económico, y parte de ese reflejo está en la lectura que muchas veces hacemos de hechos de esa magnitud.
Es aquí, en este punto, donde podemos remarcar la frialdad de los mercados cada vez que esa amenaza se hace latente, o peor aún, ocurre. Si comparamos la reacción en los últimos cinco años a cada atentado terrorista, nos damos cuenta de que cada vez las expectativas se ajustan más rápido, se identifican los sectores potencialmente bajistas, y una vez que el riesgo parece solventado, reajustamos de nuevo nuestra visión para aprovechar todo aquello que ha reaccionado en exceso a la baja.
Por este motivo, el principal llamamiento que podemos hacer es de calma. No olvidemos que pese a que el descuento del coste potencial de un acto terrorista pueda llegar a ser identificable, lo que finalmente queda es la prima de riesgo implícita que los analistas incorporamos a nuestras expectativas y, por mucho que nos pese, esa prima ya está implantada en el mercado desde hace tiempo.
Alberto Roldán es analista de Inverseguros.
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