Un viernes de enero de 1995 se produjo una explosión accidental en el apartamento 603 de las lujosas torres Doña Josefa de Manila, donde suelen alojarse árabes acaudalados del Golfo. Aida Fariscal, una de las policías filipinas que primero llegaron al lugar, reconoció entre los que huían a Ramzi Yusef, coautor de los atentados de 1993 contra las torres gemelas de Nueva York.
Uno de los detenidos, Abdel Hakim Murad, tras 67 días de TI (interrogatorio táctico) por la policía de Filipinas, confesó que, bajo las órdenes de Yusef, formaba parte de un grupo que preparaba la voladura de 12 aviones de United y American Airlines entre Asia y EEUU con nitroglicerina, en su lenguaje Mark II: líquido letal que iría escondido en frascos de líquido para la limpieza de lentes de contacto, con bolitas de algodón haciendo de estabilizadores.
Con un explosivo similar, detonado con un reloj de pulsera Casio, intentaron destruir un avión filipino pocas semanas antes entre Manila, Cebú y Tokio. Murió un pasajero japonés, pero el avión logró aterrizar.
«Nunca un grupo terrorista había intentado un ataque tan complejo y tan ambicioso», reconoció Vincent Cannistraro, ex jefe de la lucha antiterrorista de la CIA. «Podían haber muerto 4.000 personas». De confirmarse la información de la policía británica y de EEUU, la matanza que se buscaba ayer era igual o peor.
Desde entonces Al Qaeda se ha convertido en la primera amenaza de Occidente, pero el nombre de Bojinka (golpe fuerte en serbocroata) no se ha olvidado. Desde ayer, cuando el secretario del Interior británico, John Reid, anunció la detención de 21 supuestos terroristas que pretendían destruir con explosivo líquido entre 6 y 10 aviones, todos los expertos recordaron aquella palabra.
«Hubiera sido el gran golpe con el que siempre ha soñado Al Qaeda», dijo Magnus Ranstorp, experto en terrorismo, al grupo de medios MSNBC. «Muchos de los componentes (de los explosivos líquidos) son incoloros e inodoros, y se pueden mezclar a bordo», declaró a The Guardian Andy Oppenheimer, director de la revista Nuclear Biological Chemical Defense, editada por Jane's. «Con muy poco explosivo se puede derribar un avión».
Oppenheimer y otros expertos reconocen que pocas máquinas y agentes de seguridad de los aeropuertos detectan este tipo de explosivos. «Mucha gente sigue sin asociar los explosivos a líquidos y, si se meten en una botella de leche, de ginebra o de whisky, ¿cuántos se darían cuenta?», se pregunta en el mismo diario Sidney Alford, presidente de la compañía de explosivos Alford Technologies.
En su rueda de prensa, Michael Chertoff, secretario de Seguridad Interior de EEUU, aseguró que los detenidos «se disponían a usar líquidos explosivos metidos en refrescos en el equipaje de mano» y que «el plan estaba muy cerca de su ejecución».
«Es el tipo de ataque espectacular, potencialmente muy letal, que siempre ha buscado Al Qaeda», reconoce el profesor Paul Wilkinson, de la Universidad de St. Andrews, uno de los principales especialistas del mundo en terrorismo. «Me sorprendería que no estuviera detrás».
Aunque no haya pruebas definitivas, todo apunta a Al Qaeda o a alguna de su principales filiales: el método elegido, las fechas elegidas, las últimas amenazas de Bin Laden y de Al-Zawahiri, los objetivos...
Si se confirma la autoría de Al Qaeda, echaría por tierra las reiteradas afirmaciones de EEUU de que está ganando la guerra y se demostraría que la cabeza de la hidra, supuestamente bien guarecida en la frontera entre Pakistán y Afganistán, lejos de debilitarse, sigue teniendo una capacidad igual o superior a la que tenía el 11-S.
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