Ante un incendio, un naufragio, o cualquier otro tipo de catástrofe, la gente normal suele desarrollar varios tipos de conducta, perfectamente previsibles, por otra parte. La más cercana al suceso intenta poner a salvo vidas y enseres, empezando por los propios, y si tiene fuerzas bastantes aun trata de ayudar en lo que puede a quienes se encuentran en la misma situación. Y la más lejana al acontecimiento suele manifestar sentimientos de solidaridad hacia los afectados, que normalmente se traducen en el envío de auxilios, e incluso en la presencia de voluntarios que acuden a echar una mano. Hemos podido asistir a esa clase de espectáculo humano durante la tragedia del «Prestige», cuando la ciudadanía tuvo que combatir una marea negra prácticamente sin medios porque tanto el Gobierno de la nación como el de la Xunta, entonces los dos del PP, se habían empeñado en asegurar que no pasaba nada y que alejando el barco de la costa se alejaba también cualquier posibilidad de riesgo. Y estamos viendo algo parecido con los incendios que asolan Galicia, sin que nadie nos diga claramente cuál es la causa. Esta vez, dicho sea de paso, no faltan medios, aunque cabe la duda de si han llegado en el momento oportuno, o si están bien coordinados, pero hemos vuelto a ver repetidas las escenas acongojantes de personas desesperadas intentando salvar su casa y su huerta, golpeando el fuego que las acechaba con una rama de árbol o vertiendo un cubo de agua sobre las llamas. Todo ello tan patético como insuficiente. Claro que, estamos hablando del comportamiento de las personas normales. Otra cosa son los políticos, los periodistas y los tertulianos, algunos de los cuales han dicho o escrito algunas cosas que cabría calificar, cuando menos, de incendiarias. Y en este sentido, la primera en echar leña al fuego, como vulgarmente se dice, fue la ministra de Medio Ambiente, la señora Narbona, que ha lanzado una sombra de sospecha sobre los trabajadores de las cuadrillas contratadas por el anterior Gobierno del PP que pudieran no haber vuelto a ser contratados por el Gobierno bipartito de socialistas y nacionalistas. «No hay que descartar que pudieran haber actuado desde el despecho», dijo. De ser cierto, sería muy grave, pero tampoco habría que derivar de ahí ningún tipo de connivencia política. Juzgar la eficacia de los servicios públicos desde una óptica partidaria, según quien gobierne en cada caso, es un grave defecto de nuestra clase política, que revela un fondo de pensamiento caciquil. En Galicia, tanto en la dictadura como en la democracia, se viene quemando el monte todos los años, en mayor o menor medida, sin que ninguna autoridad nos haya sabido explicar la razón, que no ha de ser una sola. Desarrollar un buena política de silvicultura es lo que hace falta. Y eso lleva muchos años. Primero, se quemaron los pinos para plantar eucaliptos, porque parecía más rentable. Y ahora arden también los eucaliptos, cuyo precio se ha hundido.
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