Las fuerzas aéreas israelíes lanzaron ayer octavillas sobre el sur del río Litani en las que se advertía a toda la población de que, en su lucha por "aislar a Hezbollah", a partir de ahora cualquier coche puede ser bombardeado. Esto aísla aún más dramáticamente la ciudad de Tiro y todo el sur de Líbano del resto del mundo.
El largo camión frigorífico está estacionado, desde hace varios días, en la puerta del hospital. Su motor, siempre encendido, mantiene la temperatura de congelación de los cadáveres, los cuerpos de los habitantes de Caná y de otros pueblos del sur de Líbano muertos por los intensos bombardeos israelíes, cuerpos que aún no han podido ser sepultados.
Junto al camión frigorífico pasan, casi indiferentes, los habitantes del barrio, o mejor dicho, los habitantes del campo de refugiados palestinos de Bas, en el que está situado el hospital gubernamental en una estrecha y transitada calle. Es un camión de la marca Mercedes, con matrícula libanesa y polvorientas ruedas atrancadas con piedras bajo grandes y descoloridos retratos de Yasser Arafat.
Franqueando la cancela del jardín del hospital, un centenar de ataúdes con asas de latón y madera laminada esperan en la sombra. Algunos son de pequeñas dimensiones, porque muchos de los cadáveres que hay que enterrar son cadáveres infantiles. Al principio no les dieron sepultura, ya que no había suficientes ataúdes, y después porque no existen las necesarias condiciones de seguridad para enterrarlos. Han dejado apoyadas varias camillas sobre este monte de ataúdes sin barnizar para transportar los cadáveres envueltos en bolsas de plástico contenidos en el camión.
A las afueras del campo de Bas, otro camión más pequeño, siempre con el motor encendido para mantener la temperatura de congelación, estacionado en un parking municipal, contiene el resto de estos setenta cadáveres que esperan el día de su sepultura.
En un descampado, junto a hierros retorcidos y herrumbrosos postes eléctricos abandonados, se han excavado dos fosas para su entierro provisional. Desde la garita de su cuartel silencioso, rodeado de eucaliptos, un soldado mira hacia el solar aplastado por el sol. La guarnición es como si estuviese vacía. El ejército libanés, como en tantas otras guerras, no ha entrado en combate. Y cuando ha hecho amagos de defender su honor, ha sido machacado por el Tsahal.
El mando militar israelí ha impuesto a los habitantes de Tiro un toque de queda nocturno, y ahora amenaza con atacar a todos los automóviles que circulen por esta ciudad desierta y atemorizada, y por las comarcas del sur hasta la orilla del río Litani. El ejército agresor sostiene que cualquier vehículo puede acarrear cohetes, municiones o transportar combatientes de Hezbollah. Ambulancias de la Cruz Roja libanesa y coches particulares ya han sido antes objetivo de los fulminantes proyectiles israelíes.
Tiro, sacudida y envuelta por terroríficos bombardeos, contiene la respiración por miedo a una inminente invasión terrestre o a una potente penetración militar israelí que alcance el río Litani por sus puentes ya destruidos.
Por la ventana de mi habitación alquilada en una casa de planta baja veo a los pocos transeúntes, niños, muchachas cubiertas con un discreto velo, jóvenes con pantalones cortos que se aventuran a caminar por estas recoletas callecitas de la ciudad vieja aún pobladas.
Tiro -a excepción de los campos de refugiados palestinos, que siguen con sus tiendas abiertas, con su habitual animación, porque esta guerra, a diferencia de la invasión de 1982, no les atañe- es una ciudad cada día más vacía, cada día más inmóvil.
Con mis colegas Joan Roura y Jordi Regàs, de TV3, llegamos al último puentecito bombardeado del Litani, atravesando polvorientos plataneros, el pequeño cementerio musulmán comido por las hierbas, y orillando automóviles abandonados. No acudió ninguna sección de zapadores del ejército libanés a repararlo. Por los desmontes, por la tierra removida y agrietada de este vallecito de naranjos y plataneros, por su pedregoso cauce desguarnecido, es imposible cruzar con un vehículo. Incluso el presidente del Comité Internacional de la Cruz Roja, llegado para tratar de ayudar a esta población desahuciada, tuvo que atravesarlo a pie. Nos hemos quedado esta noche atrapados en Tiro.
Un corresponsal en Bagdad al que le preguntaron durante la invasión estadounidense por qué había ido a la guerra, contestó simplemente: "Vamos a la guerra para que nos quieran más".

Escribe un comentario