ASEGURA Emilio Pérez Touriño, mientras las llamas devoran Galicia, que «lo más importante es averiguar quién y por qué quema el monte». Cualquier ciudadano raso, yo entre ellos, hubiera pensado en la prioridad de apagar el fuego; pero se observa, sin que falten ejemplos, que los líderes políticos tienen condiciones especiales de sensibilidad y percepción a las que no llegamos los demás mortales. Si el presidente Touriño coordinara mejor sus fuentes con las de la ministra Cristina Narbona, titular de Medio Ambiente, ya sabría que los incendiarios de los bosques gallegos son los «despechados (...) por no haber sido contratados este año en las brigadas forestales». Maravilla que la ministra conozca algo tan sensible y no lo haya puesto todavía en conocimiento del juez de guardia, antes incluso de informarle a su amigo y conmilitón en la presidencia de la Xunta.

Narbona es hija de periodistas y algo debiera quedarle del conocimiento del oficio de sus padres, al menos en lo que respecta a las fuentes informativas, su contraste y verificación. Atribuirle un delito a unos paisanos que, además, han sido víctimas de una política discriminatoria por no conocer el idioma gallego, parece excesivo. Estoy seguro de que Francisco Narbona, su padre, no lo hubiera visto con buenos ojos en sus tiempos de redactor en la Prensa del Movimiento o, en pleno franquismo, corresponsal de TVE en Roma. Menos aún cuando, en 1975, se hizo cargo de la dirección del Centro Regional de RTVE en Andalucía.

Parece insuperable la necesidad que experimentan algunos políticos en activo, con firma en el BOE o en sus equivalentes autonómicos, de buscar un responsable lejano para cualquiera de los males que sacuden su circunscripción. Narbona, empujada por esa fiebre, lo mismo encuentra un «despechado» para un incendio que, cuando aprieta la sequía y se amustian hasta los geranios del balcón, repetirle a los vecinos de Valencia y Murcia, pobrecitos, que «deben evitar que se use el agua para casos no fundamentales». ¿De qué agua hablará la ministra, que se inventó un exilio familiar en Roma? ¿Será la del Plan Hidrológico Nacional que fulminó su jefe, José Luis Rodríguez Zapatero, o, mejor, la procedente de las plantas desalinizadoras que todavía no se han empezado a construir?

La frívola naturalidad con la que tienden a expresarse nuestros cargos públicos -Narbona y Touriño son sólo dos ejemplos de verano- produce el escalofrío del temor. Hay circunstancias en que se abren las carnes con una tímida pregunta: ¿en qué manos estamos? Algo habrá que hacer, y pronto, para que los partidos, más atentos al precepto constitucional de su democracia interna, aviven y perfeccionen sus sistemas de promoción interna para, aceptando la partitocracia en la que nos hemos instalado, evitarnos el sonrojo por vías de la vergüenza ajena de especímenes con mando en plaza y cacumen de mosquito.