Letizia y sus cuñadas, cada vez más distantes, de Matías Vallés en El Confidencial
Abordamos un asunto demasiado delicado para no documentarlo en profundidad. El viernes 4 de agosto comparecen por primera vez las infantas Cristina y Elena en público en Mallorca, en las postrimerías de la Copa del Rey de Vela. Su descanso previo en Lanzarote –mientras Letizia monopolizaba Marivent- había sido muy estridente, casi un acto formal de disidencia. A la hora del reencuentro, podían saltar chispas.
Ese día 4 tiene lugar la siguiente escena. Tanto Felipe Juan Froilán –probablemente me deje algún otro nombre o apellido–, primogénito de los Duques de Lugo, como Juan Valentín, primogénito de los Duques de Palma, lucían tiritas a juego en el rostro. Letizia de Borbón se encuentra junto a ambos. Interroga con diligencia y profusión al primero sobre la causa de su lesión. No formula ni una pregunta al segundo.
Sin aportar más datos, hablaríamos de un caso aislado, y la anécdota tampoco parece razón suficiente para romper relaciones diplomáticas con Irán, pero es significativa en cualquier caso.
El retintín discriminatorio abona una verdad que puede enunciarse con diversas tonalidades, pero que se resume en que Letizia y sus cuñadas –sobre todo Cristina– están cada vez más distantes. Periódicamente ensayan acercamientos, en especial cuando las noticias sobre sus discrepancias superan el nivel decibélico aceptable, pero las divergencias subterráneas subsisten.
La incompatibilidad obliga a la audiencia a optar. O con Letizia o con los Duques de Palma, un dilema especialmente acuciante cuando vives en Palma, con los compromisos patrióticos subsiguientes, y cuando recuerdas los suculentos negocios que la condición ducal le ha reportado en Mallorca a Iñaki Urdangarín, de profesión sus foros subvencionados.
Aquí nos retiramos, para dejar paso a los mariventólogos. Al margen de que el nacimiento de Leonor ha postergado a Urdangarín y Marichalar a la condición de cuñados –al nivel de los dignísimos pero semidesconocidos Duques de Soria–, los expertos aseguran que el desencuentro surgió cuando se negó a una cuñada el madrinazgo de la hija de la otra. Plantada la semilla de la discordia, dio sus frutos y desembocó en la estanqueidad actual.
Y que nadie minusvalore el enfrentamiento. Dado que una familia reside en Madrid y otra en Barcelona, ¿nos encaminamos a un nuevo carlismo, en este caso cristinismo? Ojalá Mallorca, donde ambas cuñadas poseen palacetes separados, sirva para enfriar la tensión sin necesidad de los cascos azules de la ONU.
