El pasado 26 de julio se cumplió el medio siglo de la nacionalización del Canal de Suez por el rais egipcio Gamal Abdel Nasser, aprovechando que según el Tratado de 1936 con Inglaterra, a principios del 56 abandonaron el país las últimas tropas británicas, estacionadas a lo largo de la vía acuática; la gran obra de Lesseps, inaugurada en noviembre de 1869 con la presencia de la Emperatriz Eugenia de Montijo, con grandes fastos, entre ellos la primera representación de la ópera Aida, de Verdi, especialmente encargada para la ocasión.

Esa nacionalización del canal, de máxima utilidad durante casi cien años para el Imperio británico, suscitó una fuerte reacción de los gobiernos de Londres y París (Francia contaba con gran número de accionistas de la compañía), presididos entonces por el conservador Anthony Eden, y el socialista Guy Mollet, respectivamente. De modo que los dos gobiernos se coordinaron rápidamente, en la idea de acometer algún tipo de operación militar, incluyendo la reocupación del canal, y a ser posible conseguir la destrucción política de Nasser; por sus prédicas sobre la Nación Árabe, gravemente peligrosas para los intereses británicos en las áreas petroleras de todo el Golfo y para los franceses en Argelia. Pero a pesar de tales intenciones, no estaba claro cómo abordar la cuestión, con dudas que persistieron a lo largo de los meses de julio y agosto.

Así las cosas, el dispositivo para intervenir surgió el 30 de septiembre, cuando una delegación israelí viajó en secreto a Londres, donde planteó la estrategia de intervención: Israel avanzaría por la península del Sinai para rápidamente hacerse con ambas orillas del canal. Acto seguido, tropas expedicionarias anglo-francesas entrarían en acción en el mismo escenario, so pretexto de interponerse a egipcios e israelíes. Y reocuparían el curso de navegación de Suez a Port-Said, “a fin de garantizar la libre comunicación entre el Mediterráneo y el Mar Rojo”.

Con tal aventura acordada, el 29 de octubre paracaidistas israelíes descendieron sobre territorio egipcio bajo el mando del joven oficial Ariel Sharon. Y simulando una sorpresa que nunca existió, Francia y Reino Unido lanzaron un ultimátum, exigiendo a israelíes y egipcios el inmediato alto el fuego, que, como era de esperar, El Cairo rechazó de plano. Lo cual permitió el bombardeo de la aviación egipcia por los británicos antes de que pudiera despegar, y la subsiguiente invasión anglo-francesa que empezó el 5 de noviembre.

Ante semejante estado de cosas, tanto EEUU como la URSS reaccionaron exigiendo la inmediata salida de Egipto de las fuerzas tripartitas de agresión. Y el Presidente Eisenhower que no había sido informado de nada por sus aliados se pronunció de manera contundente: “Nunca he visto a dos grandes potencias entrar en tal suerte de confusiones con una chapuza de tales dimensiones”. Y sin más preámbulo, Ike presionó a Londres para la retirada inmediata, con una serie de dispositivos, empezando por no otorgar los créditos que Londres había solicitado al FMI, y que eran vitales para un Reino Unido que atravesaba por una fuerte crisis financiera. Y por esas y otras razones, el Premier Eden, manifestó el 7 de noviembre, dos días después de haberse iniciado la invasión, que su país se retiraba del juego. Dejando en ridículo a los franceses que también hubieron de iniciar la retirada, ya que su cuerpo expedicionario actuaba bajo mando británico.

El gobierno de EEUU procedió de mano maestra, diseñando su contra-operación de emergencia en la Asamblea General, con una resolución aprobada por 64 votos contra 5; obviando de esa manera el veto que Francia y la Gran Bretaña podrían haber ejercitado en el Consejo de Seguridad. Además, a propuesta de Canadá se resolvió formar una fuerza internacional de emergencia, a fin de arbitrar el alto el fuego: así se desplegaron los primeros cascos azules de las Naciones Unidas.

Las consecuencias de la crisis de Suez fueron impactantes:

Ante todo, el desarrollo del conflicto hizo bascular muy antiguas alianzas: de la neutralidad francesa entre árabes e israelíes, París paso a hacerse más pro-judío. Y el Reino Unido abandonó su antigua proclividad a favor del mundo árabe. Una nueva preferencia por Israel que fue lo más importante obtenido por Tel Aviv, que supo embaucar a británicos y franceses con un planteamiento tan poco defendible ante la comunidad internacional.

Francia se percató definitivamente de que ya no era una gran potencia, y se decidió a firmar el tratado que meses después sería el de Roma, para crear la CEE; sin la cláusula de secesión que hasta entonces había pretendido. Con todo lo cual, la debilidad de la IV República molletista se hizo patente y en poco más de un año De Gaulle llegaría al poder para crear la V República. Además, desde París se tomó conciencia de que la pérfida Albión no era de fiar, y fue de ese modo como empezó a funcionar el tandem europeísta con la República Federal de Alemania.

Anthony Eden, a raíz de su declaración de que nunca hubo acuerdo previo con Israel, además de imperialista acabó siendo acusado de mentiroso, lo que le obligó a dimitir de su cargo de Primer Ministro. Entrando así el Reino Unido en el síndrome de Suez, de clara decadencia imperial; del que no se recuperaría hasta 1982, merced a la guerra de las Malvinas que abordó la Sra. Thatcher. Por lo demás, desde 1956 lo principal de la política exterior británica no fue otra cosa que su seguidismo respecto a EEUU.

Eisenhower, por su determinación en Suez —ignorando por entero al lobby judío, que por entonces no tenía la dimensión y fuerza actuales—, ganó su segundo mandato presidencial y consagró a EEUU como la potencia decisoria en los casos de grandes conflictos internacionales.

La URSS se ganó la simpatía de los países árabes, que se acrecentó aún más con la decisión de apoyar financiera y tecnológicamente la construcción de la presa de Asuan sobre el Nilo, para crear el gran Lago Nasser; en contra de la reacción negativa de Washington DC y del Banco Mundial de proporcionar créditos para tal empeño.

Los judíos demostraron su espíritu expansionista, en la idea de crear el Gran Israel con territorios palestinos y la Península del Sinai; que hubieron de evacuar inmediatamente, bajo presión soviético-norteamericana. Y desde luego, los lobbies sionistas se aprestaron a que en lo sucesivo no hubiera ningún Eisenhower más frente a la causa del Estado hebreo.

Por último, Suez marcó el cenit de la influencia de Nasser en pos del sueño de formar una Nación Árabe. Aunque después de su gran éxito de Suez, el panorama se ensombreció con la ruptura de la República Árabe Unida (asociación con Siria), la guerra de los siete días de 1967 con Israel, la torpe socialización de la economía, etc.

En definitiva, un cincuentenario interesante, que creo merecía la pena traer a estas páginas de ESTRELLA DIGITAL, sobre todo cuando, ahora, el Oriente Próximo se encuentra incendiado por una guerra más implacable en la que EEUU ha tomado partido por el más fuerte. ¿Qué diría Eisenhower si levantara la cabeza?

Ramón Tamames. Catedrático de Estructura Económica (UAM). Catedrático Jean Monnet de la UE.