Jaume I, de Alfredo Abián en La Vanguardia
SANT Jaume de Frontanyà es un municipio que se presta a la evocación. No sólo por ser el menos poblado de Catalunya, sino porque la comarca donde está enclavado, el Berguedà, constituye uno de los paisajes espirituales predilectos del nacionalismo catalán. El president Pasqual Maragall escogió ayer este marco incomparable, a la antigua usanza, para celebrar la entrada en vigor administrativo del nuevo Estatut. Y en su discurso se encendieron todas las señalizaciones simbólicas premodernas. Noen vano la arqueología forestal patriótica también sitúa en el Berguedà al Pi de les Tres Branques, lugar de peregrinación porque Jaume/ Jaime I el Conqueridor / Conquistador habría tenido una revelación ante dicho árbol: debía anexionar Valencia y Mallorca a la Corona de Aragón para alumbrar unos Países Catalanes medievales formados por tres reinos bajo un solo cetro. Amén de estas dotes territorialmente sobrenaturales para tratarse de un vegetal, las tres ramas del pino encarnarían también al Dios uno y trino por el que debió combatir el cruzado Jaume, que expulsó a los musulmanes valencianos y baleares para repartir sus tierras entre su noble familia. No es de extrañar que, en medio de esta atmósfera histórica, el joven Estatut iniciara su andadura con referencias espesas al futuro y a un pasado gótico de dudosa exaltación. Mejor que nadie nos diga qué haría con su también reconquistada Murcia ese cuasi baturro de formación templaria que era Jaume I. Así no nos llevaremos más sobresaltos con ocho siglos de retraso.
