El viernes pasado falleció Mariona, una niña de doce años que formaba parte de la colla castellera de los Capgrossos de Mataró. Tras una desgraciada caída de un quatre de nou amb folre durante la actuación de Les Santes, Mariona sufrió un traumatismo craneoencefálico y estuvo debatiéndose entre la vida y la muerte durante casi quince días. Los aficionados a los castells - sin duda, uno de nuestros exponentes folklóricos, culturales y sociales más bellos e imponentes, más integradores y plurales- nos sentimos abatidos y quisiéramos repartirnos el dolor que ahora mismo sienten los padres de Mariona, su familia, toda la colla mataronense. Sé perfectamente de lo que estoy hablando: mi hija de nueve años es cassoleta (aixecadora) y enxaneta de los Castellers de Vilafranca. Ese mismo día infausto en Mataró, participó en la torre de nou amb folre i manilles, en el tres de nou y coronó, asimismo, el pilar de set. Comparto ese dolor, esa misma desolación.

Pero querría apuntar aquí varias consideraciones. La primera: desde su fundación hace diez años, los Capgrossos son una colla modélica, cuya ilusión, cuyo funcionamiento, marcado por el rigor y el seny,han contribuido a la explosión del mundo casteller de los últimos años. Son escasos los ejemplos de colles de nuevo cuño que en tan poco tiempo erigen construcciones de nueve pisos con solvencia y seguridad. Seguridad, sí: los de Mataró no tiran un castell si no están completamente seguros de que se puede cargar y descargar sin perjuicio de sus integrantes. Lo ocurrido el pasado 23 de julio constituye un cúmulo de circunstancias trágicas, porque la mesura y la prudencia son virtudes que atesora este grupo y que su cap de colla, Xevi Castellví, aplica de manera incontestable.

Segundo. La muerte de Mariona va a repercutir de manera negativa en el mundo casteller y de modo aún más profundo en los de Mataró. No hace falta que saquemos a colación estadísticas e intentemos demostrar que, a pesar del marchamo de riesgo que lleva impresa la práctica castellera, son muy pocos los accidentes y menos las tragedias que ocasiona. Da igual. Una niña de doce años ya no está. Y no está a raíz de una caída. Insisto: no estoy haciendo literatura. Tras el parón del fin de semana, tras el luto en el que todos lloramos la muerte de Mariona, los nuestros, mi hija, el hijo de mi amigo, mis colegas, todos nos estamos preparando para la próxima actuación.

Tercero. Entiendo que lo que hay que hacer es dotar de (todavía más) seguridad la práctica castellera. Es de sobras conocido que este año se está realizando un experimento con el nuevo casco protector para los miembros del pom de dalt de las colles. Talibanes varios e integristas radicales (que en este mundo los hay, y a docenas) medio sonríen al desacreditar un uso - el del casco- que contraviene algo tan sagrado como la tradición. Me paso por el forro tal prurito de preservación de lo sagrado. Lo que a mi entender hay que hacer de inmediato es desarrollar el mejor modelo de casco y aplicarlo sin demora. Una buena protección resulta de todo punto mucho mejor que la cabeza desnuda. Protección y máxima prudencia en la planificación: debería terminarse el levantar castells con una pinya escasa o con defectos evidentes de estabilidad en alguno de sus pisos.

Y cuarto. Los castellers y aficionados no podemos sino reaccionar con la mayor prudencia pero también con firmeza. Trabajar con la misma ilusión de siempre pero poner los cinco sentidos. Trabajo y rigor. El mayor homenaje que podemos tributar a Mariona es realizar soberbios castells evitando riesgos innecesarios y calenturas de cabeza. Seguir en la línea mantenida desde su creación por los Capgrossos. Y rendirle un sentido homenaje por Sant Fèlix, la fiesta mayor de nuestros queridos castells.