ANTES de llegar a presidente de la Xunta, hace justamente un año, Emilio Pérez Touriño predicaba la imperiosa necesidad de modernizar Galicia. El problema, hoy, reside en averiguar en qué consiste la modernidad según Touriño y sus entreverados compañeros de Gobierno. ¿Será modernidad anteponer el idioma a la eficacia? Si es así, enhorabuena.
Pérez Touriño ha conseguido su objetivo, aunque va a dejar las cuatro provincias -la mía entre ellas- hechas una pavesita. La modernidad del líder socialista antepone, en el caso de los bomberos, el gerundio a la manguera y, con la ayuda de los incendiarios que da la tierra, ya tenemos las llamas del escándalo: un drama que, ahora con gestión de izquierdas, destruye un territorio sin que se sientan los lamentos del «Nunca Mais» ni otros coros plañideros bien organizados y mejor incentivados. ¿Será que el fuego es menos dañino que el chapapote?.
Esta «izquierda exquisita», y me acojo a la terminología de Tom Wolfe, viene a ser como el toreo de salón. Muchas posturitas delante del espejo para después, en la arena, cuando embiste el toro, correr como los plusmarquistas del atletismo. El afán de afianzar la parroquia, ¡tan socialista!, está avivando las llamas que incendian Galicia porque, en un arranque de insolvencia, el Gobierno de Touriño descabezó el sistema contra incendios del Gobierno Fraga. Como asegura una amiga mía, recién divorciada, del primer matrimonio para bien del segundo, no se debe conservar ni la cocinera. Vale, pero hay que saber freír un huevo, y dónde están el aceite y la sartén.
Como no pretendo, ni literal ni alegóricamente, echarle leña al fuego, lo que propongo es, a partir de la irresponsable conducta de Touriño -que no ha interrumpido sus vacaciones pero está en «alerta permanente»-, una reflexión sobre los límites de la acción política en los territorios de la gestión pública. Un candidato electoral, sea cual fuere su color, se compromete según su programa a un trazado de conducta en el que deberán estar bien definidas las prioridades tras su potencial acceso al poder.
Desbordar esos límites y ensanchar el poder -¿el mando?- a lo que son aspectos técnicos y profesionales es temerario. Un servicio contra incendios que no vale para Fraga y para Touriño no es deseable. El bombero ha de estar dotado de medios y presupuesto, pero en ningún caso de ideología, porque de lo que se trata no es de dar doctrina, sino de apagar fuegos.
Amplíese lo dicho para la mejor función de los bomberos a todos los campos técnicos, profesionales, que cubren los servicios de la Administración, y óbrese en consecuencia. El afán intervencionista del poder político, sin grandes diferencias entre los distintos grupos, nos está haciendo retroceder en lo que respecta a la eficacia de los mecanismos del Estado, las autonomías y los ayuntamientos y, dada la catástrofe, conviene reaccionar sin mezclar peras con manzanas para que sea posible la suma.

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